Excesos, locuras y pasiones

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nacho diaz

Nunca fui un gran lector hasta que por circunstancias de la vida después de salir del psiquiátrico me hallé con mucho tiempo libre para volver a poner en orden mi vida. Poco antes de que me ingresasen había leído la magnífica biografía de Karl Marx escrita por Francis Wheel.

En ella descubrí la naturaleza maniaco-depresiva del alemán y como esta le hacía pasarse  meses enteros tirado en un sofá sin hacer prácticamente nada para después, como por arte de magia, despertarse del letargo y escribir hasta la extenuación.

Mi relación hasta entonces con todas las cosas que hacía era  prácticamente la misma con la diferencia de que yo no era filósofo y tenía que ganarme la vida.

Los meses que pase en el hospital leyendo inculcaron en mi una disciplina que nunca más volví a perder para con la lectura y cuando me despedí de mi terapeuta ocupacional lo hice con una promesa de los libros y autores que me había propuesto leer.

Creo que no tardé mucho en romperla pues, nada más hacerme socio de mi biblioteca, descubrí La sinfonía del adiós de Edmund White y mis gustos tomaron otros derroteros alumbrándome a todo un sinfín de autores gais de los cuales nunca había oído hablar.

Edmund White.

Edmund White.

Para ser más preciso, la mera existencia de una sección LGTB en la biblioteca me sorprendió tanto como el libro de White que trataba sobre los años más duros del SIDA contada por el propio autor, quien viviendo con la enfermedad se consideraba el último instrumento en el escenario.

Con ese libro descubrí o mejor dicho, amansé y adiestré las locas voces en mi cabeza que antaño me hicieran llorar, estremecerme de dolor, maldecirme a mismo y sentirme incomprendido mientras sentía como un algo nuevo en mí nacía con la necesidad de expresarse, imaginando una nueva manera de sentir el amor y reivindicar mi sexualidad.

El ejemplo de White ante todo era un ejemplo de un hombre duro, fuerte y seguro de sí mismo con carácter que si bien contaba sus problemas juveniles para aceptarse también narraba con un vivaz estilo los juegos eróticos entre hombres con sus sémenes que, en sus propias palabras, hoy en día serian inimaginables.

Sus reflexiones político-filosóficas sobre autores como Barthes, los disturbios de Stonewall, en las que estuvo presente, o sus encuentros con Foucault de los cuales destacaría el bellísimo momento, casi rozando la ternura, en el que  White describe el carácter humano del más grande de todos los filósofos franceses cuando este estaba cocinando  pasta, me guiaron en toda mi carrera de sociología iluminando, también, muchas dinner parties, donde mis tortillas de patata eran las figuras a venerar.

Focault.

Focault.

Gracias a White, aunque me dé un poco de vergüenza admitirlo por no haber sabido antes de él, descubrí a Juan Goytisolo a través del ensayo que escribió sobre su obra en The Burning Library, permitiéndome reflexionar sobre mi lectura en mi propia lengua.

Algo por lo que siempre, también, estaré tremendamente agradecido a este escritor sin pelos en la lengua fue por lo que aprendí de él  para escribir sobre drogas con una personalidad propia sin miramientos ni contemplaciones.

De las locas experiencias que todos buscamos cuando somos jóvenes para probar nuevas sensaciones descritas en La sinfonía del adiós, White pasó hace unos años a abanderar todo tipo de campañas para prevenir ese suicidio colectivo al que están condenados todos los usuarios de crystal meth, buscando tan solo el reflejo de su desgracia en su consumo.

Su libro Chaos, de hecho, cuenta la historia de un escritor maduro que se enamora de un joven usuario de esta droga quien decide dejarla y unirse a Narcóticos Anónimos.

Rimbaud.

Rimbaud.

En la historia se entremezclan, por un lado, las consecuencias de ciertos problemas mentales originados por el VIH del escritor,  con la lucha desesperada de su amante por sobrevivir, dando origen a todo tipo de situaciones que reflejan las vidas caóticas de ambos, ignorando en muchas ocasiones quienes son en realidad.

Para finalizar no puedo dejar de mencionar su biografía de  Rimbaud la cual refleja de nuevo una vida tan apasionada como solo son las  de los grandes genios de la literatura que se sienten atraídos por hombres, siendo capaces de vivir hasta el límite, celebrando sus excesos, locuras y pasiones.