Libertad de expresión, no de odiar

jose felipe garrido

En las últimas fechas está proliferando el discurso del odio, principalmente por las redes sociales. Amparados en la libertad de expresión y muchas veces en el anonimato, miles de usuarios lanzan proclamas en contra de todo aquel que no piensa como ellos; se crean etiquetas para acosar masivamente y cada semana surge una nueva polémica.

Es verdaderamente alarmante como por ejemplo Twitter se ha convertido en un púlpito desde el que agredir verbalmente a quienes no comulguen con la idea de esa falsa mayoría cibernética creada para la ocasión de forma gratuita, sin que se pueda hacer nada en la mayoría de los casos. Enarbolan el estandarte de la libertad de expresión, ese derecho que tanto ha costado conseguir  para que ahora tengamos que leer demasiado a menudo, insultos, amenazas, y proclamas de odio.

Discusiones que pasan de los teclados a la realidad, que crean bandos en la sociedad, que dividen amistades por discusiones fomentadas desde las redes sociales y la prensa, todos creen tener su verdad absoluta. Somos una sociedad compleja donde lo absoluto no tiene que ser una forma de medida aceptable. Los españoles debemos entender que somos un pueblo diverso. Esa fue la base fundacional de la unificación del estado, territorios diferentes con diferentes sensibilidades, unidos bajo un único nombre, España, que ratificó nuestra Constitución del 78, la misma que dio el derecho a la tan recurrente y mal interpretada libertad de expresión.

Creo necesario por parte de las principales redes sociales, asociaciones y autoridades, el velar por acabar con este comportamiento que está radicalizando nuestra sociedad y más preocupantemente a nuestros jóvenes, que ven a diario como se ataca a personas por su pertenencia a un grupo social, por su edad, sexo, identidad de género, religión, raza, etnia, nivel socio-económico, nacionalidad, ideología o afiliación política, discapacidad u orientación sexual. Todo lo que esto comprende son delitos de odio.

Pero en Twitter, Facebook o Whatsapp por ejemplo, cuando se quiere denuncia a través de la propia plataforma es complicado, poco claro, y no se consigue nada, haciendo que los que incitan al odio continúen haciéndolo.

Esta situación es mucho más grave, pues crea otros problemas asociados a estos comportamientos como pueden ser el acoso escolar, la violencia de género, la discriminación, las agresiones homófobas o la persecución religiosa, entre otros.

Hay que reforzar la legislación para moderar nuestras redes sociales. Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en este asunto, todos en algún momento directa o indirectamente hemos lanzado un mensaje de odio en alguna de estas redes. Si compartes ese tipo publicaciones, voluntaria o involuntariamente, estás haciendo que llegue a más gente aunque no seas tú el que lo ha escrito.

Nuestra sociedad tiene que reforzar los pilares en los que se apoya el estado de derecho, no olvidando que la libertad no es poder atacar a quien quiera, cuando quiera y como se quiera, que no todos somos iguales, por eso hay que conseguir que se reconozcan nuestras diferencias con igualdad de derechos, y que el respeto es tanto a tus ideas como a las del otro, te gusten o no te gusten, siempre que no ataquen a los principios fundamentales reflejados en la declaración universal de los derechos humanos.

Libertad de expresión, sí,  libertad de expresar odio, no, gracias.