120 BPM

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nacho diaz

Nacho Díaz. 

No supe que existía 120 BPM (Beats Per Minute) hasta que hace un par de viernes esperando al metro retrasado en Picadilly me fije por casualidad en su cartel.

Eran a penas las ocho de la mañana y el descubrimiento me inspiró el mejor comienzo posible del fin de semana.

Mi primera reacción después de leer  que esta magnífica película francesa, ganadora en Cannes, era un “desmadejado y emocionante retrato  de los activistas parisinos del SIDA a comienzos de los 90” fue hacer una foto y mandársela a unos cuantos amigos con los que pensé podría ir a verla.

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Al poco rato de salir a superficie algunos de ellos ya le habían dado un “me gusta” en sus Twitters pero lo mejor, sin duda, llegó al caer la tarde cuando una de mis mejores amigas me contó durante una cena en Chinatown como había descubierto ella la película.

Esto había sucedido hacía algún tiempo después de  recibir  un correo en el trabajo de uno de sus colegas de Act Up Francia! explicándole que estaban a punto de ponerse a rodar esta historia que, entre otras cosas, cuenta la vida de uno de uno de los héroes fundadores de la sección francesa de este grupo internacional, creado en Nueva York, que hicieron posible ganarle la batalla al SIDA, en su época dura donde los más suave que se decía de esta enfermedad era que provenía de la ira de dios.

De ello doy fe porque, durante un año de mi vida en un colegio del Opus Dei, tuve que aguantar a curas y profesores numerarios y supernumerarios,  explicando su cada cual  mas particular  visión personal sobre la revancha divina, autoerigiéndose incluso algunos de ellos como agentes vocacionales consagrados para ejecutarla.

Por suerte, gracias a la magia del cine, los recuerdos de aquellos momentos dejaron de martillearme la cabeza cuando en una de las escenas descubrí como  miembros de Act UP! reventaban las aulas de los institutos repartiendo condones y dando charlas sobre  sexo seguro, oponiéndose en algunos casos a la resistencia de los profesores, emanada de la misma ignorancia que sufrían los míos y de la cual, creo, siguen contagiados y contagiando.

Del mismo modo la brutal escena en la que algunos activistas fueron encerrados en un camión por el cuerpo antidisturbios de élite francés tras intentar promover los intercambios de jeringuillas para usuarios de drogas me unió mas al pasado de mucha gente con la que he trabajado en mi vida, permitiéndome visualizar el origen de otra guerra, afortunadamente, casi ganada con el tiempo.

Pero esto no fue todo lo que destacaría del inmenso poder visual de 120 BPM.

La narración de la planificación de sus protestas, en defensas de los derechos de las trabajadoras sexuales, los inmigrantes y los presos a los que el gobierno no quería prestar atención, y los infectados por transfusión tras el escándalo de la sangre contaminada,  además de la descripción de cómo, por ejemplo, elaboraban las bombas de sangre con las que invadían y atacaban las sedes de las farmacéuticas, junto con el bello detalle de las heridas de los cuerpos infectados, que no impedían a los amantes desearse pese a lo que estaban viviendo, me sumergió de lleno en un derroche de ternura, haciéndome participe de una de las mejores escenas de cama que jamás haya visto.

Todo comenzó con un baile en una discoteca y acabó con dos hombres amándose sin que en el medio hubiese más que una nube de deseo, sin mediar palabra, sin cambiar de lugar, aunque en realidad hubiesen sido transportados a su lecho por el  ritmo constante que suena en toda la película a 60 BPM, que es el ritmo no solo del corazón humano en estado normal sino, también, el de la mejor música disco, después de haberse  elevado desde la pista por los efluvios y vapores de sus pasiones, abriendo así la pantalla a las autenticas puertas del cielo a un ya solo consagrado corazón latiendo a 120 BPM, después de que sus dos dueños se prometieron luchar juntos contra las adversidades, sin mayor preocupación que la de mantener sus sosiegos.

Unas adversidades tan inevitables como la propia muerte a la que estaban condenados quienes vivían con SIDA en aquella época, y que ACT UP Francia! denunció de la manera más dramática y poética posible tiñendo el rio Siena de un rojo tan fuerte como el de la sangre más oscura para obligar a Mitterrand a actuar y destinar fondos  a la lucha contra la epidemia.

De esta forma el amanecer parisino bañado en sangre que pude observar introdujo una muerte que no por no esperada desde el principio dejo de sorprenderme tanto como la belleza y el cuidado con el que el cadáver fue velado, mostrando hasta el último detalle  la agonía de los muertos del SIDA que hoy en día parece tan lejana pero que, sin embargo, nadie debe olvidar