Doce días
Nacho Díaz.
Después de haber celebrado mi primera Nochevieja en siglos y romper mi voluntaria abstinencia con un vino siciliano y otro Godello, una recién conocida me dijo que según las tradiciones precolombinas todo lo distinto que se hiciera durante los primeros doce días del año supondría nuevas normas y ruptura con las pasadas.
Asegurándole que beber no entraba en mis planes, pensé entonces que la razón por la cual, también, había brindado con champán no era otra más que la de solidarizarme con el resto de la fiesta, invocando a la resistencia y la valentía frente a las adversidades y celebrando todas y cada una de las alegrías que ni el referéndum catalán, ni el resultado de las elecciones, ni los recortes, ni el mensaje de Año Nuevo del Primer Ministro, ni cualquier otra cosa por el estilo nos pudiese quitar y que, al fin y al cabo, solo tenían que ver con la dignidad de sentirse a gusto con nosotros mismos, librándonos así del miedo y liberándonos de igual forma de la incertidumbre.
Como esta conversación se produjo el día después de que a los vinos les acompañase un marmitako muy especial y, en ambas ocasiones, me vi rodeado de artistas, músicos y poetas de buen nombre no tardé en darme cuenta lo poquito que había leído de mi mejor regalo de navidad, Jaime Gil de Biedma Diarios 1956-1985, me estaba ayudando a comprender mejor la tragedia de la fé que bendijo el imperio español al entremezclarse con alguna que otra morriña sudamericana inspiradas por la idea de “que más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por las que paseara el hombre libre”.
Así, mientras las cuerdas de una guitarra española se rendían a las manos de un inglés, quien me hablaba, mostrándome sus innegable talento, lo hacía para indicarme la dificultad de traducir poesía y lo bello y creativo de su trabajo al alcanzar los límites de la poesía interpretativa, nacida a partir de infinitas culturas que junto su marido, el guitarrista, convertían en aclamadas performances fragantes de visual art y composiciones de sonido en diversas partes del mundo.
Esta conversación, como el regalo del libro, no pudo llegar en mejor momento cuando a punto de celebrarse el mes que viene un recital de poesía LGTB en Southwark, algunos de los miembros de Paradise Press, entre los cuales me incluyo, iremos a recitar poemas propios y ajenos.
Al igual que pasa todos los años por no haber escrito más que cuatro poemas en toda mi vida y ser el español del grupo algunos poetas me dicen que les sorprenda con algo de casa y que me esfuerce para que sea bilingüe. El primer año con una edición de Cernuda no tuve problemas, el pasado me lo pusieron más difícil al darme un poema llamado Love Song sin decirme que formaba parte de Contemporary Galician Poets y firmado por María do Cebreiro pero, por desgracia, sin su versión original en gallego.
Este año después de haber mandado en un tiempo récord las pocas poesías que encontré en español y en inglés de Gil de Biedma, buscando consejo para el recital, he decidido abandonar las traducciones oficiales y hacerlas por mi cuenta leyendo cada día un poema distinto hasta el 12 de Enero.
A partir de ahí empezaré a decidir como quiero vivir la poesía, bien solo para momentos, a ratos y por compromisos, o como una salvación contra el miedo y la incertidumbre de mi depresión pudiendo llegar, incluso, a ofrecer mi primera poetic performance si logro encontrar un poema con el que me sienta seguro en el recital.
De esta forma, a mitad de mi resolución de Año Nuevo, espero seguir manteniendo esta disciplina para que me permita compaginar mi deseo de seguir escribiendo y descubriendo nuevos estilos capaces de hacerme olvidar la, a veces, agonía del día a día y hacer frente a las angustias que muchas veces, sin razón, se me plantan en el camino y que la fuerza poética siempre acaba ayudándome a cortar de raíz.