Una tarde de chicas

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Nacho Díaz

Con motivo del inicio de las sucesivas celebraciones de mi cumpleaños la poeta y performer chilena Luna Montenegro, musa de infinidad de artistas latinoamericanos tanto en el exilio como en sus países de origen, me invitó a una “tarde de chicas” para festejar la “disolución de las fronteras a través de la desobediencia cultural y la creación de lenguajes alternativos”.

El evento, formaba parte del Festival de Graduados de la Queen Mary University de Londres y tuvo un marcado carácter hispano, chileno, catalán,  e inglés  de principio a fin con la actuación de la ganadora del Premio Nacional de Poesía Gloria Fuertes 2016  y estudiante de doctorado Sara Torres, y la también poeta catalana Jessica Pujol Duran, editora de la revista de traducción literaria Alba Londres, e investigadora post doc en la Universidad de Santiago de Chile.

A las tres se les unió con su guitarra la música, escritora y editora de la plataforma de Granary 1, Jorinde Croese, quien además ha colaborado con Sara en una Polyphonic Operetta y está en la actualidad inmersa en la grabación de su primer disco Music for Lesbian Sex con su banda Croseaux.

Lo cierto es que ante tal derroche de talento no sabría ni cómo empezar a describir la performance que unió a las cuatro protagonistas sin caer en el concepto académico de la interseccionalidad que inspiró el evento, siendo esto algo de lo que ya no me apetece hablar por haberle dedicado en el pasado suficientes años de mi vida.

Prefiero, en cambio, declararme un devoto admirador de Sara desde que la oí recitar  en la presentación de una edición bilingüe de un libro de Jessica y afirmar que el acto consiguió elaborar un discurso común donde las distintas nacionalidades, sexualidades, lenguas, clases sociales y culturas de las participantes convergieron para llamar la atención y recalcar la importancia de la multiplicidad de cada una de las artistas en sus procesos creativos.

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De izquierda a derecha, Jessica, Luna, Sara, Jorinde

La pasión lésbica de Sara, acentuada por el negro riguroso de sus vestimentas, su larga melena remarcando la dulzura de su cara me clavó en el asiento mientras de su boca escuchaba versos evocando al amor más puro, flores ensangrentadas, hongos en la ducha y vampiras, al tiempo que también contaban como dos amantes en la cama se cobijaban observando el fuego de un edificio ardiendo.        

Jessica y Sara forman un tándem profesional excepcional ya que la primera traduce y lee los poemas de la segunda pues esta se niega a escribir o a recitar en inglés.

Tal vez esa determinación de abrirse camino en Londres como poeta española es lo que hace que quien acude a sus recitales, aunque no entienda castellano,  acabe del todo fascinado por sus entrelazados cantos y mágicas entonaciones, lo mismo de alegría que de amor o terror, y absorba hasta la extenuación cada sonido que Sara regala con su prodigiosa inspiración.

El lenguaje que Sara crea, por tanto, transciende idiomas y culturas acercando a su audiencia nociones reivindicativas de su identidad lésbica trasmitidas por su majestuosa presencia en el escenario y su apabullante feminidad.

Algo parecido sucede con Luna Montenegro quien, ejerciendo su identidad de chilena comprometida, entrelaza palabras de lenguas muertas de su tierra, arrasadas por el genocidio del Imperio, con otras en inglés, italiano, francés, alemán y español, combinándolas con unos potentes montajes de sonido producidos con su marido Adrian Fisher, para ensalzar la figura de La Mujer que nada le debe al hombre y es tanto una femme fatale, o una sabia, o una bruja hechicera o, también, el conjunto de todas ellas,

De hecho, Luna que tiene mucho de hechicera, nos explicó al final de la actuación que sus larguísimas entonaciones de la palabra “yoyo” precisamente de una lengua extinta en el sur de su país, según creo recordar, pretendía transformarla en una mujer bella ante todos nosotros.

Algo que sin duda consiguió sin mucho esfuerzo porque sobre su enorme belleza, sensualidad y misticismo se podrían escribir 1.001 libros, tratados y poemas.

En definitiva esta performance, que tuvo mucho de conversación poética a cuatro bandas, me hizo olvidar que me encontraba en el teatro de una universidad y me sumergió de lleno en  los ambientes de los mejores locales de Londres o Berlín donde Luna y su marido triunfan noche tras noche con sus exquisitas actuaciones.

Del mismo modo, volví a sentir la misma intimidad que sentí cuando en una fría noche de invierno conocí en una colonia de artistas, muy cerca del rio, la obra de Sara y Jessica.