Enteraros de una vez: ser inmigrante es muy duro

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Carolina Díaz San Francisco

Los inmigrantes sufrimos el complejo de la inferioridad. No se nos quita por más que lo intentamos. Al complejo este de inferioridad me lo huelo a mí misma casi todos los días, y también lo percibo en otros, aquellos que como yo viven fuera de su país de origen.

Y repito que sufrimos el complejo de la inferioridad, primero porque me pasa a mí, y segundo, porque sé muy bien que yo no soy la única.

Os lo explico aquí brevemente para que reflexionéis y os enteréis de una vez, vosotros los que nos odiáis y no queréis entendernos.

Los inmigrantes tenemos la seria obligación de sobrevivir en nuevos y extraños territorios. Nuestra experiencia no va de viajes, ni de cambios de aires, ni de moverse e ir de un sitio a otro con un placer completo, sino de saber en un determinado e inolvidable momento que debemos comenzar una vida nueva.

Debemos estrategizar y agudizar nuestros sentidos para hacer lo mejor que se pueda en nuestros comienzos “desde cero,” como decimos mucho los inmigrantes. Debemos mantenernos siempre en equilibrio y en coordinación con nuestras facultades, sobre todo las mentales, ya que es muy fácil que nos volvamos locos y que nos perdamos en tránsito. Cargamos a nuestras espaldas un pasado. A menudo pensamos en lo que hubiera sido de nosotros si… No olvidamos nunca lo que dejamos atrás, lo que podríamos haber hecho o cambiado. El pasar del tiempo, las distancias y la lejanía están siempre presentes en nuestras narices y en nuestras consciencias. Sabemos que no hay vuelta atrás. Sabemos que debemos seguir mirando hacia adelante “no matter what,” “arreglar los papeles,” localizar alojamiento, encontrar medios de vida, y en muchos casos aprender a hablar ese idioma extranjero que no nos acepta. Debemos adaptarnos.

Debemos, debemos, y debemos.

También está la soledad. Primero quizás porque hemos emigrado solos, y segundo, porque mientras nos encaminamos y nos vamos abriendo paso por veredas arduas y cuestas, hacer amigos, encontrar compañeros que entiendan el ritmo de nuestras vidas y pensamientos es el verdadero reto. En realidad, la soledad no nos deja incluso cuando pensamos que sentimos que llegamos al punto más alto de la trayectoria. Encontramos que siempre somos la minoría, los diferentes, los que “no pronuncian bien,” la diana de la marginalización.

Enteraros de una vez: ser inmigrante es muy duro. Tenemos complejo de inferioridad porque no se nos permite reclamar nada pese a nuestros sudores con el “debemos.” Somos los objetos sociales que la sociedad estructurada y establecida desecha. Pese a nuestro feliz intento por gravitar por entre los márgenes y dentro de nuestros propios espacios, los gigantes y los que se creen normales aun nos quieren atrapar y engullir.

Enteraros de una vez: la inmigración, como cualquier otra experiencia en la existencia, nos define como humanos. Los movimientos migratorios son parte de la historia de nuestra humanidad. La inmigración es una experiencia compleja, casi siempre penada, y definida como sacrilegio y pecado.

Os invito a que atraigáis hacia vosotros mismos el fenómeno de la inmigración, a que reflexionéis sobre aquel inmigrante que conocéis, sobre los refugiados y los exiliados políticos.

Pensad en aquellas palabras que escucháis y que quizás no os gusten, como “extranjero” o “ilegal.” Seguid las noticias y contad con los dedos de las manos y después con la cabeza cuando se os acaben los dedos de las manos y los de los pies si nos ponemos, el número infinito de agresiones violentas que sufren “los indocumentados,” y cuantos pierden sus vidas en el proceso de una realización. Pensad también en los individuos que admiráis y que no han nacido en vuestro país. Si, seguid pensando.

Enteraros que nosotros, los inmigrantes, por mucho complejo de inferioridad que tengamos, no nos vamos a rendir. Eso lo sé por mí y por otros que conozco bien. No estamos tan solos.

Somos muchos. Vamos a seguir disminuyendo este complejo de inferioridad y de que no terminamos nunca de encajar cada día un poquitín más porque esta es nuestra vida y por lo tanto nuestra responsabilidad. Como nómadas o “ciudadanos del mundo” como a menudo decimos que somos, nos reconocemos los unos a los otros, aceptamos nuestras durezas, y juntos o como podemos, cada uno con su fuerza, vamos a seguir apoyando a la justicia y a la humanidad. Vamos a vociferar lo que sentimos, a extender los mundos y los universos, a seguir amando nuestras vidas, y por supuesto, a seguir educando.

 

 

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