El porvenir de una ilusión
Cuando hace poco menos de quince años decidí dejar la universidad no presencial para enrolarme en una convencional como un mature student todo el mundo en mi trabajo me dijo que estaba loco por abandonar un futuro de provecho por una carrera de hippie trasnochado como les parecía la sociología.
En aquel momento consideré que la mejor formación que pudiese conseguir en el ámbito corporativo nunca iba a llegar a la altura de lo que podría conseguir libremente con mi esfuerzo. A día de hoy sigo sin haberme arrepentido de aquella decisión.
Muy a pesar de esto las noticias desoladoras de este comienzo de año académico y escolar me están haciendo pensar que de la disciplina que mejor ayudó a comprender, forjar, e impulsar los nuevos movimientos sociales de los sesenta y setenta, sobre los cuales se asientan las libertades que disfrutamos en la actualidad va camino de convertirse en objeto de olvido.
Los cierres masivos de departamentos de sociología en las universidades de todo el Reino Unido junto con la polémica decisión de suprimir Suicidio, el pilar fundamental de Durkheim para entender el nacimiento del estudio científico de la “sociedad”, del temario de sociología en el último curso de educación secundaria alegando su carácter mórbido demuestra que aquello que una vez instigó cambio, basado en la crítica, hoy produce el peor de los rechazos, que es la indiferencia, a manos de las hegemónicas fuerzas y poderes conservadores que tanto combatió.
Con datos tan alarmantes como la caída de hasta un 50% de alumnos matriculados con respecto al año pasado en algunos departamentos donde todavía se sigue impartiendo esta materia su futuro parece incierto a pesar de las infinitas posibilidades que otorga The Sociological Imagination de C. Wright Mills en primer año de carrera tras haber sido adquirida.
Esta situación, de alguna forma, se veía inevitable pues ya en el congreso anual de la British Sociological Association (BSA) celebrado en mi universidad el año que me gradué uno de las mayores preocupaciones de los ponentes era como hacer la sociología más interesante y atractiva a los más jóvenes después de publicarse que nuestros estudios habían desaparecido del Top 20 de las preferencias de los pre-universitarios.
Cuando me incorpore a mi primer trabajo después de graduarme tuve que aguantar de mi jefe, que luego se convertiría en uno de mis mejores amigos, continuos chistes absurdos en el más puro estilo inglés sobre el orgullo de mi Bachelor.
Al parecer, como descubrí más tarde, todos estaban relacionados con un anuncio de BT de los 80 en el que una adorable tía animaba entrañablemente a su desesperado sobrino tras haber suspendido todas las asignaturas, salvo cerámica y sociología, aludiendo que una “ología” lo haría un hombre de provecho.
El anuncio intentaba hacer reír con la supuesta falta de rigor académico que la sociología tenía en unos tiempos, precisamente, tan similares a los nuestros donde la inexistencia de la sociedad había sido corroborada por la mismísima Margaret Thatcher.
Sobre esto tengo que decir que, en cierta ocasión, cuando trabajaba en celdas con un joven licenciado americano este me confesó su sueño de abrirse su propia oficina con una placa bien grande ofreciendo sus servicios de sociólogo. Si bien es cierto que nunca vi un despacho semejante también debo decir que me he encontrado con muchos sociólogos en distintos tipos de trabajos y escalafones y que ninguno me mostró jamás motivo alguno de arrepentimiento por la elección de su carrera.
Todo esto vino a demostrarme de forma empírica que todos los que piensan que la sociología solo sirve para dar clase viven engañados.
Por lo que al rigor académico se refiere bastaría con recordar los nombres de distinguidos sociólogos y sociólogas como Saskia Sassen condecoradas con el Príncipe de Asturias y demás premios internacionales de semejante prestigio. La moderna alianza con el estudio de biografías ha aportado, también, un nuevo rumbo a la sociología permitiéndola seguir reinventándose produciendo conocimiento analizando cómo los individuos interpretan sus vidas y les buscan sentido.
Todos estos saberes, que de buenas a primeras, no parecen ser un gran atractivo para empezar a labrarse fortunas o atraer las mejores ofertas de empleo con el tiempo desarrollaran en los bravos estudiantes que ahora empiezan sus cursos, con la que está cayendo, una habilidad especial para romper la involución en la que estamos inmersos a partir del estudio del conflicto, riesgo e incertidumbre que nos rodea para con ello crear un futuro más plural, solidario e inclusivo siempre amparado bajo la reparadora estructura de la innovación social y hacer frente así a la descontrolada maquinaria capitalista.