Surrealismo o muerte
Nacho Díaz.
Con mis mejores galas me cubrí el viernes pasado para celebrar la muerte de un grupo de acción surrealista del que fui miembro activo por algunos años y el nacimiento de otro nuevo que me despertó de mi letargo. Los regalos y felicitaciones llegados de muchas partes del mundo me demostraron no solo que el surrealismo nunca dejará de existir sino que, además, hay vida más allá de La Inmaculada Concepción de Breton.
A pesar de ser el único libro que confieso haber leído del autor esto nunca me impidió dejar volar la imaginación en viejos polígonos industriales descubriendo pulpos eléctricos, flotando por el suelo, o encontrar al hombre lobo en una fría noche de invierno, con luna llena, en plena Adelphi Terrace, o también, bailar bajo el puente de Waterloo celebrando la vida eterna de Lautréamont en su cumpleaños.
Por si esto no fuera poco entre esos muchos regalos, incluidos una percha y un trozo de estante para colgar en otra dimensión los recuerdos del pasado y, también, un bosque había un viejo cadáver exquisito que escribimos tras un aniversario de Alfred Jarry, traducido y publicado por una revista griega hace ya unos cuantos años.
Cuando me invitaron a tomar parte en mi primer juego surrealista no pude imaginar que sentarnos alrededor de una mesa con tés, cafés y scones con crema, escribiendo lo primero que se nos pasara por la cabeza sobre una hoja de papel, plegándola antes de pasarla a nuestros compañeros, para al final descubrir lo que habíamos generado pudiese ser algo tan gratificante.
Al poco tiempo descubrí más juegos capaces de crear semanas internacionales o colaboraciones con otros grupos como los de Atenas, Estocolmo o Leeds cuyos representantes acudieron a desear lo mejor en la transformación del difunto y recién resucitado grupo londinense.
Durante mi vida de aprendiz de surrealista también tuve la oportunidad de seguir algunos grupos españoles leyendo con gran entusiasmo un libro sobre un pueblo abandonado a orillas de un pantano y conocer al grupo de Rio de la Plata y el de Chicago a través de alguna de sus creaciones.
Mi primer recuerdo sobre eso fuese tal vez el fruto de unos juegos llevados a cabo cabo recordando Las Malvinas donde alguien escribió un algo que recordaré toda mi vida sobre la muerte de un soldado.
Además, nuestro proyecto de exploración de lo que antes era una zona que a pocos interesaba y hoy se ha convertido en el parque olímpico de Londres, llevado a cabo bajo las lluvias, nos permitió también jugar con, lo que yo creo, comenzaba a ilustrar la distopía de una forma de vida desaparecida ya en esa parte de East London en nombre del progreso especulativo.
Este proyecto psicogeográfico fue uno de los juegos que jugué varias veces para reivindicar la “surrealisación” de la ciudad dejando atrás los halos de falso romanticismo y pseudopoéticos que critica A Manifesto for Surrealist London, combatiendo las imágenes mercantilizadas del tipo Secret London y enardeciendo la ciudad como un sujeto activo “para conjugar como uno conjuga una egrégora (alma colectiva) y explorada como uno podría explorar a un amante”, olvidándose de los lugares físicos y prestando tan solo atención a “los deseos, miedos y amores, sus premonitorios horrores y esperanzas revolucionarias” que detonan su carácter surrealista.
Jugando de este modo un día durante una Semana Internacional muchos de nosotros reinventamos Embankment Gardens, olvidándonos de la presencia de la estatua del poeta escocés Robert Burns, perdiéndonos bajo un pequeño estanque para aflorar al sol del recién llegado verano y fundirnos con la madre naturaleza al margen de cualquier ajeno ruido o distracción. Siguiendo con este espíritu también celebramos las largas noches de invierno en Beckton Alps.
Son, pues, todos estos motivos los que me llevan a convertirme en un agente provocador por un día recordando que el surrealismo NO se explica, tan solo se vive y se hace.