Una pequeña hazaña pasada por agua

nacho diaz

Nacho Díaz.

Desde hace unos meses me siento tremendamente feliz por algo que, a lo mejor, a poca gente le parecerá interesante. A mí, en cambio, mi hazaña me llena de orgullo y no puedo dejar de contarla a quien me rodea porque marca una autentica inflexión en mi vida.

Cuando hace ya 11 años sucedió mi última crisis bipolar mi psiquiatra me dijo que debía tener mucho cuidado con la natación, pues sabía que lo que lo que más me gustaba era hacer largos buceando y eso no era bueno para mí por alterar y forzar la respiración.

En aquel momento, él tenía razón. Recuerdo que cada brazada que daba bajo el agua revolvía un potaje espeso de emociones en mi cabeza que me impedía avanzar contra lo que yo imaginaba una corriente tan turbia como mi estado de ánimo.

Con todo, siendo tan terco como soy, decidí no hacer caso de los consejos y seguir buceando pensando que así podría ahogar mis angustias de una vez por todas. Aquello como es lógico salió mal y una buena tarde, abandoné la piscina, literalmente tras arrastrarme por su fondo y llegar a lo más bajo de mi.

Después de aquello deje de nadar, cogí unos kilitos y volví a fumar como el carretero que sigo siendo, sin querer hacer nada para evitarlo.

Hasta el ir a la playa de toda la vida en verano me resultaba un sacrificio y desde aquel 2006 solo volví a bañarme tres o cuatro veces en una piscina al aire libre, los días de calor, porque en ella no sentía la presión de tener que hacer ejercicio pero si la necesidad de refrescarme.

El año pasado empecé a darle vueltas a la idea de hacer un poco de ejercicio para poner remedio a la vida tan sedentaria que llevo y me armé de valor para volver a mi piscina.

Como no tengo término medio, y soy un poco bruto, decidí que podría volver a nadar de la misma forma que lo había hecho en el pasado.

Nuevamente me equivoqué y tras tres intentos fallidos de volver a mis Personal Best acabé con tan dolor que juré no volver a intentarlo jamás.

Por suerte y por casualidad un par de días después de eso me encontré con un terapeuta amigo que me dijo que solo a un loco como yo se le hubiese ocurrido intentar nadar un kilometro sin tener ningún tipo de preparación.

Fue entonces cuando le expliqué que andaba en busca del tiempo perdido. Recordándome lo bruto que era me intentó convencer para que me lo tomase con calma y no quisiese vivir de los réditos del pasado.

Al fin y al cabo lo que estaba haciendo, lo hacía por mí y no por nadie más.

Un par de días después, motivado por su conversación, volví al agua armado de paciencia pero en realidad me sentí como un saco de patatas por lo que acabé desistiendo nuevamente.

Así, me pase otro año más en el dique seco hasta que el pasado septiembre tras tres días largos e intensos de trabajo estaba tan lleno de contracturas que no se me ocurrió nada mejor que ir a la piscina.

Necesitaba saltar al agua y sumergirme de nuevo.

Me lo tomé con mucha calma pero quise bucear. Lo intenté y pese a que me costaba contener la respiración más de dos brazadas seguí haciéndolo sin que nada se me pasase por la cabeza. De hecho, mi mente estaba en blanco y cada vez que salía a superficie me sentía mejor.

Decidí volver al siguiente día, sin ponerme ningún tipo de meta, y al siguiente también.

Por primera vez en mucho tiempo sentí que estaba disfrutando en el agua como cuando era pequeño. No había problemas, no había pasado, no había futuro y solo existía el presente de estar bajo el agua o chapoteando como un niño.

Esta sensación se incrementaba más, si cabe, cada vez que saltaba ardiendo desde el baño turco al agua, permitiendo bucear con más fuerza e intensidad.

Repetí estas rutinas durante un par de días cada vez buceando más lejos hasta que una vez, casi sin darme cuenta, toqué con mis dedos del lado opuesto de donde había salido.

La sensación, no lo voy a negar, por maravillosa y placentera fue orgásmica. Cuando me estiré la última vez para poner la mano y no chocar contra el borde, sentí una liberación tan complaciente que tuve abandonar la piscina a toda prisa para así desprenderme, sin vergüenza, del estado de gloria causado por mi pequeña hazaña.

Desde entonces sigo yendo a la piscina con la única idea de sentirme mejor y dejarme llevar. A veces nado sin contar los largos. A veces me estiro sin más, otras, buceo sin ningún tipo de remordimientos. De vez en cuando también me pico con amigos que son mucho mejores nadadores que yo y aprovecho para conocer mis límites.

Sin ir más lejos hace dos días me descubrí que había hecho 30 largos nadando sin acabar para nada exhausto, mientras que mi amigo había hecho 50. Esto me hace sentir un poco ambicioso de más, imaginándome que pronto podré llegar a mis 40 de antaño.

Como en realidad no quiero presiones, ni ansiedades, me lo voy a tomar con mucha calma mientras empiezo a prepararme para la aventura de hoy, bajo el mismo agua que una vez me vio morir y, lo que es más importante, también renacer como el piscis que soy.