El desafío nacionalista en Cataluña

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Ricardo Ruiz de la Sena, abogado.                                            

Mientras escribo estas líneas el gobierno espera la publicación de la ley de consultas que el pasado viernes aprobó el Parlament de Catalunya. Con los ministros en estado de alerta, a uno solo le queda esperar que las instituciones y el Derecho funcionen en España, lo que no dejaría de ser noticia en lo que se refiere a Cataluña.

He aquí el problema y la tristeza de nuestra tierra. Durante décadas, el Estado cedió ante los nacionalistas en la confianza de que el apaciguamiento lograría disuadirlos de alcanzar metas mayores. Fue justo al contrario: sirvió para demostrarles que la vía de los hechos consumados, el desafío a las leyes y los chantajes políticos daban resultados. Cada cesión que se hacía iba jalonando el camino que conducía a donde ahora nos encontramos.

¡Ah! La historia de las cesiones, los abandonos y las traiciones en Cataluña. La lista es larga pero, tal vez, la más grave fue la entrega del sistema educativo, es decir, la elevación de la propaganda a la categoría de contenido curricular y revisión académica. La militancia del profesorado nacionalista y la dejación del Ministerio de Educación hicieron el resto. Todas las disciplinas que influyen en la visión del sujeto y la sociedad –desde la Geografía a las antiguamente llamadas Ciencias Sociales y, muy especialmente, la Historia- se reescribieron y se narraron de modo que el nacionalismo dejara de ser solo una ideología perversa para convertirse en una cosmovisión indubitada. La manipulación del lenguaje y la apropiación del catalán consolidaron un modo de expresarse que construía una identidad excluyendo a los no nacionalistas a la vez que creaba una división artificial entre quienes hablaban catalán y quienes se expresaban en castellano. Por desgracia, a esto contribuyeron los ignorantes empeñados en despreciar- haciendo el juego a los nacionalistas- la lengua y la cultura de Cataluña, los que desconocen la diferencia entre lengua y dialecto, los nostálgicos de los brazos en alto y el paso de la oca. Estos bárbaros –algunos simples delincuentes- brindaron a los nacionalistas catalanes algunas de las excusas que después utilizaron hasta la saciedad.

Esta apropiación de la lengua, esta manipulación del lenguaje y esta construcción artificial de un imaginario colectivo –la mentira de “Madrid nos roba” o el silencio de la oposición al nacionalismo- hubiesen sido imposibles sin el control de los medios de comunicación públicos y el silencio y la complicidad de algunos privados. Mi amigo Xavier Horcajo suele decir que el periodismo no es profesión para valientes en Cataluña. A medida que la profesión periodística se iba precarizando, el nacionalismo se volvía más fuerte. Escribir en clave nacionalista garantizaba columnas, conferencias, tertulias… Hacerlo desde la oposición aseguraba un frío laboral insoportable. Recuerdo a Girauta y a Pepe García Domínguez a caballo entre Madrid y Barcelona en las noches de radio en tiempos de Montilla, cuando el PSC decidió quitarse la careta y pasarse con armas y bagajes al nacionalismo.

Por supuesto, no todo era ideológico. So pretexto de construir una nación inexistente algunos políticos nacionalistas se corrompían bajo la mirada de otros que callaban. Era imposible hacer cierto tipo de negocios en Cataluña –obra pública, concesiones, por poner dos ejemplos- sin entrar en el juego de las familias políticas y las redes de intereses. Quien lo denunciaba, a menudo se quedaba sin trabajo o sin clientes. Durante mucho tiempo, se ha minusvalorado la importancia de la corrupción en la huida hacia delante de Convergencia. Ha tenido que llegar la UDEF –“¿qué coño es la UDEF?” preguntaba Pujol padre- para que muchos creyesen que el caso Pallerols o el del Palau de la Música no habían sido escándalos aislados sino ejemplos de la estructura que la superestructura nacionalista ocultaba. Quien robaba no era Madrid, sino que eran otros.

A la manipulación de masas, se sumó la violencia esporádicamente. ¿Recuerdan a los “maulets”? A la violencia física –no en vano los nacionalistas siguen sin superar las simpatías por Terra Lliure- se sumaba, salvando las distancias, la verbal: el insulto, la amenaza, la humillación. No las pongo en el mismo plano, pero sí subrayo que el nacionalismo será lo que se quiera, pero no democrático.

Sin embargo, no todo han sido sombras. Ha habido un heroísmo cotidiano sostenido e inquebrantable. Los catalanes que se negaban a que les impusiesen una identidad artificial creada por unos y tolerada por otros se fueron organizando para romper el silencio del nacionalismo y sus cómplices. Ahí está el epílogo que Javier Algarra, mi vecino de columna, ha escrito al libro de entrevistas “Nos duele Cataluña”. Léanlo y verán lo que ha sido la resistencia y la irrupción de otras voces en el discurso monocorde del nacionalismo.

Hoy el gobierno de Mariano Rajoy tiene ante sí un desafío que lleva esperando mucho tiempo. Los nacionalistas le han brindado al presidente la ocasión de demostrar lo que vale la ley en España y lo que el Estado está dispuesto a hacer para garantizar su efectividad y su cumplimiento.

España tiene dos mil años de historia, como recordó Domínguez Ortiz en un libro memorable y, desde luego, no es un mito –Gustavo Bueno dixit- como sí lo es el país monocolor, artificial y nacionalista que Mas, Junqueras y sus cómplices quieren llevar adelante contra la Constitución y la razón. No lo olvidemos. El nacionalismo es una ideología totalitaria y –si algo nos enseña la historia de Europa- es que jamás trae libertad ni prosperidad a ningún pueblo.

Sí, Rajoy debe hacer que se cumpla una Constitución que el pueblo español se dio. Podría recordar los catalanes que han muerto a lo largo de los siglos con el nombre de España en los labios. Podría denunciar –como hizo Gordon Brown en su discurso de hace unos días- la lógica perversa y egoísta que subyace a las pretensiones nacionalistas. Sin embargo, la misión de un presidente del gobierno, ahora, es defender la ley y hacer que se cumpla en Cataluña como en cualquier otro punto de España. Habrá tiempo para los debates históricos y económicos. Ahora se trata del valor que la Constitución tiene en España.

En estos días, está en juego la aspiración de democracia, libertad e igualdad para todos los españoles. Sí, nuestro país tiene muchos problemas pero, aun con todos ellos, es mejor que la utopía nacionalista y enloquecida que pretenden imponer Mas y sus aliados. El nacionalismo conserva el fondo perverso de la tiranía por mucho que se revista de colores y banderas. Cada negociación que entablan sus representantes sirve para coartar libertades y limitar derechos. Si hay algo hoy, en España, que encarna la irracionalidad y el fanatismo, es este nacionalismo que se alza contra la razón, la libertad y la igualdad que Europa y Occidente representan.

Ojalá el gobierno sepa estar a la altura del desafío que los nacionalistas le han lanzado.

@RRdelaSerna

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