El ejercicio del criterio

Nacho Díaz.
El ejercicio del criterio de Mario Benedetti me llegó como una grata sorpresa de una profesora ya retirada de literatura latinoamericana en un liceo francés que se estaba deshaciendo de su inmensa biblioteca.
Comentándome en una tarde plagada de un excelente pan de ajo durante su última visita a Londres sus planes de donar todos sus ejemplares a una biblioteca local, no pude más que sugerirle que estaba dispuesto a hacer limpieza general en mi casa para acoger el mayor número de volúmenes posible hasta que los dos nos dimos cuenta que, por razones de logística, aquello se iba a quedar en un mero sueño.
De todas formas me dijo que se acordaría de mí y me haría llegar algo para que pudiese tener siempre presente su magnífica colección.
Su regalo no pudo ser mejor, ni más conciso, ni tampoco más exquisito porque El ejercicio del criterio recorre toda la historia de la literatura latinoamericana analizando sus temas, sus novelistas, ensayistas y poetas de una forma que haría a cualquiera enamorarse de sus letras para siempre.
No soy un experto en la literatura de ese continente, de hecho, algunos de los autores nombrados se me escapaban del conocimiento. Sin embargo ahora sé que en Uruguay, donde murió uno de mis bisabuelos luchando en una de sus guerras, existió la Generación del Novecientos y que Rodó, su máxima figura, fue el primer escritor latinoamericano en alcanzar fama en Europa.
Gracias a Benedetti, también, después de cuatro años aparcado en una estantería pude volver a retomar Paradiso de Lezama, lo cual antes me parecía una labor, para que engañarnos, muy tediosa y ahora, después de haber avanzado casi 200 páginas lamento no haberla continuado antes.
Leyendo el ensayo sobre el poeta salvadoreño Roque Dalton entendí mejor la estupidez de los fanatismos y me abrió los ojos al peligro que cualquier revolucionado armado sin razón presenta para cualquier causa, ya que Dalton fue ejecutado por una fracción ultraizquierdista del grupo en el que militaba por un error.
Ese error, en realidad, no fue otro más que el no tener dos dedos de frente, se debió a la ignorancia y a la estupidez propia de quien decide radicalizarse en unas ideas, convirtiéndolas en autos de fe propios de necios donde la paranoia supera a cualquier tipo de lógica.
Me apetece ahora mucho leer a Dalton, en apenas dos párrafos intuí, aunque pueda equivocarme, que salió rebotado de un colegio jesuita. Además descubrí que estudio jurisprudencia y, lo que es mucho más importante, Ciencias Sociales y Antropología y que tuvo una interesantísima vida viajando por la República Democrática de Corea y la de Vietnam, enrolado en el Ejército Revolucionario del Pueblo de su país.
Los preciosos versos de su poema “El alma nacional” recogidas por Benedetti me hicieron imaginar a Dalton como el mejor de los soldados poetas al servicio de la justicia y la libertad y creo que hablan por si solos:
Patria dispersa: caes
como una pastillita de veneno en mis horas.
¿Quién eres tú, poblada de amos
como la perra que se rasca junto a los mismos arboles
que mea? ¿ Quien soportó tus símbolos,
tus gestos de doncella con olor a caoba,
sabiéndote arrastrada por la baba del crápula?
¿A quién no tienes harto con tu diminutez?
Quizás estos versos recojan mejor que nada toda la temática que es constante en este libro de Benedetti y que la primera parte “Temas y Problemas” describe tan magistralmente en ensayos titulados “Subdesarrollo y letras de osadía” “El escritor y la crítica en el contexto del subdesarrollo” “Los intelectuales y la embriaguez del pesimismo” o “Convalecencia del compromiso”
Creyendo que estos títulos, al igual que los versos de Dalton, no necesitan mayor explicación lo único que me cabe decir es que agradezco a mi amiga la profesora francesa el haberme acercado a este auténtico curso de literatura sin ningún tipo de interferencia cultural, pues quien lo escribió solo plasmó las voces que sus gentes escribieron para y por sus gentes reclamando la gloria que merecen más allá de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Vargas Llosa, Juan Rulfo, o los mismísimos Rubén Darío o Pablo Neruda o la propia Gabriela Mistral.
Para mí, al fin y al cabo, Onetti ahora se presenta como compromiso de futuro como también lo hace la fantasía de Felisberto Hernández, o el talento de otros muchos que ya no me dejan inmunes, admitiendo que “Acepto pleitos/insomnios/ desengaños/No puedo tolerar la indiferencia” al igual que Benedetti recoge los versos de Claribel Alegría en este gran libro.