Los caprichos de los ignorantes desalmados

nacho diaz

Nacho Díaz.

Tal vez porque la horrible aerolínea con la que viajo a Galicia no permite que mi gata Eliza me acompañe a pasar las navidades con mi familia y, tal vez, porque una vez allí me veré obligado a hacer toda clase de reverencias y honores a Michi, el tremendamente mimoso y consentido gato de mis padres, todos los años por estas fechas no puedo dejar de pensar en todos los gatos y gatas que esperan un hogar de adopción o, lo que es peor, en todos aquellos que perderán sus casas cuando sus dueños se cansen de ellos.

Según la Asociación Fundacion Affinity  el 40% de los gatos regalados estas navidades serán abandonados antes de abril. Solo un 45% de ellos volverán a encontrar un nuevo hogar.

Si la idea de comprar un gato cuando hay tantos y tan bonitos esperando un lugar de adopción  donde les aguarden con cariño es de por si, con perdón por la expresión, una pijada, la idea de abandonarlo es, reafirmándome  en cambio mucho en lo que digo, una jodida cabronada.

Nosotros no elegimos a los gatos. Los gatos nos eligen a nosotros y de eso nos damos cuenta cuando sentimos el flechazo en el momento en el que nos clavan su mirada nada más conocernos para darnos su “si quiero”.

A partir de ahí somos responsables de ellos.

Por este motivo regalar “un lindo gatito” sin que este conozca a su futuro dueño es una traición, algo así como regalar un vestido de novia a una novia que ni lo espera, ni se lo imagina o, lo que es mucho peor si cabe, darle al minino un revolver cargado para que juegue con él a la ruleta rusa todos los días de su vida.

Como ya he dicho, más de 40.000 balas detonarán  la mala suerte de otros tantos gatos antes de la Semana Santa del año que viene si no hacemos algo para remediarlo, haciendo ver que el mejor y más tierno regalo que se pueda hacer es en realidad un compromiso con una vida, que puede durar hasta 18 años y requiere entre otras cosas atención veterinaria y cuidados muy minuciosos diarios, además de atenciones detalladas y, en muchos casos, conversaciones, cuando no serenatas, nocturnas al lado de la almohada.

Al margen de todas estas generalidades también hay que tener en cuenta el carácter especial de cada gato y sus peculiares manías. Sobre eso se podría escribir mucho pero como no me siento T.S. Elliot me gustaría desde aquí recordar, sin dar nombres, al gato de unos buenos amigos míos de muy buena familia que tiene por costumbre, literalmente, mearse en la cama de la habitación de invitados si quienes la ocupan no les cae bien.

Pese a esta pequeña contrariedad el gato era tan querido que a la pareja nunca se le ocurrió deshacerse de él sin importarles la suerte de sus huéspedes.

Por el contrario estoy seguro que otras personas por menos, echarían a un gato a la calle después de que este arañase las patas de las sillas, destrozase el sillón de cuero o se cagase casi todas las mañanas en el fregadero como protesta por tener un desayuno tardío y así acostumbrar a sus dueños a madrugar para tenerlo contento.

A todo esto hay que añadirle además el problema de las pulgas que siempre acaban llegando y son peores que las siete plagas de Egipto juntas. El pobre animal, por supuesto, no tiene ninguna culpa pero todos a su alrededor tendrán que sufrir unas horribles y costosas consecuencias que no solo obligan a fumigar toda la casa, vaciar todos los armarios y estanterías, empaquetar todos los cajones, y asumir que mejor hubiera sido una mudanza al Polo Norte antes que enfrentarse a tan grande peste que produce unos picores similares a las mordeduras del mismísimo diablo.

Otra de las grandes extravagancias  de los gatos es su enorme y especial sentimiento de gratitud y su manera de demostrarlo.

Aquí en Londres no es muy raro despertarse con un ratón muerto junto a las zapatillas que él haya cazado como muestra de afecto incondicional.

En las casas con jardín su generosidad se hace todavía más grande no siendo pocas las veces que dejan sus descomunales ratas en la cocina para mostrar que están contentos por el trato recibido o, también, alguna que otra culebra o algún que otro pajarillo poco afortunado y descuartizado.

Con todo esto los que amamos a los gatos encontramos siempre motivos nuevos para seguir queriéndolos.

En mi caso mi amor por Eliza se hace cada día más grande cuando al llegar a casa después de trabajar  la veo desde la calle, medio tapada por las cortinas de mi tercer piso, esperándome a que abra la puerta para así poder cenar juntos.

Si bien el saber que esta Nochebuena no llegaré a casa me obliga a pensar en todos esos gatos que serán capricho de ese día, queridos e idolatrados un breve instante, para después ser expulsados de sus paraísos por incomprendidos, el saber también que Eliza estará en las mejores manos me reitera al afirmar que cuando un gato pierde su hogar, pierde también su mejor compañía y el mundo que eligió por la estúpida irresponsabilidad de algunos miembros de la raza humana.