Cuerpos insanos

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Nacho-Díaz-200x150Nacho Díaz.

 

 

Perteneciendo a un grupo de comprometidos y dedicados escritores como pertenezco, donde algunos de sus miembros se dejan crecer todos los años la perilla al estilo Shakespeare para celebrar el día de su nacimiento y ofrecer de esta forma un aspecto más realista en las diversas conmemoraciones en las cuales toman parte , el sábado pasado no pude dejar de acudir a la manifestación para impedir el cierre de cinco de las diez bibliotecas  en el distrito de Lambeth, en el sur de Londres, a pesar del millón y medio de visitantes recibidos el año pasado.

Debido al carácter multicultural de esta zona la primera consecuencia seria que presentan estos cierres, por lo que a mí me toca, no es otra más que la de no poder acceder a la excelente colección de títulos en español  disponible en todas las partes donde abundan las comunidades de habla hispana y también portuguesa.

Por lo que pude escuchar en boca de muchos de los casi mil manifestantes el inminente cierre de sus bibliotecas locales supondría nada más y nada menos que verse privados de unos espacios donde sus hijos acuden a los clubes de después del colegio, de sus centros de información sobre prestaciones sociales y cualquier otra información gubernamental, las surgeries semanales con sus diputados y concejales además de espacios gratuitos para acceder a Internet ya que muchas familias no poseen ordenadores en sus casas.

Si bien privar y aislar a los residentes locales del derecho a la cultura y a la información para estar al día de todo lo que atañe a sus vidas parece una mezquindad, lo más vergonzoso del caso es que tres de las cinco bibliotecas van a pasar a manos privadas para ser reconvertidas en gimnasios de lujo a los que muchos usuarios y lectores no podrán tener acceso por no poder pagarse las cuotas en el caso de querer hacerlo.

Mientras marchaba con una amiga a punto de convertirse en bisabuela, siempre orgullosa de definirse como una miembro de la working class y ser la única en su familia con un título universitario me recordaba cómo sin la ayuda de las viejas bibliotecas jamás hubiese conseguido estudiar literatura inglesa ya que en su casa, como en la de otros niños de su generación, no había dinero para libros.

Mi amiga con el tiempo llegó a ser directora de una secondary shool y durante su vida profesional, según me dijo, se cansó de ver las mismas privaciones que ella había sufrido cuando era alumna entre la mayor parte de sus estudiantes.

Hasta donde yo sé y puedo observar este podría seguir siendo el caso de muchos jóvenes blancos y de diversas minorías étnicas que todas las tardes, fines de semana y vacaciones colapsan las bibliotecas, bien para coger libros en las lenguas maternas de sus padres, o bien para hacer los deberes. Por otra parte los cursos de inglés para extranjeros que se imparten en algunos de estos locales o las ayudas para encontrar trabajo a los recién emigrados también constituyen un aspecto vital de la vida comunitaria que ahora, la nueva moda del mens sana in corpore sano quiere erradicar sustituyendo el valor de la cultura universal de la república de las letras por el  postureo de los musculitos de gimnasios de diseño.

En algunos casos las respuestas dadas por las autoridades a las asociaciones en defensa de las bibliotecas ha sido la casi vejatoria respuesta de que si quieren mantenerlas abiertas sus usuarios deberían hacerse cargo de los costes de mantenimiento. Esto de otra forma viene a significar que él quiera acceso básico a la cultura y a la sociedad de la información  debe empezar a pagárselo.

Lo paradójico de esta solución, sin embargo, es que algunas de las bibliotecas en peligro fueron regaladas en el siglo XIX por el filántropo Henry Tate para que los habitantes de Lambeth pudieran leer.

De alguna forma, pienso, este benefactor enriquecido gracias a la esclavitud en los campos de azúcar se quedaría atónito si descubriese que su legado cerca esta de convertirse en templos de sudores y esfuerzos físicos donde las clases dirigentes castigan sus cuerpos con la misma intensidad con la que los capataces imponían el látigo en las plantaciones sin más razón que la de estar en forma para servir al dios capital. La diferencia, no obstante, es que esta vez no habrá cultura que los salve.