Mejor sin cadenas ni ataduras

nacho diaz

Nacho Díaz.

Caminar por la exitosa exposición de la Wellcome Collection sobre el famoso manicomio inglés Bedlam, fundado en el siglo XIII y que sigue abierto a día de hoy con el más esperanzador nombre de Bethlem Psychiatric Hospital, fue como recorrer la historia de la locura, embriagado por todo el falso romanticismo que esto pueda suponer.

Después de pensarlo mucho por haberme dado cuenta que una parte de mi vida, junto a la de muchos otros, podría estar al alcance de cualquiera que visitase la exposición todavía no soy capaz de decir si lo que vi me gustó o no o, lo que es todavía peor, si mi presencia me convertía en una cobaya humana cada vez que hacía un comentario en voz alta o, reaccionaba ante otros poco afortunados de los presentes, al expresar una opinión sobre la mala suerte de mis antepasados lunáticos.

Entendiendo como entiendo que Bedlam the asylum & beyond  consiguió desmitificar todo el lado oscuro de los problemas mentales, dando voz a los profesionales reformistas, a los pacientes y a los artistas que lucharon por inundar con humanidad y dar luz a lo que antes era solo propio de seres malditos, condenados a vivir en las tinieblas, el contraste entre alusiones a camisas de fuerza, cualquier otro tipo de mecanismos de contención, regímenes de trabajos forzados y todo un movimiento que poco a poco se iba abriendo camino para devolvernos la dignidad me hizo pensar que, a veces, es mejor dejar el pasado como está para no reabrir viejas heridas.

bedlam

La instalación Asylum de Eva Kotátková, por ejemplo, a la que yo describiría como simplemente impactante me produjo una enorme tristeza al tiempo que, casi, un agudo dolor.

Sus esculturas y fotografías de pacientes en un psiquiátrico de Praga, sobre las cuales la artista había añadido dibujos de máscaras metálicas y correas de contención, intentaban de muy buen modo explicar el contraste entre las visiones internas de los pacientes, que sufrían problemas de comunicación o adaptación social y el forzado silencio que la institución les imponía para con ello demostrar, según pude entender, que el encierro todavía aísla más a quien tiene un problema mental.

Estando de acuerdo con esta idea, sin embargo, no puedo dejar de pensar que las contenciones masivas y colectivas pertenecen a otra época y que sus evocaciones solo pueden producir un terror innecesario que nadie debería sufrir.

Por suerte, ver  el cuadro de  Tony Robert-Fleury sobre Pinel liberando de sus cadenas a los pacientes del manicomio francés Salpêtrière me devolvió la alegría. Pinel se convirtió en uno de los impulsores de las terapias de salud mental, cuando demostró el valor de dejar hablar a los pacientes sobre sus problemas para que así pudiesen involucrarse con sus propias curas.

Cuadro robert-fleury

Tony Robert-Fleury, Pinel liberando a sus pacientes de las cadenas en Salpêtrière

Si eso ocurría en Francia, aquí en Inglaterra en 1814 algo igual de esperanzador comenzaba a suceder cuando James Norris, un paciente del Bedlam, fue liberado de sus cadenas tras pasar 10 años sujetado por el cuello a una pared  y se le permitió  dar su testimonio ante la Cámara de los Comunes sobre las degradantes condiciones de su estancia en el hospital.

Cuatro años antes también sucedió  algo que marcaría un antes y un después en la vida de los pacientes cuando el Bedlam convocó un concurso público para la construcción de un nuevo edificio. James Tilly Matthews, quien había sido diagnosticado como incurable en 1797, presentó sus diseños y notas explicativas en las cuales pude leer su deseo de que a los pacientes no estuviesen condenados al encierro permanente en sus celdas, se les dejase plantar y cultivar vegetales y, también, encargarse de cuidar a otros enfermos y ayudarlos con sus rutinas del día a día.

Sin duda, las ideas de este pionero ayudarían mucho a las comunidades terapéuticas que se acabarían desarrollando con el paso del tiempo y empezaron a notarse a mediados del siglo XIX, cuando el superintendente del centro ordenó que hubiese bailes todos los lunes por la noche y que las habitaciones fueran decoradas con flores frescas y cuadros.

Todas estas innovaciones y muchas más que se fueron incorporando intentaron convertir a los psiquiátricos, sin conseguirlo en la mayoría de los casos, en “sitios de refugio, santuario y cuidado”, que a día de hoy bien podrían ser reinventados y reclamados para facilitar autenticas curas de reposo, alejadas de la locura del mundo exterior, a la gente que necesita tomarse un tiempo para lidiar con los problemas causados por muchas sociedades hostiles.

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