De Florida al paraíso

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nacho diaz

Tras recapacitar sobre la tragedia de Orlando lo más sincero que puedo expresar, sin que sirva de remedio para el dolor de las víctimas,  es mi alegría por saber que el asesino murió rematado y acribillado en el suelo y mi enorme tristeza por lo sucedido.

Por muy bárbaro que esto parezca es lo único que cabe desearle a alguien que, sobrepasando cualquier límite de locura y fanatismo imaginable, causó dolor a personas normales y corrientes cuya singularidad no era otra que la de amar a personas de su mismo sexo, tal y como hacemos millones de personas en el mundo entero, con mejor o peor suerte y gozando de mayor o menor seguridad, mientras ansiamos vivir nuestras vidas como deseamos sin hacerle daño a nadie.

nachoa rticulo fotoEl ataque en Pulse, como cualquier otro ataque perpetrado por el ISIS, no es solo un ataque contra la humanidad en general sino también, en este caso, un ataque contra mis héroes,  y sus héroes, mis amigos, los amigos de mis amigos, sus amigos, nuestros familiares y amantes, dispersos por toda la faz de la tierra, sin que nada importe con quienes se acuesten ya que, junto a ellos, podemos ser como somos, construyendo un mundo mejor y más tolerante donde la libertad, la paz, la solidaridad y la harmonía se extiende bajo el arco iris construido por todos aquellos que, al igual que los muertos y heridos de Orlando, desearon inventar un una realidad distinta, donde la diferencia es siempre un motivo de celebración y nunca de odio ni rechazo.

Ante una noticia tan lúgubre como esta relacionar las políticas de exterminio nazis con los ideales del Isis resulta tan obvio como criticar la pestilente supremacía moral de los esbirros del extremismo islámico quienes, en su ignorancia, al igual que hicieron Hitler y sus principales vasallos, también se olvidaron de estudiar a fondo a algunos de sus referentes, impidiéndoles de esta forma darse cuenta que tanto el profeta, como el sufismo contemplaban la homosexualidad como una relación normal entre maestros y discípulos.

A pesar de no ser un gran conocedor del Islam, dado mi escaso interés en conocer o practicar ninguna religión, si puedo afirmar que durante mis años de universidad traté mucho  a una lesbiana musulmana, eufórica con la recién adquirida libertad londinense,  a la cual le tuve que echar un cable una vez cuando una princesa árabe perdió los papeles en una conferencia, precisamente mientras mi amiga exponía unas interesantes conclusiones sobre las relaciones homosexuales entre maestros y discípulos sufís, destacando sus similitudes con las modernas dinámicas sadomasoquistas.

La intolerancia y el asco mostrado por la princesita fue tal que mi amiga, sin amedrentarse, la bombardeó en su réplica, hasta que las lágrimas reales aparecieron por debajo de sus carísimas gafas de diseño antes de abandonar la sala casi, casi entre abucheos.

De esos tiempos también recuerdo alternar mucho con voluntarios de una asociación LGTB musulmana dedicada a ayudar a la gente joven de esa religión a vivir y explorar su identidad sexual en un ambiente seguro, proporcionando información adecuada, y guía espiritual a pesar de los altos riesgos que ello suponía para los miembros, hace ya algo más de diez años.

A pesar de todos estos buenos recuerdos siempre me resultará difícil olvidar el día en que un desalmado entro en el campus y le puso una pistola en la nuca a un estudiante para hacerle jurar, sin conseguirlo, que jamás volvería a ser gay.

Desgraciadamente el paso de los años no ha podido impedir que la juventud de muchos jóvenes LGTB de hoy en día, al otro lado del charco, se haya visto truncada por el mismo odio que todos creíamos erradicado de un estado como Florida, guardado casi de forma legendaria en la memoria de todos los que amamos a los grandes artistas de Broadway que, escapando del frio invierno neoyorkino,  se cobijaban en ella para, en su retiro, componer grandes musicales como Lenny Bernstein, o magnificas  obras de teatro como Tennessee Williams.

Por ese motivo estoy seguro que tanto los que ayer noche perdieron la vida, como los que sufrirán las brutales consecuencias de la barbarie, eran y seguirán siendo por siempre los herederos de aquella juventud bella, hermosa y despreocupada que solo quería vivir felices bajo el sol, disfrutando de la vida al máximo en todo momento, sin importarles un comino lo que pudieran pensar los demás, y ofreciendo lo mejor de si mismos en las noches locas de sábados, tal vez buscando un amor eterno que ya no les llegará en la tierra pero que, seguro, les guiara acampándoles por  siempre en el paraíso más allá del fin de los tiempos.