En memoria de todas las personas trans caídas por ser ellas mismas

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Nacho Díaz

Todos los años cada 20 de noviembre se repite la misma trágica historia sin que nadie pueda hacer nada para remediarlo. Todos los años al encender una vela en la emotiva ceremonia del Transgender Day of Remembrance  por cada una de la casi 400 personas trans que murieron asesinadas en los últimos doce meses, sin más delito  que atreverse a ser ellas mismas, me surge la misma pena cuando quienes leen los nombres y los sitios donde murieron tienen que omitir el nombre de muchas víctimas por ser cadáveres desconocidos que nadie reclamó o identificó.

Morir en el anonimato, sin dejar rastro ni huella de una vida, solo se me puede ocurrir como el peor epílogo a la cruenta cobardía del  asesinato transfóbico, forzando para siempre la inexistencia de una lucha de superación para vencer todos los obstáculos que a mucha gente se nos presenta para conseguir ser de todo mujer, sin que ello implique un concepto universal, pues de todos es sabido que hay tantas mujeres distintas en el mundo como personas que así se identifiquen, pudiendo o no tener cosas en común según su manera de pensar.

Sobre esta guerra regada de sangre hubo mucho tiempo para reflexionar durante la ceremonia.

Una mujer trans pidió a Sahra Rae Taylor, una de las organizadoras del Memorial, que leyese lo que acababa de escribir en su facebook, contando porque el miedo le había impedido salir en la tarde de ayer de casa.

Ese miedo estaba más que justificado. Solo el pasado domingo The Sunday Times publicó cuatro artículos contra las personas trans. El Daily Telegraph  otros cuantos y la basura de The Daily Mail y The Sun llevan riéndose sin parar de la posición oficial de la Iglesia Anglicana a favor de que las escuelas respeten la identidad de género de sus alumnos.

Titulares del estilo “Los niños ya pueden llevar tiara” o intentos de sembrar el pánico porque una Drag Queen visitó, creo que una escuela infantil, para enseñar a los niños y niñas que hay vida más allá de los piratas y las princesas, los futbolistas y las enfermeras han vuelto a generar el miedo para muchas personas trans.

Precisamente en un día tan señalado como el de ayer una de las mujeres que más está luchando contra los derechos trans en el mundo y cuyas hirientes opiniones, si no fuese porque en seguida resultan de todo evidente que son el producto de una mente desestructurada por el propio odio del que se alimenta, tuvo la oportunidad de vomitar su bilis en los micrófonos de Radio 4 de la BBC.

La conclusión general sobre todo este debate mediático es que si bien cada vez hay más voces aliadas que piden la plena integración y defienden los derechos y apoyan nuestra causa en nuestros lugares de trabajo y en la calle, la oposición cada vez se hace mayor y más fuerte a través de una, en mi opinión, equivocada intención  de favorecer la libertad de expresión, que solo alimenta el odio a la gente trans y produce alianzas tan ridículas y extrañas como la de destacadas líderes de la secta de las  lesbianas feministas radicales con los hombres más duros del ala extrema del Partido Conservador.

Por suerte, una simpatiquísima detective de Scotland Yard trans nos recordó  que ni ella ni sus colegas, ni nadie en el cuerpo de policía estaban dispuestas a que alguien en su “fucking town” fuesen victimas del pánico o del miedo a ser nosotras mismas, admitiendo, eso sí,  que todavía quedaba mucho por hacer para convencer a todas las víctimas de los delitos de odio que debían denunciar a sus atacantes.

Aun así, con todo esto, muchas mujeres trans que hablaron, cantaron de forma magistral, o contaron sus propias historias prefirieron quedar en el anonimato por miedo a lo que se pudiese decir ellas.

A mí no me queda más remedio que respetar su decisión y solidarizarme con ellas ya que ayer Nacho, y no Verónica, atendió al Memorial por la inseguridad que le producía cruzar todo Londres a hora punta en transporte público.

Aunque sus amigas, Kitt, Mair, Vanessa y Samantha le habían dicho que todo saldría bien, y Rebecca ya la había hasta convencido del todo, el tener que coger un bus en una calle oscura le resultó a última hora algo demasiado difícil.