La gata sigue estando muy caliente

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Nacho Díaz

Aunque siempre supe que jamás hallaría tormento más bello ni tortura más dulce que ver a una buena Gata sobre el tejado de zinc caliente, el deleitarme con Sienna Miller arrastrándose a cuatro patas sobre el escenario del Apollo Theatre, implorando y suplicando tener sexo con su atormentado e indiferente alcohólico marido mientras sugería una felación, me hizo saborear cada gota del ron doble que me estaba tomando pensando con alegría, que yo si había encontrado el famoso “click”  detonante de paz y  sosiego que busca cada borracho como el protagonizado por Jack O’Conell, sin necesidad de darme a la bebida en exceso para mitigar el dolor del pasado.

A medida que la obra iba discurriendo y Maggie la Gata cada vez buscaba posturas más imposibles sobre la cama, exhibiendo una flexibilidad propia de la mejor de las gimnastas cuando, por ejemplo, abría sus piernas en ropa interior para acariciar con sus manos las puntas de sus pies, implorando cariño de un cónyuge que ni la miraba, o cuando decidía invocar el espíritu de los celos, haciendo gala de su inmensa colección de pretendientes mostrando sus pechos desnudos ante un hombre que la invitaba a serle infiel por su propio bien, recordándola que salvo odio nada podía esperar de él, volví a redescubrir junto a mis dos jóvenes acompañantes todo el universo de Tennessee Williams  y di gracias porque ya nunca más tendría que volver a pensar en los tiempos en que otros homosexuales como yo nos odiamos a nosotros mismos siendo incapaces de aceptar que otros hombres nos amaban.

La razón por la que digo todo esto es porque tanto el tormento de La gata como los caníbales de De repente el último verano marcaron mi juventud y la sesgaron de esperanza, intentando como podía encontrar el famoso “click” por el cual Brick, el marido de Maggie, se bebió cuatro botellas de bourbon durante la representación.

gata

Si bien yo nunca estuve cerca de tales excesos, el ansiado deseo de no pensar ni en la vergüenza, ni en el rechazo, ni en el trágico amor perdido me hicieron a mi modo vivir sumergido en el papel de la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo, sumiéndome en una espiral de melancolía de la que tarde mucho tiempo en salir, no lográndolo hacer por mi propio pie.

“El pájaro” Williams, como Gore Vidal llamaba al genial autor, de esta forma se convirtió en mi maestro del lado oscuro, el Darh Vader que me atraía con sus dramas, con sus tragedias, con sus monumentos a las represiones y sobre todo con sus magníficos homenajes a la locura.

Sobre esto debería destacar, al igual que destacan sus biógrafos que el mayor homenaje a la locura era él mismo cuando caminaba del brazo de su lobotomizada y querida hermana y la permitía presentarse a propios y extraños como la Reina de Inglaterra para  mayor gloria de ambos.

Sin embargo, ayer en el teatro me di cuenta que mi fe en el dios y señor de mis tinieblas, el pobre nivel de inglés que tenía hace casi 20 años cuando vi por primera vez La Gata sobre el escenario y, también, mi pasión desbordada por la versión cinematográfica light  de la historia me habían jugado una mala pasada, impidiéndome ver que el terrible y despótico Big Daddy, patriarca donde los haya entre los más patriarcas, no era en realidad el ser mezquino y repugnante que atormentaba a Paul Newman por no querer acostarse con Liz Taylor, sutilmente sugiriendo que era un inmaduro homosexual atrapado en su adolescencia de la cual debía escaparse para ser un hombre de verdad, forzándolo cruelmente a olvidar el amor de su vida para perpetuar la especie.

Muy al contrario el Big Daddy que vi, pese a seguir siendo un abominable déspota, era un comprensivo padre que recriminaba a su hijo no haber ayudado al hombre al que amaba a prevenir su trágica muerte causada por la cobardía  a aceptar el amor que no tiene nombre.

Sentir como sentí ese amor paterno, expresado por una mala bestia, me llevo a pensar en todas esas relaciones rotas de padres e hijos homosexuales con las que tantos amigos míos se habían atormentado y me hizo también pensar que los buenos padres, y pongo al mío por ejemplo, son aquellos que hacen todo lo posible por ayudar a sus hijos a salir del bache pues al fin y al cabo ¿qué clase de tarugo perturbado podría contemplar la autodestrucción de su hijo sin hacer nada para evitarlo?

Por lo que a la pasión incontenible de Maggie se refiere debo decir que hoy en día ninguna mujer estaría dispuesta a ponerse en evidencia de esa forma pues ya no es necesario.

Si afirmo esto no es por criticar la fogosidad de sus actos sino porque en el conjunto de la obra abundan, además de los claros abusos psicológicos, escenas de violencia física que estremecieron a la audiencia en más de una ocasión.

Al final, como siempre, lo bueno de todo esto tal y como coincidieron mis acompañantes  por la parte que a cada uno les tocaba es que, casi 60 años después del estreno en Broadway de la obra, ni las mujeres tienen que dejarse arder en un tejado de zinc caliente para intentar someterse a los maridos que no las quieren, ni los hombres homosexuales tienen que consumirse hasta el infinito por miedo a seguir sus sentimientos.

En cualquiera de los casos y quiera como se quiera entender esta obra, La Gata constituye un magnifico referente para entender el dolor que marcó generaciones enteras de hombres y mujeres que no pudieron ser felices atrapados en su propios miedos y estúpidas tradiciones.

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