La chispa de Heath Park
Nacho Díaz, sociólogo.
No siendo una de las personas más en plena forma del mundo el sábado acudí con gran curiosidad a presenciar un espectáculo donde los residentes del Heath Park Estate, un gran y antiguo complejo de viviendas sociales en Dagenham, este de Londres, reivindicaban su identidad, reafirmando su sentido de pertenencia a una comunidad donde generaciones enteras de familias llevan conviviendo durante años y también buscando planes para afrontar el futuro.
El evento en cuestión era la culminación de un proyecto de seis meses de participación y regeneración comunitaria a través de fotografía, música, parkour, drumming y poesía ideada por Marcelo Sánchez-Camus y la compositora vasca y activista social Isa Suarez, quien ha colaborado entre otras organizaciones con Amnistía Internacional, Greenpeace, y National Geographic, en su afán de narrar con música los problemas y los logros de los miembros de las diversas comunidades con las que se ha involucrado.
Sabiendo tan solo que la artista había compuesto las canciones para una parkour performance y no sabiendo nada de este deporte me quedé gratamente sorprendido cuando el actor colombiano Paulo Rivera, después de caminar, dar piruetas, y saltos de arriba a abajo entre barras en llamas, con excelente precisión, junto con sus compañeros de Parkour Generations , se irguió en lo más alto, y con un micrófono invocó algo que, con la puesta de sol del momento, se convirtió en conjuro para desterrar por siempre la oscuridad, cuando la residente local Kim French respondió con un poema desde su silla de ruedas.
Antes de dirigirme a la vieja tienda en desuso especialmente reconvertida en un pop-up arts hub, donde se desarrollaron los ensayos y las actividades del proyecto, tuve la oportunidad de hablar con Paulo, quien volvió a dejarme más claro que el parkour era sobretodo vencer obstáculos.
Recordándome las magulladuras, heridas y moratones de sus primeros intentos saltando una valla ata urbana de acero en medio del verde recordé, de pronto, algo que había oído decir a Isa acerca de la nueva sensación que había descubierto en sus manos tras saltar, lo que supuse, era la misma barrera.
Como ella misma había estado también a los teclados esa tarde pensé que tanto su valentía, como el sufrimiento de Paulo habían dado sus frutos, haciéndonos a todos cómplices de sabernos capaces de solucionar nuestros problemas, pensando en volar con ellos, para al final encontrar soluciones al otro lado de la frontera de nuestras angustias y preocupaciones.
Mirando la cada vez mas tentadora valla conseguí hablar con Yao Gogoly uno de los fundadores de Parkour Generations quien me explicó que todo el mundo puede deshacerse de sus obstáculos a través del parkour, además de asegurarme que durante su tiempo en el estate los abuelos con sus nietos habían estado ayudándose mutuamente.
Algo de esto y mucho más pude comprobar en la exposición fotográfica de Sam French, el hijo de Kim, en el hub. Sam se encargó de retratar las experiencias de sus vecinos con los tambores, sus primeros movimientos de parkour, saltando entre ruedas y piedras y también, como no, los talleres de música y composición de canciones durante lo que duró la residencia artística.
Al final la mezcla de fuego, música y acrobacias del grand finale de Heath Spark sirvió para que todos los presentes nos preparásemos para recibir las inminentes largas noches de otoño después de habernos planteado de alguna forma la relación con nuestros miedos.
En mi caso, siendo una víctima declarada del trastorno afectivo estacional, lo único que me queda por decir es que mientras bebía una limonada con flor de sauco, hecha con limones locales, y embotellada, también, en Dagenham, deseé haber hecho mío uno de los versos que escuché en la performance sin tener miedo, ya, a lo corto de los días:
I want to be your spark
I want to be sharp
I want to be in your heart
Don’t want to be dark