Márketing político en Torrelodones

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JAVIER ALGARRA, periodista.             

Nada hay peor para un político que basar su popularidad en una afirmación que posteriormente se demuestra que es falsa. Eso es lo que le ocurrió a la alcaldesa de Torrelodones, Elena Biurrun, que fue una de las estrellas del anuncio de Aquarius, la bebida refrescante que rompe moldes habitualmente con sus campañas publicitarias.

El espot en cuestión pretendía mostrar a dirigentes municipales ejemplares por algún motivo. La agencia publicitaria eligió para su primera entrega al alcalde de la localidad castellano manchega de Sisante, Pedro Garde, del PP, que fue uno de los opositores más activos contra el cierre de urgencias hospitalarias. El edil de la localidad conquense, al ver que sus vecinos podían perder su atención sanitaria, aprobó que los miembros de la corporación destinasen sus ingresos a pagar un médico para el pueblo.

Otro de los escogidos fue Ramón Marí, del PSOE, alcalde del municipio valenciano de Albal, por ser uno de los primeros en denunciar la corrupción que rodeó el caso Emarsa. Y la terna la completaba la alcaldesa de Torrelodones, del partido Vecinos por Torrelodones.

La llegada de Elena Biurrun al gobierno municipal estuvo precedida por una campaña basada en declarar su independencia y criticar el despilfarro público y la corrupción política. Cuando empuñó la vara de mando, impresionó a sus vecinos con medidas de gran impacto popular. Redujo el número de concejales con dedicación exclusiva a tres y renunció al uso del coche oficial.

Pero poco duró ese alarde de austeridad. Al poco de llegar al cargo, el diario El País desveló que algunas promesas eran mentira. La alcaldesa Biurrun sí hacía uso del vehículo consistorial. Unas fotografías publicadas por el rotativo mostraban a la regidora, junto al concejal de Urbanismo y al secretario municipal, subiendo al coche oficial conducido por un chófer. Y además, uno de sus acompañantes, el responsable de Urbanismo y, por tanto uno de los tres concejales con exclusividad, resultó ser su propio marido, Santiago Fernández.

La mentira se ha convertido en una herramienta política. Algunos de nuestros representantes públicos utilizan el márketing para ofrecer a los ciudadanos una imagen ejemplar y alardean de adoptar medidas modélicas. Pero, cuando creen que nadie les ve, se comportan como realmente son, tratando de aprovechar las prebendas que les otorga el cargo, pero a escondidas.

“Si me engañas una vez, tuya es la culpa,
si me engañas dos, la culpa es mía”

 

Lo criticable del asunto no es que la alcaldesa utilice el Renault Laguna del ayuntamiento al que tiene derecho, sino que haya tratado de ganarse el favor de sus vecinos mediante el engaño, haciéndoles creer que renuncia al mismo, cuando en realidad no tenía intención de hacerlo.

No todas las sociedades son iguales a la hora de tolerar la mentira. La moral anglosajona, por ejemplo, es implacable. El gran error que cometió Bill Clinton, más allá de retozar con la becaria Mónica Lewinsky en el Despacho Oval, fue mentir al respecto. Poco vale la palabra de un político que engaña, cuando la responsabilidad que desempeña se basa, justamente, en decir la verdad a sus votantes, que depositan en él su confianza para administrar los intereses de todos.

En España, sin embargo, nos queda un largo camino por recorrer. Nuestros cargos públicos nos tienen acostumbrados a incumplir sus promesas electorales y, lo que es peor, a despilfarrar nuestros recursos sin rendir cuentas, o a meter la mano en la caja. Son demasiados los ejemplos que tenemos.

“Nos merecemos un gobierno que no nos mienta”. Qué cierta resultó ser esa frase disparada como un arma arrojadiza contra la gestión que el ejecutivo del PP hizo de los atentados del 11M. El problema es que quien la pronunció, Alfredo Pérez Rubalcaba, resulta ser “el político que miente con más sinceridad en España”, tal como le define, con gran acierto, el periodista Román Cendoya.

Que se anden con ojo nuestros representantes públicos, porque nosotros los votantes, cualquier día asumiremos la máxima de Anaxágoras, el filósofo presocrático, que aseguró: “Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos, la culpa es mía”. Si pretendemos no tropezar de nuevo con la misma piedra, nuestra única posibilidad es negar el voto a los que engañan. La democracia nos otorga el derecho a no elegir a quienes traicionan nuestra confianza.