Al filo de la navaja

nacho diaz

Nacho Díaz. 

Solo he leído dos libros de Juan Gabriel Vásquez pero algunos de sus protagonistas me han fascinado tanto que desde hace algún tiempo ya vengo pensando en lo que significa la responsabilidad de escribir en un diario dando mi opinión.

Con Las reputaciones cogí miedo a pasarme de listo y con Historia Secreta de Costaguana temí que mí confesada y, a veces, interesada locura se acabara convirtiendo en un esperpento.

En ambos casos también descubrí que la originalidad y el talento que cada uno pueda emplear en mayor o menor cuantía a su libre albedrio, no tenían que estar destinados ni a la critica despiadada, al elogio de la propia pedantería, ni a o lo que es aun peor, la invención de un mundo paralelo, creado y financiado por intereses espurios.

Como algo de todo esto hallo en lo que a menudo leo, y como no encuentro mucho sentido a volver explotar el tema de la manipulación en algunos medios de comunicación corporativos, los cuales rozan incluso los límites de lo moralmente reprochable, llegando a corromper, seducir, y aturdir a sus audiencias con dulces rellenos de opiáceos, lo único que se me ocurre decir es que el caricaturista Javier Mallarino y el periodista Miguel Altamirano representan mejor que nadie las grandes fantasías en las que se podían convertir las noticias mucho antes de vivir en esta época de fake news.

Separados por más de un siglo y la distancia entre Panamá y Bogotá estos dos personajes ilustran también a la perfección las mentiras escondidas muchas veces detrás de las historias oficiales, sin que esto llegara a importarles mucho pese a difundirlas, o llegando incluso a darse el caso de convertir el propio oficio en una suculenta artimaña para continuar viviendo a cuerpo de rey perpetuando la charada.

Las crónicas delirantes y desbordadas de falsedades sobre el cruento y fallido intento de construir el Canal de Panamá con capital francés, escritas por Altamirano en Historia Secreta de Costaguana, deberían estar en un manual moderno de psiquiatría, analizadas con un claro ejemplo de trastorno colectivo por los mejores psicólogos sociales, y reverenciadas y estudiadas por todos aquellos que, como yo creen, que el capitalismo salvaje acaba parasitando el acceso a la libre información, imponiendo su única verdad como un mal endémico.

Por otra parte las caricaturas de Mallarino en Las reputaciones de la Colombia más reciente, y los problemas que estas le acaban acarreando deberían ser usadas para hacer entender que no todo vale cuando se trata de descalificar al enemigo por muy rufián, energúmeno y repugnante que este pueda parecer.

Al fin y al cabo criticar y mofarse de un defecto o error siempre resulta tarea fácil muy a pesar de que, por muy obvio que resulte, la realidad no es siempre lo que parece.

Sufrir las consecuencias de su error por el resto de sus días será el destino del protagonista cuya vanidad, en mi opinión, le llevó a retratar algo que no debía sin haberle dado antes un second thought tras una fiesta plagada de alcohol donde se presentó alguien que no era de su agrado.

Al igual que Mallarino, Altamirano también se la cargó con todo el equipo en un asunto que de haber sucedido hoy habría dado la vuelta al mundo tantas miles de veces como vidas humanas y desdichas costó, por no hablar de la autentica cultura de excesos y despilfarros que originó.

De hecho, si la mitad de las cosas que Vásquez cuanta fueran ciertas cualquier súper director de Hollywood podría dirigir una película llamada El publicista del diablo, inspirándose en el carácter manipulador de un periodista enloquecido por sus propia ambición de llevar a cabo algo que se demostró imposible desde un principio.

En cuanto a Mallarino solo me queda decir que la conversación que mantiene al final del libro con su director me supo a la peor de las cicutas, atreviéndome por ello a invitar a probarla a todos los que, opinando con los pies, causan daño a quienes no lo merecen, o no pueden alzar su voz para defenderse, al tiempo que les recuerdo que cada que vez que machacan sin razón se exponen a caerse del filo de la navaja donde habitan.

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