Todas las flores del mundo

nacho diaz

Nacho Díaz.

A lo mejor sin tener nada en común con la historia original mi relación con el PSOE se parece mucho a los periplos que Michael Douglas tuvo que pasar para regalarle a su novia un ramo de flores en El presidente y Miss Wade, ya que por mucho que intenté afiliarme a lo largo de los años nunca lo conseguí por las más extrañas razones.

Dos veces, al menos que recuerde, lo intenté y dos veces me dieron con la puerta en las narices.

La primera me dolió bastante ya que el portavoz municipal del partido en el pueblo de mi madre, en una calurosa mañana de agosto, tras la victoria de Aznar,  me despachó en un santiamén después de haber llamado muy educadamente a su puerta, aludiendo que él no estaba allí para tratar con veraneantes.

Sin conocer exactamente el funcionamiento del partido intenté explicarle que la razón por la cual acudía allí no era otra más que evitar que por el aquel entonces alcalde de A Coruña, Paco Vázquez, a quien siempre consideré la vergüenza universal más grande del socialismo, firmara mi petición.

Menos de un mes y medio después hice mis maletas para no volver a España hasta el día de hoy en el que tampoco tengo fecha de retorno.

La última vez que lo intenté lo hice con la intención de poder votar en el congreso que salió elegido Rubalcaba, sin que este fuese mi candidato.

Mandé un email muy largo, explicando que pese a vivir a Londres quería ser miembro del partido y recibí una escueta respuesta diciendo que lo sentían mucho pero que por vivir fuera no podía votar.

No lo voy a negar, esa respuesta me sentó muy mal máximo cuando desde el primer día de carrera en diversos seminarios y conferencias un gran número de  académicas británicas  de prestigio reconocían públicamente las figuras de políticas socialistas como Carmen Alborch y todos mis compañeros, profesores y amigos de todas partes del mundo elogiaban al recién elegido gobierno de Zapatero.

Pese a que por aquella época vivía una etapa de exilio voluntario y a penas quería recibir noticias de mi país siempre acababa rodeándome de gente cuyos familiares habían luchado en la Guerra Civil o se sentían traicionados por el Nuevo Laborismo de Tony Blair, mirando a España como el anhelado paraíso.

Remontándome un poco más atrás en mi vida debería decir que el primer mitin de Felipe González al que asistí con apenas 12 años me hizo tomar la decisión que algún día fumaría como mi ídolo, ya que la mañana siguiente viendo las fotos en los periódicos me di cuenta de la gran clase que tenia sujetando los cigarrillos.

Después de ese vinieron dos o tres mítines más y jamás olvidaré cuando le vi y le oí decir con el puño en alto antes de despedirse “Aquí os lo dejo compañeros, ¡No pasaran!”

Soy consciente que de Felipe se pueden decir muchas cosas malas y hasta yo mismo confieso haberlas escrito aquí. Sin embargo, lo que también es cierto es que Felipe y sus gobiernos me ayudaron a resistir la tortuosa monotonía de una educación aislada en un colegio del Opus y creer en unos valores que me han acompañado toda mi vida.

Gracias a la famosa y magnífica  campaña “SI DA NO DA”, lanzada en el despertar de mi adolescencia, pude resistir a las pláticas de los curas y a las charlas semanales de los profesores donde, casi a gritos, vociferaban que el SIDA era el castigo de dios contra todos aquellos que osaran contradecir sus normas.

Encerrado en aquel infierno que era mi colegio estaba seguro que “algo” había allí fuera más fuerte que el fanatismo aunque tardara tiempo en descubrirlo.

Ese “algo” tras pasar muchos años dedicados al estudio de la sociología, la política y los estudios culturales, acabó convirtiéndose en una defensa de las ideologías de izquierda que, en mi modesta opinión, el PSOE quiere llevar a la práctica para darle a España el verdadero cambio que se merece, mirando a la larga y fructífera historia de un partido, que aunque no me quiera, siempre estará en mi corazón.

Por ello, quiero aprovechar esta ocasión para mandarle todos los ramos de rosas rojas que de verdad se merece en señal de amor y esperanza.

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