A la sombra del Peñón

Gibraltar

Ricardo Ortiz.

Tiempo ha pasado desde la última vez que me puse frente a un teclado para plasmar mi parecer. Pero el momento lo merece, y creo tener por fin un pensamiento formado y bastante distinto de las diversas opiniones generales.

El asunto de la salida del Reino Unido de la Unión me ha afectado de manera personal, mucho más allá de lo que podría haber imaginado 3 años atrás.

Viví la evolución de la convocatoria del referéndum teniendo interesantes debates de “pub” en una de las cunas del Bréxit, en lo más profundo de Staffordshire. Debates con oriundos y miembros de una maravillosa y extraña comunidad de todas partes de Europa, residentes en un lugar por lo general ajeno a extranjeros.

Se me bajó la borrachera con un hostiazo de realidad cuando encendí el teléfono móvil a las siete de la mañana de un fresco día de San Juan coruñés y vi como había ganado lo improbable.

Ya, a la sombra del Peñón, contemplé impávido como mi nómina bajaba de facto a la par que la Libra Esterlina, mientras descubría la rara avis que conforma el Campo de Gibraltar.

Para aquellos que solo sepáis de Gibraltar, que es un territorio británico en el sur de Cádiz, y que “¡Gibraltar español!”, tabaco barato y patatín y patatán, os pondré en antecedentes. Gibraltar se encuentra en el extremo suroriental de la Bahía de Algeciras. Es una impresionante roca, con un pueblecito, de aspecto británico, a sus faldas. Está conectado a la Península Ibérica por un istmo en el que está la pista de aterrizaje del aeropuerto, que se ha de atravesar para llegar al único paso fronterizo existente.

Al otro lado de la frontera, se encuentra La Línea de la Concepción, otro peculiar pueblo, en este caso andaluz.

En el lado británico hay más de 30.000 personas censadas, situándose en cuarta posición mundial en términos de renta per cápita. Del lado español son algo menos de 65.000 los ciudadanos, con una tasa de desempleo del 34%. Pese a que estos datos no son fiables, dado que hay un impresionante número de personas que no están censadas en ninguno de los dos lugares, sí que son indicativos.

Miles de personas cruzan diariamente esa, de cuando en cuando, permeable frontera.

Gibraltar está en una posición excepcional desde el punto de vista geográfico, político y económico.

Su situación sobre una de las mayores vía náuticas del mundo, su estatus de territorio de ultramar del Reino Unido, físicamente dentro de la Unión Europea, han propiciado el desarrollo de las mejores condiciones posibles para la implantación de importantes empresas de variopintos sectores.

Del lado español, la situación es aberrante. Al ya conocido contrabando de tabaco, que pese a no dejar de sorprenderme ver a chavalitos en desvencijadas scooters con cajas y cajas de tabaco, surcando a toda velocidad y sin luces el parque que se encuentra allende la frontera, se ha de añadir el incesante tráfico de drogas, también perceptible a simple vista.

La Línea se convirtió en un recurrible tema para programas como “Equipo de Investigación” o “Callejeros”. Pero el problema va mucho más allá. Nunca he visto una ciudad tan deteriorada como esta. Hay cráteres en las carreteras, calles sin alumbrado público, importantes y periódicas inundaciones, sospechosos incendios, policías locales patrullando en autobús, planeadoras descargando en el paseo marítimo, ciudadanos defendiendo a los narcos a pedradas, etcétera, etcétera, etcétera.

Un ayuntamiento fallido dejado de la mano de Dios por el Estado español. Quizá sea momento de cambiar la manida consigna por “La Línea español”, que parece que les hemos dejado aquí tirados.

Los gibraltareños son plenamente conscientes de la excepcionalidad en la que viven, y obviamente no van a votar para perder ese estatus, y más viendo lo que hay al otro lado. De ahí que votasen mayoritariamente en contra del Bréxit (95,91%). Saben que la colonia, de una notable manera, genera esos evidentes desequilibrios en la comarca, y nos recuerdan, no sin cierta sorna, que gracias a Gibraltar trabaja media comarca. Faltaba más, trabajan para vosotros como dependientes, operarios, limpiadoras, etc., y pocos de ellos tributan en España, pese a residir de este lado.

Pero esta broma se ha acabado, y no por la culpa de España.

Ver a Picardo bramando día tras día contra España es sólo un ejemplo del nerviosismo que se vive frente al incierto futuro al que nos acercamos. La impotencia de no haber sido partícipes del mismo ni de tener en sus manos la manera de evitarlo. Quizá, y aunque no ayude ver a Garía-Margallo hablando con total autosuficiencia de que volverá a ondear la rojigualda en el Peñón, el honorable “Chief Minister” debería empezar a dejar de acusar a España de su desventuras y empezar a buscar soluciones, porque de momento lo único que ha hecho es decir que el Mundo será su mercado. For God sake, Fabian! Por otro lado, y no digo que no sea merecido, el odio a lo español llanito se encuentra al mismo nivel que pueda haber en una erriko de Hernani, con lo que mucho margen de maniobra tampoco tiene.

Se puede apreciar que en Londres están cagados, de hecho, mientras escribo estas líneas, Theresa May acaba de convocar elecciones, quizá gastando el último cartucho para deshacer el entuerto, quizá para hacerse un “Poncio” y lavarse las manos, veremos. Titulares belicistas, bravuconadas de notables políticos, son solo ejemplos de la inseguridad que se vive. Tal vez también debieran empezar a cuestionarse cuan nacionalista es mantener esta colonia. Tal vez debieran ver cuantas empresas inglesas se han trasladado dejando de pagar los impuestos que deberían si se hubiesen mantenido en las Islas.

Todas estas situaciones irremediablemente, en un sentido o en otro, van cambiar.

Se requieren nuevas propuestas para viejos problemas, políticos valientes. Y lo cierto es que ni están, ni se les espera.

Mi mayor y descortés placer en esta ciudad es irme a tomar un café frente a la frontera, poner la antena y escuchar las conversaciones de las mesas adyacentes. Charlas, discusiones y voces, muchas veces incomprensibles a mi cerrado oído castellano. Escuchar el día a día de la frontera con sus miserias y su belleza.

Qué gran y excepcional lugar.

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