La cárcel del exilio
Nacho Díaz.
La historia de Alfred por haber tenido unos orígenes trágicos representa para mí todo un ejemplo de lo que un ser humano es capaz de conseguir cuando se propone rehabilitarse comenzando de cero una nueva vida tras haber aprovechado bien el tiempo en prisión deseando no volver a ella. Condenado a cadena perpetua cuando apenas tenía veinte años y tras pasar por varias instituciones psiquiátricas Alfred ha conseguido en menos de una década ser puesto en libertad, encontrar un trabajo, tener pareja, y ser dado de alta en el hospital psiquiátrico además de recobrar su pasaporte para poder viajar al país de donde sus padres eran refugiados políticos.
Cuando hace apenas unos días me llamó para decirme que ya estaba de vuelta después de unas largas vacaciones en la tierra de sus progenitores recordé el día en que tomando un café me dijo que jamás había escuchado la historia de ningún compatriota suyo con final feliz en el Reino Unido, aludiendo que todos habían llevado vidas tan miserables como la cruel dictadura que forzó sus exilios.
Todo esto sucedió en las semanas previas a las últimas juntas de evaluación que determinarían o no su libertad definitiva y las cuales le hacían presagiar la misma mala suerte que había presenciado desde niño a su alrededor. Intentando hacerle ver que los tiempos habían cambiado y que él era demasiado joven para estar contagiado del pesimismo del que muchos de sus mayores le habían hecho participe cuando me llamó para decirme que ya era un hombre libre no pude, por más quise, contener una carcajada y advertirle que a partir de ahora debería dejar de ser una drama queen y adaptarse a unos tiempos y a una sociedad que habían reconocido su esfuerzo por salir adelante pese a todas las adversidades.
Fueron precisamente estos tiempos de crisis tan duros como los que estamos atravesamos en los que Alfred nunca tuvo ningún problema para trabajar largas horas entre semana como mecánico y después los fines de semana ayudando en el negocio familiar levantándose a las cuatro de la mañana y no volviendo a casa hasta bien entrada la tarde-noche.
La inmensa tranquilidad y sosiego que empezó a transmitirme desde el momento en el que lo conocí lo convirtió, de alguna manera, en una persona a quien confiar mis miedos y mis temores muy a pesar de que nuestra relación solo se basaba en relaciones esporádicas para contarnos nuestros progresos y darnos apoyos mutuamente cada vez que alguno de los dos conseguíamos algo de lo que sentirnos orgullosos con el único vinculo en común de sentirnos extranjeros.
Alfred con su llamada aprovechó para decirme que se había mudado a un piso nuevo y quería invitarme también a cenar para contarme como había encontrado un país al que yo tanto admiro como es el de sus padres. Siendo fiel a su tradición de agonías lo primero que me advirtió es que se había quedado muy sorprendido por la pobreza y que esta le había hecho desistir de la idea de mudarse allí de forma definitiva.
Conociendo a mucha gente de la generación de sus padres que intentaron volver sin encontrar su sitio después de más de cuarenta años de exilio u otros que todavía viven a caballo entre los recuerdos rotos del ayer y sus nuevas vidas en Londres, labradas entre el racismo y la intolerancia de los 80 culpable, entre otras muchas cosas, de que mucha gente como Alfred fuera privada de una vida justa y digna desde su infancia me ha hecho pensar que el odio que se propaga contra los modernos refugiados políticos tendrá las mismas consecuencias nefastas para la salud mental de algunos jóvenes obligándoles a crecer entre el mismo rechazo y la misma exclusión social que acabaron por marginalizar a mi rehabilitado amigo.