Mujeres: la gran vuelta atrás

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Imaginad: Alemania 1940, la invasión de Polonia ha salido rana y los polacos consiguen pararla en la frontera. Mientras, Inglaterra declara la guerra en ayuda de Polonia, liquida la flota alemana en dos meses, consigue contener a la aviación nazi y desembarca en el Norte de Alemania mientras los polacos la invaden por el Este… y dan comienzo 4 años de guerra durante los que Alemania va siendo conquistada poco a poco, pueblo a pueblo.

Y mientras, en Francia… una Francia democrática que no ha llegado a declarar la guerra, la opinión pública se limita a contemplar en paz los acontecimientos. Unos acontecimientos que castigan al pueblo alemán, nazi convencido en su inmensísima mayoría (Hitler goza de un apoyo del 90% de la población) y plenamente identificado con las ideas, los métodos y la ética nazis. La guerra se prolonga y se queman los cultivos, las carreteras y las fábricas son bombardeadas y las ciudades incendiadas… llega el hambre, la escasez y la pobreza. Ante la situación, muchos alemanes, familias enteras, se ven obligados a desplazarse y refugiarse de los desastres de la guerra en Francia. Y cruzan la frontera en masa.

En un año entran en Francia un millón de alemanes de la Alemania nazi a instalarse, a quedarse, a vivir. Y se extienden por las diversas capitales del país. Una Francia democrática, pacífica, con sus partidos y votantes (la mitad de izquierdas), sus sindicatos obreros, sus minorías religiosas, sus minorías étnicas (judíos incluidos) y toda la diversidad sociopolítica esperable en una democracia consolidada.

Bien. Pues, ¿no sería razonable que muchos franceses viesen con prevención, con temor incluso, la entrada incontrolada de todos esos “refugiados” alemanes? ¿no sería normal pensar que, si en la población alemana hay un 90% de nazis convencidos, entre los refugiados haya otro porcentaje similar? ¿no sería sensato pedir un control de algún tipo sobre quién entra, cómo entra, por qué entra y si debe entrar o no? ¿no sería prudente tener indizados y fichados a todos y cada uno de los “refugiados”? ¿sería muy absurdo pedir un seguimiento de los mismos en cuanto a su integración y obligarles a asistir a cursos de formación en los valores, leyes, costumbres y cultura de la Francia democrática? ¿sería ridículo tener prevista la devolución inmediata a Alemania de todo “refugiado” que quebrantase cualquier ley de la República Francesa o manifestase siquiera su intención de hacerlo? Y si se organizan para fundar clubs o asociaciones de ideología nazi, ¿sería una locura prohibirlas, desmantelarlas y expulsar a sus promotores? ¿Es de burdos radicales pedir la aplicación estricta de todas las leyes democráticas de la República Francesa con la población refugiada?

Yo creo que no.

Da igual que sean Alemanes o angoleños, que sean cristianos, ateos o budistas, que sean pobres o ricos. Esto no es una cuestión de racismo. Ni de xenofobia. Tampoco clasista. El choque que se le viene a Francia es ideológico, de valores. Son nazis: consideran la violencia política algo válido, interpretan que todos los que no sean de raza aria son infrahumanos, piensan que sólo debería existir un partido político y que todos los comunistas deberían ser encarcelados.

Es normal que los franceses les tengan miedo. Es normal que a los franceses no les guste la idea de compartir su país con ellos. Es normal que exijan a su gobierno que proteja a los ciudadanos franceses y que cuide que los valores de la República Francesa se salvaguarden y defiendan tajantemente contra esos vándalos. Y lo lógico sería que el gobierno francés pusiera sus mayores esfuerzos en acotar la entrada de nazis, en controlarlos en campos de refugiados y siempre pensando en enviarlos de vuelta a Alemania en cuanto la situación bélica lo permitiera.

Bueno, pues estamos en 2016 y en la UE no se ve lógico nada de todo eso.

Y es un problema de cultura y de valores. De ética. De humanismo. De moral. De civismo y civilización. De amor por unas libertades y un progreso que son la luz de la más avanzada civilización que ha visto el planeta tierra.

Ya sé que los “refugiados” sirios no son equivalentes a los nazis. Y qué. Tampoco son demócratas europeos. En su inmensa mayoría son musulmanes practicantes y vienen de un país dictatorial en el que se están enfrentando malos contra peores, pero todos con una cultura en la que la religión tiene una presencia preponderante y que invade todos los aspectos de la vida pública y privada. Y, a resultas de ello, la mitad de su población (las mujeres) tienen menos derechos de los que tenía un esclavo en tiempos del imperio romano.

Esa es su cultura. Esos son sus valores. Todo eso es lo que llevan consigo.

Y se les ha recibido al grito de “Wellcome Refugees”. Las mujeres europeas (ya sé que también los hombres, incluso hombres con hijas, pero hoy me apetece poner el foco sólo en ellas) han recibido con pancartas de bienvenida a un millón de machistas extremos. Hombres machistas y mujeres igual de machistas. Familias enteras de un machismo apabullante. A un millón. Más todos los que se habían instalado ya en las últimas décadas. Más los que siguen viniendo. Más los que vendrán. Más los que ellos criarán y educarán. Porque lo harán aquí, contigo, con tus hijos, con tus hijas. Aquí.

Y la cultura y los valores enraizados en la familia y la religión son lo más difícil de cambiar en una sociedad… el feminismo lo sabe muy bien ¿no?

Empiezo a creer que los 100 años (o 1.000, qué más da) que les costó a las mujeres europeas sacudirse el machismo de los hombres (y mujeres) de Occidente, les parecen pocos. Y que los levísimos rastros de ese machismo que pueden percibirse en algunos comportamientos de la sociedad occidental aún hoy en día, les saben a poco. Porque parecen dispuestas a volver a empezar de cero.

Pues chicas, haced lo que os dé la gana. Yo no soy mujer, sólo soy un hombre occidental muy bien aleccionado para que ni se me ocurra sugerir a las orgullosas mujeres libres europeas qué sería lógico que pensaran o hicieran. Pero, eso sí, aún tengo derecho a no entenderos. Vosotras mismas.