Mohamed, el críquet y el anciano

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Nacho Díaz.                             

 

A los pocos días de producirse el atentado de París conocí por casualidad a un musulmán de mi edad con el que tardé un rato en comenzar a hablar debido a que estaba ocupado. En todo momento fui educado pero como estaba en un apuro quizás no hice gala de mis mejores modales. Cuando por fin acabé lo que me urgía le invite a un té y lo primero que me preguntó fue que pensaba de la masacre.

Todavía recuperándome del susto de saber que dos personas muy queridas mías se encontraban en la capital francesa ese mismo fin de semana lo cierto es que no supe exactamente que responder ya que el shock con el que me desperté el sábado pudo, tranquilamente, haberme llevado al psiquiátrico.

Dándome cuenta de la cara con la que Mohamed me estaba mirando decidí explicarle lo que me había sucedido y entonces él me respondió que además de haber sido horrible también temía por su propia integridad física ya que en su trabajo de atención al público había recibido numerosas vejaciones xenófobas con anterioridad.

A pesar de que este tipo de trato venía siendo habitual cada vez que ocurría una locura como esta, Mohamed me contó que esta vez todo parecía distinto y que un miedo diferente se había apoderado de él. Una de las razones que me dio no pudo tener un carácter más perverso y maquiavélico que algo que había aparecido en su muro de facebook.

Al parecer un video  cuyo comentario leía “Muslims around the world celebrate the Islamic victory in Paris” (Musulmanes alrededor del mundo celebran la victoria islámica en París) se hizo viral y, en apenas dos horas, consiguió casi medio millón de visitas.

El video que en realidad había sido grabado en una estación de metro del sur de Londres en 2009 no tenía nada que ver con los atentados sino con la alegría de un nutrido grupo de pakistaníes celebrando la victoria de su país en un importante partido de cricket, deporte que dicen quienes lo practican y su afición destaca por su ejemplar caballerosidad y nobleza.

Enorgulleciéndome de tener muy buenos amigos musulmanes de todos los tipos, desde los que escaparon de sus países por razones de su orientación sexual hasta otros ingleses que por amor a sus mujeres decidieron convertirse al Islam para poder casarse con ellas, debo confesar que en cierta ocasión sentí asco cuando vi como un autentico animal trataba a una persona mayor musulmana caminando con bastón.     

Esto sucedió a las pocas semanas después de los atentados en el metro mientras esperaba el autobús y el protagonista de la historia intentó ponerse primero en la cola. De pronto, entre los que esperábamos retumbó un alarido salido de la boca de un medio cabeza rapada llamando sucio pedazo de mierda y terrorista al señor con bastón.

No contento con eso cuando la persona mayor se dispuso a sentarse en el lugar reservado a las personas “less able to stand” (aquellas con problemas para mantenerse en pie) el atacante volvió a gritar que “esa escoria musulmana no contenta con robar vidas, también nos quiere robar nuestros asientos”.

Este último comentario resultó ser demasiado para el anciano y comenzó a llorar mientras se veía forzado a escuchar “deja tu sitio y vuélvete a tu país jodido bastardo”.

La escena, más propia de una de las novelas de Isherwood sobre Berlín que de toda una capital que abraza y valora la diversidad como Londres, podría verse repetida en otras muchas partes del mundo occidental si se tienen en cuenta las opiniones vertidas por políticos, como el líder del PP catalán, invitando al odio y a la exclusión social de gente inocente que nada tiene que ver con fanatismos religiosos y solo quieren vivir sus vidas siguiendo sus tradiciones como los practicantes de la mayor parte de las fes que deploran la violencia.

Por este motivo declaraciones como las de García Albiol de alguna manera perpetúan los miedos y los ataques a los “otros” presentándolos como salvajes sin tener en cuenta, por ejemplo, a los que sufren y no pueden mantenerse en pie, a los que disfrutan con el deporte y la competición o, también, a los que se ganan honradamente la vida para sacar adelante a sus familias repudiando de igual forma el horror que unos fanáticos nos hicieron vivir a todos malinterpretando y manipulando los deseos de su dios.