De rodillas

Nacho Díaz.
Al margen de lo que piense sobre Cataluña no deja de sorprenderme que alguien pueda prestarle alguna consideración a la opinión de Trump sobre la unidad de España.
Mi rechazo por ese hombre es tan grande que solo puedo afirmar que todos los que busquen consuelo en él están deslegitimizados para, tan siquiera, imaginar la libertad.
La reciente reunión entre Rajoy y él se ha producido apenas unos días después de que la polémica con los jugadores de fútbol americano afroamericanos volviese a aflorar.
No me gusta el deporte, jamás lo he practicado, y solo disfruto de la natación como un hobby necesario que me relaja matando mi ansiedad.
Desde que me enteré que Trump había llamado “hijo de perra” en un mitin a un jugador que se puso de rodillas mientras sonaba el himno nacional, he comenzado a pensar que el deporte puede ser algo más que una orgia consumista de testosterona y que sus héroes, por suerte, saben que hay una vida más allá de los contratos publicitarios.
Perder la gloria y el aplauso, por rebeldía a la tiranía racista en la que se haya envuelta los EEUU y convertirse en el objeto máximo de la ira del payaso gritón de Trump, como le ha sucedido a Colin Kaepernick, bien me valió el esfuerzo de haber estado toda esta semana leyendo y viendo crónicas de lo que está comenzando a pasar el deporte americano, haciéndome incluso pensar que en él existe una autentica nobleza que nada tiene que ver con la ñoñería del just do it o cualquier otro engañabobos por el estilo.
Si se me ocurre decir esto es porque dudo mucho que las mismas multinacionales que castigaron Kaepernick por ejercitar su libre derecho de expresión vayan a encontrar un eslogan especial para vender un mensaje de solidaridad en contra de las leyes de mercado, dictadas por el Rey Midas del sector inmobiliario.
La rebeldía para esa gente viene a ser más o menos, el número de multas por alcoholemia al mando de deportivos de lujo, el número de aventuras extramatrimoniales y los divorcios millonarios o, tal vez, los reality shows donde sus hijos desde muy pequeñitos visten ropas de diseñadores exclusivos para intentar convertirse en las nuevas realezas que nunca llegaran a ser pues, en realidad, son bienes de consumo y por tanto desechables.
Kaepernick, sin embargo, y todos los que se le van uniendo tienen la pasta de quienes, como en cualquier arte o profesión lo dan todo por su público y por la gente a la que representan.
Por desgracia, mis conocimientos sobre fútbol americano son tan escasamente limitados que, ignorando su calidad como deportista, si me parece claro y justo afirmar que Kaepernick ha llevado a su terreno de juego, los miedos, las angustias, y las esperanzas de sus fans y admiradores. De no haber sido así, otros muchos no se le habrían unido creando un autentico equipo ganador al que cada vez se le añaden más fichajes, enloqueciendo a su afición.
Sobre el gesto de ponerse de rodillas para apelar así a la protección que un país debe garantizar a sus ciudadanos y no a la fuerza bruta, obediencia rígida que inspira la tradicional firmeza de la mano en el corazón, debo decir que me parece un gesto tan varonil y masculino como el que más que, lejos de mostrar debilidad, exalta compasión hacia lo débiles, obligando con dignidad a ser escuchados por quien, precisamente, los desprecia llamándolos hijos de perra a pesar, de que por ley, este tiene la obligación de tratar a todos sus compatriotas como iguales y semejantes.
El problema, claro está, es que alguien que ha hecho de su falocracia blanca una bandera no puede entender que la grandeza de los EEUU fue forjada desde los tiempos de la esclavitud por todos aquellos que se negaron a aceptar la hegemonía blanca, decidiendo conquistar como mejor se les ocurrió los derechos civiles que ahora Trump está destruyendo como el jugador tramposo que es, dispuesto a amañar las competiciones antes que estas se produzcan.
Su actitud en definitiva, lejos de inspirar el juego limpio, recuerda mucho a la de los promotores de boxeo en decadencia que venden a sus autenticas estrellas para ganarse un par de dólares y seguir viviendo de la estafa sin aportar nada nuevo ni original a nadie, salvo evocaciones tristes y crueles de un pasado que sería mejor olvidar.