Los reflejos de una diosa

Nacho Díaz.
Desde que al principio de Una mujer fantástica escuché a la actriz Daniela Vega cantando aquello de “noticias viejas” me di cuenta que por mucho que intentase rendirle un homenaje sería inútil, pues sobre su grandeza, arte, y dignidad nada queda ya por contar.
Si puedo decir en cambio que la película me perdió en un universo de poesía y en una infinidad de sensaciones que me devolvió, en su estreno de ayer en Londres, al estado mágico de inspiración que se apoderó de mí cuando hace muchos años acabé de leer La poética del espacio de Gaston Bachellard.
A pesar de que tanto como en aquella ocasión como en esta no pude encontrar una explicación para mi encantamiento creo que hoy si he encontrado un nexo entre ambas.
Los reflejos de angustia, dolor, alegría, tortura, tormento, y amor del personaje Marina, que todo lo llenan y a todos seducen, es esa razón por la que la pantalla se convierte en un espacio a descubrir por los sentidos cada vez que el espejo de una letrina, o uno de mano en una especie cheslón, o un cristal sucio de un coche en un callejón lleno de cubos de basura, u otro en un club gay, o una inmensa mampara en una plaza de un barrio bien de la capital chilena, muestran el sinfín de sensaciones que pasan por la cabeza de un ser humano, quien no es distinto a ningún otro por el mero hecho de haber nacido mujer trans, como la propia protagonista recalca.
Por este motivo todas estas bellísimas imágenes donde a veces es fácil perderse volando, otras buceando, cuando no levitando tras adentrarse en una profunda meditación sobre de las dificultades que envuelven a las mujeres trans, obligan a quien de ellas se hacen cómplices a darse cuenta que cada pequeña emoción de Marina es la puerta a un laberinto de nuevos horizontes cuya única salida posible es la libertad.
Y como la libertad es infinita uno también acaba dándose cuenta que Marina solo puede resultar ser al final una alegoría no solo de la mismísima libertad sino también de fortaleza triunfadora sobre la mezquindad.
Sin querer entrar en los mezquinos y mezquinas que todas las Marinas de este mundo tienen que sufrir hasta que deciden plantarles cara para después obviarlos, continuo con los espacios conquistados por los rostros de Marina para añadir que antes de ella la creación era virgen.
Nadie, nunca jamás antes que ella le había puesto forma y cara de mujer tan bella a una vagina que pudiera o no existir pero que, sin embargo, todos sentimos que estaba allí entre sus piernas admirando su desnudez que nos contagiaba.
Nadie tampoco había enseñado de una manera tan cruel en un breve reflejo, aunque a lo mejor esto solo lo pienso yo, las sensaciones de no ser dueña de su rostro porque unos hombres creyendo ser dioses justicieros se atrevieron a jugar con ella para hacerla parecer una Eva más, condenada.
Tal vez me deje llevar mucho en lo que digo por mi recelo a toda la industria de la cirugía plástica, pero en esa imagen de castigo fui capaz de entrever un atisbo de miedo y superación al ver momentáneamente su rostro desfigurado y comprender que de los dominios del horror, impuesto por ser víctima del estigma, a los dulces campos en flor no existe más paso que el de armarse de valor y decidirse luchar contra las adversidades.
Esto como digo es una visión muy personal pero, en ese breve momento en que Marina pudo incluso llegar a creerse un monstruo, su naturalidad la devolvió al paraíso del que ya nadie podría echarla jamás.
Por favor que nadie entienda que tengo algo en contra de la cirugía estética ya que solo digo esto porque uno de los argumentos que las mujeres mas tránsfobas esgrimen es que las mujeres trans están obsesionadas con la cirugía estética.
La inmensa plasticidad de esa particular escena, y la manera en la que Marina bajo una condición de dolor y humillación insoportable resuelve la situación me parece una solución de libro para, no solo darle con un canto en los dientes a quienes critican a las mujeres trans por hacerse la cirugía, sino que también me parece otro ejemplo para ponérselo más claro a quien este dudando en hacérsela o no ya que, el primer plano en el que va componiendo su rostro, solo puede ser comparable al de una diosa que documenta su propia creación.
En definitiva, una diosa que volvió de su propia muerte para darnos a todos los que creemos en ella vida, fe, esperanza y amor incondicional haciéndonos sentir como propios sus reflejos hasta venerarlos como se veneran los Evangelios.
Algo que sin duda no gustará en absoluto ni a los mezquinos ni mezquinas que ven en ella la semilla del diablo, tal y como la concibió buena parte de la burguesía retrograda de Santiago de Chile.