La Drama Queen y su hermana

Nacho Díaz.
Una amiga mía trans a la que quiero y adoro con todo mi corazón es un bombazo y un cañón de mujer. Divertida, alegre, educada, joven y artista siempre sabe conquistar los corazones de quienes la rodean.
Si salimos juntas cuando me convence para que lo haga como mi otro yo lo más probable es que no paremos de bailar y no tengamos que preocuparnos ni por el tabaco ni el alcohol, algo con lo que no estoy muy de acuerdo, pero que sin embargo es un must para nuestros admiradores aunque no esperen nada a cambio.
Esto en mi opinión, forma parte del juego y nadie le amarga un dulce, pues es difícil encontrar a caballeros que te den fuego, después de ofrecerte un pitillo caminando por la calle cuando, generalmente, en ningún sitio la gente ofrece y menos si vas vestido de hombre.
En cuanto a los rones que consigo por mi cara bonita debo decir que los agradezco para romper mi timidez y empezar conversaciones agradables que me hacen reír hasta las tantas de la mañana, sabiendo que la magia se romperá con la llegada del día en mi caso y que a mi amiga, que ya está esperando su operación, le faltará un poco menos para ver su sueño hecho realidad.
Nathalie, por darle un nombre que no es el suyo, además de ser bella habla no sé cuantos idiomas y abandonó en el último año su doctorado en económicas para dedicarse a sus pasiones artísticas que no eran otras más que la música y la danza, en las cuales también se ha formado académicamente a nivel de postgrado cuando decidió ir a por todas y hacerse mujer al completo.
Muchas veces hablamos de nuestras cosas para acabar concluyendo que determinado hombres sexualizan al colectivo trans hasta límites insospechados, frustrando todos sus deseos cuando descubren que somos personas normales y corrientes que no andamos todo el día a ello.
Ayer mientras discutíamos precisamente lo que ser y sentirse mujer representaba para nosotras ojeando el clásico Whipping Girl de la activista, académica y música trans Julia Serrano nos dimos cuenta que las dos podíamos vivir sin desear amasar una fortuna para gastarla en los mejores cirujanos plásticos del mundo, o en inútiles modelitos de última moda o, incluso, renunciar a la extrema superficialidad de algunos clubs nocturnos donde, a veces, algunas mujeres trans quieren ser tan fantásticas que acaban convirtiéndose en horribles cotorras chismosas.
No todas son así, y la bondad de muchas de las que he conocido y sus más que refrescantes conversaciones cuando, por ejemplo, no sabes cómo reaccionar ante una mirada o un vil comentario de una bruja maldita que solo sale para causar daño, acaban dándote alegría para seguir adelante, aportando ánimos para hablar con el único hombre que te lleva mirando desde hace rato y no sabes cómo abordarlo.
Otras veces, en cambio, la solidaridad se hace más grande resultando que con la mujer que estabas hablando te ofrece chico con el que estaba porque intuyó a las primeras de cambio que podría pasar algo entre él y tu.
Ignoro si todo el mundo piensa como nosotras y pocas veces me he aventurado a salir de fiesta sin mi amiga, lo que si se es que no siendo una chica explosiva exploto otros encantos escondidos que solo aparecen cuando me cobijo bajo mis mejores abrigos de pieles. Muchas mujeres, entonces, de todas las edades acuden a mí para decirme que tengo el glamour de las viejas estrellas del Hollywood de la era dorada.
Esto que dicho sin más, podría sonar a tontería, pero que en realidad es una “ficción necesaria” en palabras de Jeffrey Weeks para reafirmar mi identidad en constante movimiento, me ha alegrado tantas fiestas Con faldas y a loco que sin saber muy bien cómo, voy creando espacios donde me siento segur@ sin querer renunciar al Nacho que escribe o la Verónica que busca una pasión incontrolada para volar alto y no volver a pisar tierra firme jamás.
Teniendo la fama de Drama Queen que tengo entre todos aquellos que me conocen, no me queda más que decir que lo que escribo hoy lo hago desde el fondo de mi corazón, sin ganas de ofender a nadie, ya que anoche celebré con mi hermana del alma que el Gobierno británico le había extendido su tarjeta de residencia, reconociéndola como mujer, después de un largo calvario que comenzó cuando se vio obligada a exiliarse de lejos de su tierra.