La familia no tan bien, gracias

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nacho diaz

Debe haber algo maldito en el carácter patriarcal del capitalismo sin escrúpulos que pervierte a sus vástagos hasta hacerlos esclavos del delito, sacrificando con sus propias existencias la defensa a ultranza del pater familias y su modo de vida. Los Conde Arroyo, los Soria López, los Pujol Sarasola, los Rato Figaredo, o los Ruiz Mateos, entre muchos otros que me dejo en el tintero, son solo unos ejemplos de aquella sociedad de antaño que educaban a sus hijos para lavar los trapos sucios en casa, manteniendo la imagen feliz y prospera en el exterior aunque los cabezas pensantes estuviesen con el agua al cuello y a punto de ahogarse en sus mares de mentiras.

Tal vez porque alguien me explicó en mis primeros días de carrera que, en realidad, la familia era la unidad básica de reproducción del capitalismo hoy pueda afirmar a la vista de todos los escándalos que sacuden España con familias ilustres acusadas, detenidas e imputadas, que la naturaleza del patriarca es igual a la naturaleza del dios que acaba devorando a sus hijos cuando su propio mundo en extinción deja de proporciónale motivos de soberbia, vanidades, y riquezas después de desterrarlos a todos del paraíso labrado por el pecado arrogante de la supremacía de su sangre y espíritu.

Quien en estas palabras, por error, lea una crítica a la familia y no entienda que ningún hombre debe hacerse fuerte ni con el fruto de su semilla, ni con su trabajo al margen de las normas de la sociedad correrá el riesgo de hacerse tirano, destrozando a su estirpe, después de negarle el don más humano que no es otra más que el de la libertad.

En ningún lugar que haya vivido o a ninguna gente que haya conocido jamás se pidió dar cuentas ni de las faltas, ni los pecados, ni las glorias de los padres a no ser que hubieran sido convenientemente educados para ello, repercutiéndoles un beneficio o un detrimento que decretaban sus altos o bajos capitales sociales y culturales, al tiempo que los situaba en clara ventaja o desventaja con sus iguales, dependiendo de sus mejores o peores modales.

Esta lección, que me fue explicada muchas veces a lo largo de mi vida, me acabó de quedar del todo clara, aunque parezca raro en mi, gracias a un más que honrado, autentico  y afortunado banquero de Wall Street, después de decirme que los hijos nunca deberían ser juzgados por los crímenes ni los éxitos de los padres ya que todo el mundo tenía el derecho natural a labrarse un porvenir por sí mismo y sin equipaje.

Entendiendo como entendí, por venir de la boca de quien venía, que esa idea reflejaba el principio fundamental del liberalismo hecho palabra, no puedo dejar de pensar ahora que nuestros escándalos de capitalismo cañí no son más que el legado de muchas generaciones que todavía viven amparadas bajo la nostálgica protección de “Dios, Patria y Familia”, recreando en sus micro-estructuras a pequeños caudillos cegados por la codicia y la prepotencia de creerse creadores de un mundo que solo a ellos pertenece.

Por ese motivo, cuando la autoridad y la coacción sentimental paterna acaban imponiéndose entre otras cosas a la ley, la formación académica y la cultura de sus hijos para arrastrarlos al delito,  y el mal hacer la rigidez de los dogmas de respeto, honor, obediencia y lealtad a la corrupta figura terminan, también, por forjar los grilletes del legado de sus alcurnias encadenándolas a la desdicha del destierro de los múltiples jardines de delicias, situados a la orilla de las frías aguas de las Islas del Canal, las cálidas de Panamá o las pistas de esquí de Andorra o Suiza.

Si por el contrario los hijos son los que ansiaron complicidad para mantener y extender las fronteras de sus edenes  ilegítimos, cegados por la impunidad con la que se vieron rodeados desde que nacieron, como parece ser el caso de todos aquellos que andaban con el trasiego de los bolsas y maletines cargados de dinero, entonces sobre ellos debería caer algo más que el castigo que se le da a los niños tontos y de papá  sabiendo que estos no estarán ya para protegerlos.