Un griego, un inglés y un español debaten sobre Europa

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Luis Galafel.       

 

 

Hace ya un tiempo andaba yo tomando una pintas en la terraza del típico pub inglés. Era la época del referéndum griego sobre el rescate. Como en un chiste malo, nos encontrábamos un griego, un inglés y yo, empezamos a hablar de la Unión Europea y de la Unión monetaria, todo regado con muchas pintas y condicionado por la situación de Grecia.

Las posiciones de la conversación eran tres. El griego estaba en contra de la UE, el inglés en contra del Euro, y yo era el flamante paladín de la Unión.

La postura del griego era que les habían engañado, que ése no era el futuro común que les habían prometido. Al unirse a la UE ellos no habían cedido su soberanía nacional y ahora se daban cuenta de que daba igual aquello que votasen, que desde Atenas ya no se podía hacer nada.

El inglés, clásico endogámico, se las daba de listo, decía que el Euro era inconcebible, negaba la mayor. Que a Europa ni media, que las instituciones no estaban controladas por el pueblo, sino por los lobbys.

Y allí me encontraba yo, en mi cuarta pinta de cerveza checa, creyente defensor de la Unión como el primer escalón hacia un utópico Estado supranacional federal, tratando de balbucear en inglés cómo se podría hacer funcionar esto.

Mi primer punto era lo que me había dado mi experiencia empírica del último año conviviendo con gente de todas partes de Europa. Todos los Europeos de un mismo nivel socio-económico-cultural tenemos unas mismas bases. No aprecio diferencias significativas en nuestra forma de vivir, de actuar y de razonar. El estilo de vida es profundamente similar. Nuestros modelos de gobierno, fiscal y problemas nacionales son los mismos adaptados a las peculiaridades de cada país. El griego lo aceptaba, el inglés no.

Todos estábamos a favor del Tratado Schengen (libre tránsito de personas y mercancías), pero ¡ay el Euro!, eso son palabras mayores. El inglés no quería ni oír hablar de él. Tiene su sentido, la Libra es fuerte con respecto a la moneda común, se pueden adoptar políticas según las necesidades, y encima está el hecho diferenciador británico, cosa que les encanta remarcar. Por si fuese poco y como aclaración, habéis de ser conscientes de que por ejemplo, la Libra en Escocia es distinta que en Inglaterra, así que si dentro de sus fronteras nacionales no tienen los mismos billetes, como para ponerles el Euro. Pero él no dijo nada de esto, él decía que que nuestros gobiernos estaban bajo el yugo de los intereses mercantiles, ante lo que solté un ruidoso ¡Ja!, y le hablé de la City londinense.

El griego, preocupado por la situación de su país, bramaba por la vuelta del Dracma, y no cerraba la puerta a una dolorosa salida de Grecia de la UE. Que si Merkel y Belcebú son coleguis de la infancia, que ellos no están en la UE para comprar lavadoras a Alemania sin aranceles y que patatín y que patatán.

Lo peor es que ambos tenían razón. En el proceso de integración europeo no caben medias tintas. No vale crear un mero mercado común para que las multinacionales campen a sus anchas. No vale que las directivas/recomendaciones de la Comisión digan cuánta leche pueden producir en Asturias o que hay que facilitar las rutas migratorias del grajo del carajo. Tampoco vale que sea un fondo de compensaciones económicas a los afectados del aceite de ricino o a los productores de algas de las marismas. O se completa la formación de los Estados Unidos de Europa que propugnaba Valery Giscard, o en la próxima recesión la Unión se va al carajo con los grajos.

Ver como se ponen trabas desde los Estados fundadores a la unión bancaria, a una política tributaria común, a una verdadera Constitución Europea, a una política exterior común, ver la incapacidad de hacer frente a los retos como la crisis migratoria actual, nos hace pensar que esto está muerto.

Todos estos retos se debían haber completado en un grupo reducido de países antes de abrir la puerta a otros más alejados de los niveles económicos medios Europeos. Y ¡ojo!, que igual ni España debería estar en ese grupúsculo inicial.

O avanzamos en este proyecto supranacional bajándonos los pantalones y cediendo parcelas de soberanía, o rompemos la baraja, hacemos el atillo y nos volvemos al pueblo a ver cómo nos apañamos. Aquí no vale Europa sí, pero un poquito.

El problema es que si no nos ponemos de acuerdo ni dentro España, cómo vamos a hacer que un esloveno ceda lo que consiguió hace 20 años tras un guerra.

Para acabar, sabed que faltó el canto de un duro para que el griego y el inglés se hinchasen a puñetazos mientras yo disfrutaba de mi leve intoxicación etílica.