Una flor del Líbano

Nacho Díaz.
Con la misma fuerza y energía con la que escuché a Rayana saludar a todas a sus hermanas trans oprimidas en el Oriente Medio durante su debut en el legendario Way Out Club londinense, bailando la danza del vientre, ayer tuve la oportunidad de volver a comprobar cómo esta auténtica belleza libanesa de 28 años llegará algún día a emular los éxitos de las grandes estrellas trans que brillan en el firmamento musulmán desde Marruecos hasta Turquía, pasando por su propio país, respondiendo a los nombres de Nour, Diva Bulent Ersoy, o Baseam Feghali, después de asistir a su examen final del master de música en la prestigiosa School of Oriental and African Studies (SOAS) University of London.
Pensando en mi ignorancia que, a lo mejor, en esta actuación descubriría algunas canciones y ritmos modelados en sus impresionantes coreografías de pole dancing, me quedé francamente sorprendido cuando la vi subir al escenario para rendir homenaje al patrimonio musical de los hermanos Rahbani, principales compositores de su tierra, vestida de riguroso negro, evocando los marcados rasgos femeninos de la conservadora y tradicional cantante Fairouz, esposa de uno de ellos, y considerada todo un ejemplo de mujer árabe, en cuya cara pocas veces aparece la sonrisa, tal y como Rayana me daría a entender después.
Sin embargo, un poco antes de que empezase a cantar lo que todavía me llamó más la atención fue que a Rayana la presentaron por su nombre de chico, Rabeea. Al contemplar esto solo pude salir de mi asombro cuando, la persona que yo siempre había conocido como mujer, nos explicó que su elección de actuar sin maquillaje, sin vestido, con unos pantalones pitillos, su melena recogida y sus zapatillas unisex se correspondía con la imagen que en ese momento quería transmitir de una persona transgénero, la cual nada tenía que ver “con un hombre llevando un vestido o una mujer llevando ropas de hombre”, sino mas bien, proseguía “con la de dos géneros conviviendo dentro de un mismo cuerpo en proporciones variadas”
Las cinco canciones de Fairouz, compuestas durante la guerra civil del Líbano e interpretadas durante el examen, fueron escogidas porque al igual que la persona que estaba en el escenario, forzada a vivir en el exilio bajo amenaza de muerte por el mero hecho de ser una mujer trans, hablaban de promover la cultura de la aceptación y la tolerancia a pesar de las diferencias y las disputas.
Por este motivo, ni que decir tiene, la presencia en solitario del artista solo podía referirse al deseo de presentar la imagen de un ser humano que había sido víctima del odio por sufrir un “tipo de trastorno de identidad de género en un lugar donde era muy difícil ser él mismo o ella misma” sin poder huir del rechazo.
De hecho, aunque yo no supiese árabe y tuviese que esperar a leer el programa, la dulce voz de Rabeea, cargada con inmensos filones de ternura hacían desaparecer cualquier tipo de mal sufrido, en algo que parecía ya un pasado remoto, al oírlo cantar creando “unos significados neutrales”, con una profunda carga emocional, construida sobre continuas referencias a la naturaleza en forma de pájaros y árboles, además de evocar todo aquello que es capaz de hacer el hombre para transmitir amor, rechazando el odio, llamando a la paz.
A pesar que la idea de representar dos géneros encontrándose en el mismo cuerpo se remonta a los orígenes de la historia lo que hace especial a cada artista, tanto con maquillaje como sin él, es la habilidad para recrear la harmonía resultante de las mezclas, contradicciones y competiciones que estas convivencias suponen para, del mismo modo que ocurrió ayer, levantar las pasiones y olvidar todos los sentimientos inducidos de vergüenza, timidez, falta de autoestima y demás complejos de culpa que, al final, fueron borrados en un instante por la buena nota del tribunal y la gran ovación de los compañeros de estudios de Rabeea.
En otros muchos casos el aplauso generalizado de una sala abarrotada de fervientes admiradores, entregados a los ritmos de las danza del vientre, son capaces de iluminar la sonrisa durante toda una larga semana en la vida de la debutante Rayana quien, aunque todavía tenga un largo camino por recorrer para alcanzar sus sueños, nunca dejará de irradiar felicidad mostrando su precioso anillo de compromiso sintiéndose una auténtica mujer completa.