El imperio contraataca

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nacho diaz

Nacho Díaz.

Los muchos comentarios desfavorables que he escuchado sobre la última gran idea de Theresa May para solventar la crisis del Brexit, consistentes en abrir un mercado común con Australia, coincidieron con mi lectura apasionada del libro de Eduardo Galeano Las venas abiertas de América Latina y me hicieron pensar, parafraseando a Stuart Hall, que el imperio a punto está de contraatacar.

stuart hall

Stuart Hall

Sin querer entrar en detalle en lo que cambiar Europa por Australia podría suponer, por no ser adivino ni experto en la materia, si me atrevería a decir que las políticas de libre de comercio impulsadas desde Londres en el siglo XIX en gran medida fueron las que terminaron por arruinar a Sudamérica de la manera más cruel.

Por este motivo se me ocurre que basar un, más que dudoso, resurgimiento económico sobre un legado colonial solo puede traer consecuencias catastróficas para el equilibrio mundial por tratarse no solo de una marcha atrás en el tiempo sino, además, de la creación de una nueva superestructura, avocada a reinventar la libre competencia, peleando con todas las fuerzas existentes en el sur de Asia donde Australia es una agente comercial determinante.

De la misma manera que los ingleses decidieron no intervenir militarmente en la segunda conquista del nuevo mundo y prefirieron confiarla a la buena salud de sus emergentes instituciones financieras, poniendo y quitando gobiernos, cuando no comprando a precio de ganga los recursos de la tierra a una población nativa cada vez mas empobrecida, mientras corrompían a una burguesía sucumbida por el tiempo al ilusorio encanto de la esterlina, y el casi banal estatus  que su posesión suponía, la moderna City Londinense se lanzará a engullir a los habitantes de los dominios de ese hipotético nuevo mercado común para ser, con más razón que antes, iguales a Los condenados de la tierra que Frantz Fanon describiría durante la guerra de independencia argelina para promover la causa.

Eduardo Galeano

Eduardo Galeano

Este psiquiatra nacido en Martinica se refería junto con su otra obra Piel negra mascaras blancas, a todos los nativos que, sufriendo el complejo de inferioridad inculcado por sus opresores, intentaban de alguna forma comprar su dignidad al prácticamente inalcanzable precio impuesto por el hombre blanco, ejerciendo como meros laureados recaderos de sus conquistadores.

El beneficio de tal dignidad, en realidad, no era otro más que el de reposicionar su identidad entre un pasado borrado y denigrado por cualquier potencia imperial, un presente marcado por la dependencia, y un futuro ligado a los caprichos de las necesidades de los ciclos de expansión y producción de los países occidentales, quienes podían dislocar y arrebatar de un plumazo todo lo conseguido a quien no se sometiera a sus normas.

Inglaterra tuvo mucho que enseñar al mundo cuando, por ejemplo, se  cansó de zarandear de forma sistemática los precios del azúcar en toda América Latina o, también, cuando el lastimoso caso del robo de las semillas del caucho de Brasil, por parte de lo que hoy seria llamado un “emprendedor”, y su posterior plantación en Malasia acabó por arruinar el delirante ritmo de vida de una buena parte de la alta sociedad brasileira y de paso mató  de hambre a sus trabajadores, según cuenta el propio Galeano.

Si bien todo esto que explico son las ideas fundamentales del pensamiento postcolonial la enrevesada vuelta de tuerca del actual gobierno conservador, en su mayoría formado por miembros que sostuvieron públicamente que las naciones deben ser soberanas, sin supeditar jamás su voluntad a organismos internacionales, para pedir su salida de la UE, me ha hecho pensar en la cierta hipocresía que se esconde bajo la intención recuperar un botín que formaba parte del tesoro de antaño cuando el mundo entero estaba, por la fuerza, subyugado a las hábiles argucias de la misma Pax Britannica que, en un futuro no lejano, podría dar el salto de Oceanía a Asia y así, para desgracia de muchos de sus súbditos,  empezar a coger carrerilla tratando de recuperar lo que el tiempo, por suerte, acabó por negarle.