Un Lord Jim a la gallega

nacho diaz

Nacho Díaz. 

Una de las primeras cosas que aprendí al llegar a Londres fue que tan solo las personas verdaderamente excepcionales, rozando la genialidad de lo excéntrico, y con vidas fascinantes llenas de aventuras y pasiones desbordadas, podían ser protagonistas de los obituarios de The Daily Telegraph.

De haber sido inglés D. José  Valiña, El Jefe, fallecido el jueves pasado y fundador de los astilleros que llevan su nombre, hubiese inspirado el mejor de todos ellos ya que en él convivían la grandeza, nobleza, y heroicidad  de los personajes de Joseph Conrad, la extrema dureza amarga de la vida de las historias  de Charles Dickens, el control de las fuerzas del mar solo accesible a los viejos Lores del Almirantazgo de antaño, y el carácter artesano de portentoso hacedor shakesperiano.

Monte Aranga.

Monte Aranga.

Si afirmo todas estas cosas para intentar describir el inimaginable y desbordante  talento e ingenio innato de un hombre con el que tuve la suerte de trabajar, deseando no inspirarle jamás ninguno de sus terribles achaques de mal humor, es porque en el tiempo que pasé con él llegué a verlo casi como a una criatura mitológica, y un ser mil veces superior a su leyenda esparcida sobre todos los mares y océanos de la tierra.

Pepe, como lo llamaban sus amigos, y yo soñaba con poder hacerlo algún día, era la mejor versión gallega de Aristo Onasis y desprendía ese olor a hombre hecho asimismo que embriagaba todo lo que tocaba con sus manos gruesas labradas por esfuerzos casi inhumanos.

Verlo en el taller, subiéndose al barco en el carro, dando instrucciones a sus encargados, dibujando una grúa, o cabreándose magistralmente con alguien que no le seguía en sus explicaciones era toda una inspiración para sumergiese en la novela de un magnate, en la película de un forjador  imperios, o en el mito del ave fénix siempre lista para renacer más fuerte, más poderosa, con más ganas de trabajar y doblegar las adversidades como doblegaban sus barcos, sin apenas resentirse, las tempestades y las olas salvajes.

França Morte.

França Morte.

En mi tiempo con el no aprendí, por suerte, contabilidad ni tampoco, ¡dios me libre!, a hacer cálculos de varadas o estabilidad pero si aprendí, como en ningún otro sitio,  a respetar el trabajo hasta perder casi la razón con el afán de mejorar.

Según esto, explicar cómo a sus casi 80 años El Jefe seguía dale que te pego ideando y construyendo el barco más grande de todos los astilleros de Galicia en aquella época, sin más ayuda que su lucidez y templanza, y sin ningún otro conocimiento oficial reconocido que el de su formación de carpintero sería fácil de lograr.

También sería fácil de entender que entre toda la flota pesquera gallega algunos “barcos de Valiña” eran los últimos en salir de puerto, los primeros en llegar a sus calderos, los últimos en abandonarlos para, después, ser los primeros en arribar con unos consumos que causaban las envidias de muchos armadores, quienes al final acababan reconociendo sus tristezas y agobios por no haber construido sus barcos en el astillero, dotándolos de esa forma del famoso  “tiro” de la casa.

Supongo que las claves de estos  y tantos otros misterios como son que buques con casi 40 años sigan  igual de nuevos que el día de su botadura, constituyendo el orgullo de poderosas casas armadoras, cuando la mayoría a esa edad solo pueden aguardar el desguace, se debe a que la “Maquina Valiña” no descansaba nunca y hasta en los días de Navidad pedía ayuda a quien pudiese para plotear, pues en la época del autocad El Jefe seguía recurriendo a los tiralíneas, importándole un comino las últimas tecnologías de Heweltt-Packard, de la cuales prefería desconfiar.

El sempiterno COYO.

El sempiterno COYO.

Por supuesto, aunque él fuese toda una inspiración en el arte de la reinvención y superación personal, haciéndole ganar La Medalla al Merito en el Trabajo, sus inconfundibles dotes de mando de patrón de patrones a la vieja usanza creaban en ocasiones ciertas tensiones que vistas con los ojos del hombre que soy hoy, y no del niño que lo admiraba ciegamente, darían lugar a muchas y largas reflexiones en el terreno de la sociología industrial y laboral, que prefiero dejar al margen, recordando tan solo a la persona que fue amigo de sus amigos, fan de Luis Mariano y Frank Sinatra, amante del cocido, magnífico padre de sus cuatro hijas, entre ellas su excepcional Chelo, y modelo a imitar en la virtud de la constancia.

Por si todo esto fuera poco El Jefe fue también alguien a quien debo mucho por haberme ayudado cuando caminaba hacia el vacio y al que nunca tuve la oportunidad de decirle a la cara, por eso de ahorrarme “as mariconadas que non lle gustaban” cuanto llegué a quererle.

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