Un auténtico londinense

A pesar de las encuestas, que otorgaban una semana antes de las elecciones al recién elegido alcalde laborista de Londres, Sadiq Khan, una clara ventaja de más de ocho puntos sobre su rival conservador, el día de la votación se propagó entre sus simpatizantes una especie de desasosiego debido a un fallo masivo en las listas del censo electoral que impidió votar a muchos londinenses. Entre todas estas personas que fueron privadas de esta oportunidad la más destacada quizás fuera el Chief Rabbi, o Jefe de los Rabinos en el Reino Unido.
Según me contaba la voluntaria laborista que llamó a mi puerta, a eso de las 7:30 de la tarde, en su rueda de consulta a los vecinos para saber si habíamos hecho nuestros deberes, la baja participación solo podría perjudicar las opciones del candidato de su partido, como había ocurrido en las últimas elecciones cuando el voto por correo acabó dando la victoria a Boris Johnson.
Por suerte eso no sucedió y hoy en Londres tenemos un alcalde comprometido a congelar las estratosféricas subidas del transporte público, a terminar con la agobiante crisis de la vivienda y, también, en palabras de las candidatas del Green Party y el Women’s Equality Party un hombre dedicado a conseguir la igualdad de las mujeres en materia de retribución salarial además de en cualquier otro aspecto social, legal y político.
A estas promesas electorales, que sin ningún tipo de duda se convertirán en realidades debido a la gran esperanza que Khan ha despertado frente a los que le acusaban de sembrar el miedo del extremismo islámico, conviene también añadir los compromisos por él demostrados con su apoyo al matrimonio homosexual, su defensa del aborto, y su afirmación de que no le importaría adoptar a niños refugiados siempre y cuando estos pudiesen convivir con sus hijas adolescentes.
También a todos aquellos ignorantes de la realidad multicultural y tolerante de Londres, donde no hay lugar para el racismo ni la xenofobia, y que solo vean a Sadiq como un alcalde musulmán habría que recordarles que su victoria no es un mero triunfo de la política de la personalidad acentuada por la particularidad de su religión, sino más bien un claro exponente de la cultura de oportunidades que siembra esta ciudad permitiendo a cualquier persona conseguir lo que quiera con esfuerzo, valor, sacrificio y trabajo respetando a lo demás.
Tal y como apuntaba The Guardian sobre la reacción que Khan ha suscitado en el mundo entero muy poca gente acudió a votarle por el mero hecho de practicar una religión determinada. A decir verdad, ese motivo solamente salió a la luz cuando su oponente conservador le acusó de ser un simpatizante de grupos radicales sin mejor razón a su favor que la de mostrar su pataleta de niño fino al que a punto estaban de quitarle su piruleta privándole, de esa forma, de chupetear la codiciosa herencia del anterior alcalde , la cual produjo una larga sequia de oportunidades para una inmensa multitud de Londinenses con deseos de adquirir o alquilar una vivienda digna sin dejarse la vida en ello y, tampoco, sin tener que arruinarse en cada viaje por la ciudad.
En la fiesta de una agrupación laborista del sur de Londres, próxima a donde Khan tiene su residencia, pude comprobar la inmensa diversidad de su electorado y la manera en la que muchos de los presentes simulaban de manera divertida como estar al volante de un autobús cada vez que el comentarista de la televisión recordaba el oficio de conductor del padre del protagonista del día.
Por desgracia y debido a un problema contando la segunda opción de voto, el discurso de la victoria no se produjo hasta pasada la media noche por lo que muchos de los presentes tuvimos que marcharnos a casa sin ver a Khan proclamado, entre quejas sobre como los resultados de la elección del alcalde de una de las capitales más importantes del mundo se había demorado más de 24 horas. Esto sin duda no solo no perjudicó el buen ambiente sino que sirvió como escusa para que los invitados cenaran fish and chips, bebieran buena real ale y también, como no, brindaran con Prosecco por un sueño hecho realidad después de ocho años de tristes pesadillas.