Un lugar de rabia

Nacho Díaz.
Por enésima vez, en lo que se está convirtiendo ya en una sana costumbre a lo largo de este verano, acudí de nuevo a Hackney para lo que en esta ocasión resultó ser la inauguración del London Feminist Film Festival con la idea de recordar mis viejos tiempos en la universidad cuando, después de llevar algún tiempo matriculado en el módulo de Estudios de Raza, impartido por alguien que más tarde acabaría en Berkley, empecé a llamar a una compañera “sister” en honor a las heroicas “hermanas” del Black Power. Mi compañera con el paso de los años acabó convirtiéndose en una de mis mejores amigas y, también, en una emergente figura del mundo panafricanista.
La razón que allí me llevó, ignorando que A Place of Rage (Un lugar de rabia) formaba parte de dicho festival, no fue otra que la de celebrar el 25 aniversario del estreno de este icónico documental, el cual, en palabras de la maestra de ceremonias, puso por primera vez imágenes y voces de mujeres afroamericanas en el cine a la lucha contra la opresión sufrida por el conjunto de esa población a lo largo de una historia que, a día de hoy, continua castigando, reprimiendo y discriminando, siendo el actual movimiento Black Lives Matter el mejor ejemplo de ello.

La profesora Angela Davies.
El documental repasó el trabajo de la marxista Angela Davies, famosa en el mundo entero por su encomiable labor a favor de la abolición de las cárceles y sus feroces críticas contra el Complejo Industrial de las Prisiones, y mostró momentos de su propia estancia en la cárcel cuando fue injustamente encerrada, en régimen de aislamiento, acusada de pertenencia a banda armada, después de haber sido apartada de su puesto docente en UCLA por el entonces Gobernador de California Ronald Reagan, quien juró y perjuró que jamás volvería a dar clase haciendo todo lo posible para que se quedase dentro del centro de máxima seguridad.
A Place of Rage también mostró momentos más recientes de su vida en los que se la podía ver ayudando a jóvenes reclusas o impartiendo clases desde su atril de Catedrática Emérita Distinguida de Historia Feminista y Consciencia en la Universidad de California, Santa Cruz, para chinche del difunto presidente republicano.
La voz de la segunda protagonista de la noche , la poeta bisexual June Jordan, ya fallecida como consecuencia de un cáncer, sin duda, fue la que más me

June Jordan.
impactó y deleitó por no saber nada de ella hasta la fecha y por poder verla recitando un Poem about My Rights ( Poema sobre mis derechos) en el que básicamente echaba la culpa de todo lo malo que le había pasado en la vida por ser mujer, por ser negra y por tanto no tener ni derecho sobre su propio cuerpo ni tampoco a elegir un lugar donde poder estar tranquila ni, mucho menos, poder ver condenados a sus múltiples violadores por no haber podido demostrar sus eyaculaciones y quedarse con las ganas de aplastarles la cabeza con una barra de hierro, temiendo la consecuencias legales, precisamente, por tan injusta falta de pruebas.
En otro fragmento del documental ésta, también profesora, se avanzaba a los tiempos preguntándose en su piso de Nueva York que pasaría si el joven que había sido recientemente asesinado en la terraza de un edificio hubiese disparado primero a la policía que le tendió una emboscada , sin motivo aparente alguno, tal y como él había sido disparado.

Alice Walker.
Continuando con la criminalización a la que la juventud negra se ve sistemáticamente sometida y el consumo y las ofensas relacionadas con drogas también mencionada por Angela Davies, June habló de la falta de esperanza y el continuo empobrecimiento que ello suponía para una gente viviendo sin la oportunidad de un futuro digno.
Por lo que a derechos LGTB se refiere, la poeta, fue una de las primeras en enfrentarse no solo a los crímenes de odio del colectivo en general sino también entre la población afroamericana en particular. Con imágenes grabadas de una conferencia a finales de los 80 June se preguntaba por qué la gente se levantaba y unía contra el racismo y no podía ver ni darse cuenta que los casi 8.000 ataques denunciados contra gente LGTB en aquel año eran parte del mismo rechazo, que la inmensa mayoría imponía a otra inmensa minoría incapaz de discriminar por el color de la piel.
Finalmente los comentarios de Alice Walker, la autora de El color purpura, cuya presencia en el documental apenas fue de unos diez minutos, contra las multinacionales y el papel dominante estadounidense en el extranjero que le impedía ver la podredumbre de su propia sociedad me acabó por recordar a mi “sister” mientras ella me hablaba de ese libro y yo devoraba No Logo: El poder de las marcas, para al final darnos cuenta que el alimento fundamental del capitalismo era mantener la diferencias con el fin de impedir que todos fuésemos no ya iguales sino al menos semejantes.