En el dique seco

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Sin poder salir de mi estupor, en el día del cumpleaños de Aznar y el mío propio, contemplo el pacto entre el PSOE y Ciudadanos dándome cuenta que, tanto con una investidura favorable como sin ella, Pedro Sánchez ha sabido cumplir con su papel de líder socialista aunque solo el tiempo podrá juzgar el legado de lo que algunos ya llaman traición y otros califican como progreso y reforma.

Habiendo sido un “felipista” desde niño siempre crecí imaginándome que algún día  sería progresista. La euforia tardó en pasarme hasta que una vez,  hace no sé cuantos congresos, comprendí que mi ídolo, con pies de barro, era en realidad un padre de la vieja estirpe perpetuando su dinastía.

Hablando con un grupo de amigos españoles más jóvenes que yo,  residentes en distintos países europeos, el fin de semana pasado, además, comprendí que para muchos miembros de esa generación el mensaje de cambio que una vez me había cautivado para ellos no era más que un mero esbozo cruel de sus ilusiones rotas sin que ello pudiese ser achacado a la ingenuidad de la juventud.

Brillando como brillaba la demagogia de Podemos por su ausencia, la conversación me hizo ver que los viejos sueños de la izquierda nunca podrían hacerse realidad de la mano de un partido socialista cuyo futuro estaba hipotecado por el legado de tantas promesas rotas, que fueron alejando a sus votantes de sus proyectos, por razones tan diversas como las de miles de españoles que vivimos fuera de nuestro país, bien porque ese hubiese sido nuestro deseo, o bien porque nos hubiésemos visto forzados a ello.

Las noticias del triste acuerdo entre Sánchez y Rivera o, lo que es lo mismo, entre dos políticos neoliberales, maquillado el primero de solidario, y teñido  el segundo con canas de gran estadista preocupado por el progreso económico y financiero solo pueden  dar lugar a la enésima reinvención de la socialdemocracia para desgracia de todos aquellos que fueron, no solo abandonados, sino también excluidos de la gran orgía de la economía de mercado.

Al margen de que pueda seguir creyendo en la innegable habilidad del PSOE para  impulsar las libertades que siempre le han honrado, el mayor problema que encuentro para estar en desacuerdo con este pacto es que Ciudadanos impondrá un elevado precio a la conquista del nuevo progreso social basado, precisamente, en la libre competencia para adquirir identidades personales supeditándolas a la ontología del capitalismo decadente, originario del “sé lo que quieras ser mientras puedas pagártelo”, una vez superada la ideología conservadora y moribunda del PP.

Entendiendo, por tanto, que la fuerza de choque y cambio social ha nacido privatizada solo me queda pensar que el  nuevo gobierno de ser elegido traerá consigo el renacer de una clase media, malograda hasta ahora, aumentando cada vez la brecha entre los que, por ejemplo, se niegan a pensar que el destino último de todo trabajador es jurar lealtad eterna a la corporación que le emplea o unir sus sueños y ansias de riqueza a ella, y los que creen que involucrarse con las necesidades del prójimo forma parte de su vida.

Es esta idea de querer poner a la venta el progreso disfrazándolo de oportunidades solidarias, empaquetadas como bienes consumibles, lo que me hace temer una legislatura donde la desigualdad solo se combata con políticas agresivas de marketing dirigidas a erradicar el descontento y la frustración con la misma verborrea mostrada, en palabras de mis amigos, por un Felipe González que ya no es ni la sombra de lo que fue, un Albert Rivera adicto a los manuales para comerciales, y todo un hipotético equipo de gobierno asiduo a las coaching sessions para recrear los inducidos efectos de su prometida salida de la crisis.       

Ante todas estas perspectivas y sintiéndome un poco molesto porque el PSOE haya fracasado en llegar a un acuerdo con sus aliados naturales de izquierdas solo me queda decir que entre la traición, la reforma y el progreso solo existen océanos de descontento y mares de muchas dudas sin que la inmensa mayoría de desencantados puedan navegar entre ellos.