Cuestión de Nachos

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Nacho Díaz. 

Que alguien te caiga mal por llamarse como tu es un poco estupidez cuando no una cruel burla de niños. Sin embargo, algo hay en el nombre de Nacho González pronunciado por Esperanza Aguirre que me hace pensar que algunos Nachos pueden darnos fama de tontos de baba, perritos falderos y, también,  porque no decirlo aunque no me guste la expresión de pijitos con plumero.

Pocos Nachos han sido famosos en el mundo salvo los entrantes mejicanos. González,  me parece a mí, no va a ser una excepción y lejos de habernos hecho favor alguno hasta la fecha, su legado se convertirá en algo tan asqueroso como el vómito  tras una indigestión en una cantina perdida del desierto.

Hace apenas unas semanas discutía con un periodista sudamericano de nombre Ignacio su negativa a que le llamasen como al ex presidente de la Comunidad de Madrid o como a mí por eso del pasado colonial.

Al final logré convencerle de que hasta donde yo sabía pocos Nachos habían sido prominentes figuras imperiales, ignorando que mi tocayo el político  se había marchado a la conquista del Nuevo Mundo poniendo en práctica las mismas artimañas que sus precursores habían urdido hace 500 años.

Desde que conozco la figura de Nacho González solo he visto en él la caricatura más absurda del primo tonto del Principe de Bel Air, con más pulseritas monas de esas que te convierten en el eterno adolescente ante las chicas bien, y un deseo de zafarse de su chaparrita estatura acumulando prestigio como los niños tontos de papa suelen hacerlo.  Esto es, jugando a hacerse mayores usando la influencia y los contactos de quienes los protegen.

Como del amparo de la ya jubilada Esperanza Aguirre se han dicho y escrito tantas cosas lo único que me queda por decir sobre la pensionista más famosa madrileña es que esta podría hacer una rentrée, arrastrándose por todos los escenarios versionando el hit de Rihana Under My Umbrella, para recaudar fondos y ayudar a pagar las fianzas de su pupilo  González a quien, tras jugar y fracasar  en su intento de ser un hombre de verdad, solo le deseo que acabe meandose en el catre de su celda noche tras noche.

El problema serio que tengo con este tipo, por el cual no puedo sentir la menor simpatía, es que todo en él me recuerda a la figura del pijo protagonista en Jamón, Jamón, pudiendo tan solo imaginármelo manteniendo conversaciones intelectuales sobre cuáles son las mejores braguitas-pañal para perras en celo mientras fantasea con dejarse ganar al golf, al tenis  o al paddle para causarle una buena impresión a unos inversores de dudosa reputación de  sabe dios que lugar perdido, remoto y oscuro de la faz tierra y así obtener una comisión.

Sin tener nada en contra de la gente con dinero e incluso respetando a muchos que acumulan fortunas estratosféricas debo decir que la manera “pijocutre” de hacerse rico a lo González, sin valorar el esfuerzo ni el trabajo, rodeándose de compinches de la misma talla moral donde el “ser vecino de”, “ir al mismo gimnasio que”, mendigar una mesa en un restaurante de lujo “para encontrarse con tal y cual”, o haciendo algo tan banal como leerse un libro sobre lo que no se tiene la menor idea para causar una buena impresión en una reunión, sin sentir lo que se dice, importando más el llenarse la boca con palabras vacías, al final acaba creando una cultura de mal gusto.

Su ático en Marbella y las miles de aventuras que corrió hasta conseguirlo sea quizás un ejemplo para entender esta cutre bajeza moral de la que hablo. Lejos de ser un ambiente familiar donde cualquier escritor podría reinventar las historias de un moderno Combray proustiano, los veraneos y oscuros secretos del preso González van camino de hacerle vivir las pesadillas que la pobre Joan Fontaine sufría en Rebeca con tan solo escuchar el nombre de Manderley, aunque fueran por motivos distintos.

La diferencia claro está es que a Laurence Olivier, protagonista de la película, se le podía perdonar todo por ser un autentico  caballero, tanto en la vida real como en el escenario.

Al ex presidente, en cambio, solo le queda el consuelo de pensar que algún día, con suerte después de una eternidad, podrá llegar a ser “Nacho Libre” siempre y cuando cumpla su condena.

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