Sobre la pena de muerte

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Nacho Díaz.                 

 

La organización Penal Reform International acaba de publicar hace unos días su informe La Pena de Muerte: Mitos y Realidades en el que siguiendo sus principios fundacionales de abogar por una justicia penal basada en la rehabilitación y no en la venganza desmonta de forma interactiva las presunciones más compartidas entre todos aquellos que creen  y defienden el ojo por ojo de la pena capital.

Argumentando que en la mayoría de los casos nadie puede estar seguro al cien por cien que el reo sea el auténtico culpable ya que las pruebas como el DNA pueden estar contaminadas o incluso manipuladas según el grado de corrupción del gobierno de turno, los autores vienen a demostrar que las ejecuciones lejos de reducir los crímenes tan solo aumentan en mayor grado el circulo de la violencia por el daño físico, en forma de tortura que se aplica en numerosos corredores de la muerte, y también por las repercusiones en la salud mental de los condenados o el sufrimiento que el encierro conlleva a sus seres queridos.

Recordando precisamente que los abusos físicos y la pobre salud mental que conlleva el encierro los autores también sostienen que en muchas ocasiones los condenados acabaron convirtiéndose en agresores por haber sido víctimas primero. Como tal, y recordando el valor fundamental de los derechos humanos que no es otro más que el de proteger la vida, el informe también señala que la Corte Penal Internacional, órgano encargado de juzgar los crímenes más cruentos contra la humanidad como el genocidio, no contempla la pena de muerte como castigo.

Esto a mi entender y coincidiendo con la afirmación del informe demuestra que nadie puede decidir quién merece morir  y el que se vea capaz de hacerlo deberá responder ante la justicia y expiar su pena hasta que sea rehabilitado. Sobre esto también conviene decir que aunque varios expertos de la ONU  han manifestado que solo el asesinato es el más serio  todos  los crímenes numerosos países todavía siguen ejecutando a los apostatas, a los adúlteros y adulteras, a los homosexuales, a los consumidores y traficantes de drogas, a los practicantes de lo oculto y la brujería, a los soldados que se rinden y por supuesto a los que desertan.

Ni que decir tiene que la mayoría de estas ofensas constituyen un delito tan grave como para morir por ello pues en muchos de estos casos el crimen en si consiste en una manera conservar la vida o simplemente de vivirla  de forma innata a las personas. Por el contrario lo que si sucede, es que muchas veces los gobiernos deciden aplicar la pena de muerte para demostrar que “se está haciendo algo” y así acallar el pánico moral sabiamente inducido como sucede en el caso de los pequeños consumidores y traficantes de drogas en la mayoría de los países asiáticos o la blasfemia representada en forma de igualdad de género y orientación sexual

Refiriéndose al tan tristemente tema de actualidad de los terroristas el informe también sostiene que la pena de muerte para ellos solo acarreará el encumbrarlos en mártires en su delirio para culto de otros fanáticos. Esta reflexión, a mi entender, también parece la más acertada  pues después de ser invitado por alguien que hoy en día participa en el proceso de paz de Colombia, a conocer, dar la mano, y atender a una conferencia, de uno de los miembros de   Los 3 de Angola comprendí que pasar más de treinta años en una celda de aislamiento de 1,80 de largo por 2,80 de ancho  por un crimen que ninguno de los tres habían cometido en una prisión de Luisiana, esperando justicia y recibiendo todo tipo de apoyos, tanto nacionales como internacionales, a través de sus abogados no podría ser lo mismo que cumplir una larga condena sin esperanza sabiéndose un apestado que el mundo nunca podrá olvidar como es el caso de cualquier tipo de fundamentalista condenado a vivir con su delirio como única compañía.

Por otra parte como el informe concluye los niños, especialmente, reaccionan de una manera traumática ante la ejecución de sus padres sin que ello implique que estos hubieran sido malos para ellos. El ejemplo más claro, quizás, sea el de las madres muleras que se ven forzadas a cruzar las fronteras bajo amenaza de no volver a verlos si se negasen.

A pesar de que me he dejado algunos de los trece mitos que el informe destruye en el tintero todos vienen a demostrar que el gran público puede ser intencionadamente mal informado cuando conviene para cortar por lo sano realidades de las que no interesa hablar como son la pobreza y la miseria de muchas sociedades o simplemente para mantener la tiranía de vivir bajo amenaza sobre la que se sostienen los regímenes dictatoriales.