Sobre el derecho a elegir la propia muerte

nacho diaz

Nacho Díaz.

Supongo que escribir sobre el derecho a morir dignamente es lo mismo que hacerlo sobre el derecho que todos tenemos a elegir nuestros destinos. Como desde mi punto de vista todos nacemos libres para elegirlos, me parece lógico  afirmar que nadie ni nada puede privar de la muerte a quien la desee para liberarse de una situación insufrible e insostenible.

Esta opinión no debe servir de invitación para terminar por una vez y por siempre con los problemas que tienen una solución, por muy dolorosa que esta sea, como la estancia en una cárcel, el paso por un hospital psiquiátrico, una rehabilitación dolorosa con las secuelas que esta produzca, o el duelo por un ser querido, sino que debe ser una opción para aniquilar el mal y el dolor que ninguna ciencia ni conocimiento humano pueda remediar, o tan siquiera aliviar.

La muerte como único  destino, por triste que parezca, puede otorgar la felicidad de saber que nunca más se vivirá para sufrir cuando el sufrimiento y el dolor es precisamente lo que hace desechar la propia vida.

Rechazar el dolor, querer ser su enemigo mortal hasta perecer en el intento es una cualidad innata en las personas. La esperanza de una vida mejor, el sacrificio ante dios, o la valentía que las personas deben tener para afrentar las adversidades y así ganarse la gloria eterna no son más que construcciones culturales, en su mayoría impuestas por las intransigencias de las religiones para prevenir a los hombres y mujeres ser dueños de sus propias vidas.

Elegir el preciso instante, cuando no hay más solución,  de irse a dondequiera que uno crea que vaya por siempre, pudiendo ser el caso como el mío propio de no ser otro lugar más que aquel a donde me lleven mis cenizas, es ante todo un acto de valentía, propio de héroes, cuyos esfuerzos por alcanzar la libertad dejarán una huella imborrable en todos los que deseen anticiparse a una trágica cita con el destino constantemente recordada por los síntomas de cualquier enfermedad terminal.

Tal vez digo esto porque siempre he estado muy influenciado por el filósofo francés Gilles Deleuze, quien después de haber sido diagnosticado con un cáncer y cuando la situación ya comenzaba a hacerse insostenible decidió tirarse por la ventana de su apartamento situado en un quinto piso.

Pudiera también darse el caso que cuando a mí las fatalidades me privasen de ser yo mismo, disfrutando de todo lo que hago también me gustaría irme llevándome el buen sabor de boca que de antaño conservara.

Uno de los síntomas que hizo a Deleuze darse cuenta que no aguantaba más fue el verse incapaz de sujetar la pluma mientras escribía. Sin osar compararme con él si algo así me sucediese yo también estaría dispuesto a decir adiós.

Si esta imposibilidad marcó la muerte de Deleuze después de una prolífica vida, me pregunto qué pasará entonces por las mentes de todos aquellos que se ven imposibilitados para  hacer lo que quieren desde hace años, viviendo en un estado de continua frustración que no les puede resultar conveniente.

Con esto no quiero decir que todo aquel que sufra una enfermedad terminal tenga que morir antes de que le llegue su hora, al fin y al cabo cada uno es libre de elegir como ya he indicado, y vivir su vida lo mejor que pueda y quiera. Sin embargo,  la decisión de terminar con la vida propia es tan respetable  como la de continuarla, debiendo ser garantizada para, de verdad, mantener la dignidad y libre voluntad de las personas que después de sopesarlo deciden poner un punto y final a todo aquello que los obligó a vivir una vida que nunca eligieron.

Sobre esto solo cabe decir que ambas realidades son dos caras de una misma moneda y que por ello  la educación  para morir dignamente y la puesta en funcionamiento de los recursos para conseguirlo por parte del estado deberían ser tan accesibles como los recursos disponibles para quienes deseen seguir viviendo. Solo así en ambos casos se respetaría de verdad los derechos fundamentales de las personas que sufren para ser los auténticos  protagonistas de sus propios destinos.