Los jefes de la nada

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nacho diaz

Nacho Díaz. 

El estado de involución general en el que todos estamos inmersos, que lleva camino de crear un nuevo orden global victoriano, ha hecho que esta mañana no supiese si quería poner a reír a carcajada limpia o, más bien, ponerme a llorar buscando el amparo de mi madre.

La culpable de mi desconcierto no pudo ser otra más que la musa de todas mis angustias, la razón de todos mis miedos y la fuente de mis  desconciertos inmensos, la cual se presentó esta vez intentando mostrar sus sentimientos humanos.

Al parecer, en algo que todavía no tengo claro si fue fruto de una epifanía personal o un puro lavado de imagen, la Primera Ministra Británica declaró su firme compromiso para acabar con los “jefes avariciosos” y así garantizar  que todos los trabajadores recibieran salarios justos.

Su propuesta al principio me sonó bonita pero no tardé mucho en darme cuenta que, en realidad, en un país donde no hace mucho tiempo daba ganas y gusto trabajar porque se premiaba y valoraba el esfuerzo, en la actualidad el cáncer de la avaricia y los virus de la codicia del capitalismo salvaje han drenado las fuerzas  de la motivación dejándolas casi inertes.

Echarles la culpa a los “jefes” no tiene ningún sentido porque estos no admiten culpas. Simplemente alegan razones de budget y les da igual quien venga o quien vaya con tal de que los números les cuadren a fin de mes.

Si no les cuadran, recortan, exprimen un poco más a los pocos que les quedan fieles, y siguen tan panchos con su ajetreo.

No hay humanidad, a penas contacto, y todo concluye sin un mero “gracias por el esfuerzo” cuando, no hace mucho, todo era lo contrario y a los trabajadores se les hacía sentir que pertenecían y se les quería.

La subcontratación, la externalización, la flexibilización o cualquier otra reinvención de la contratación laboral  ha generado un sistema de putrefacción, donde los “jefes” y gestores de la nada crecen como bacterias destructoras de la digna necesidad humana de realizarse mediante el trabajo para superarse en la vida.

Esta necrosis burocrática de la esperanza,  regidora de la industria de selección anónima  e impersonal del mercado laboral, otorga cada vez más trabajos desprovistos de sentido a los que de verdad valga la pena guardar apego porque a el hombre, o a la mujer que los desempeñan nada les une ni les hace sentir orgullosos al privarles de su  derecho innato al progreso.

Todo está tan bien diseñado y despersonalizado que quien toma la decisión de contratar piensa que el producto o el servicio seguirá viviendo por sí mismo sin importarle un bledo quien ayude a producirlo, a sacarlo adelante, o a mantenerlo.

De algún modo esto me hace pensar que el capitalismo es algo así como un sistema de explotación de bienes bastardos, puestos en el mercado por alcahuetas y hombres que usaban sus servicios para después, cuando los niños no deseados se engendraban, poder cobrarse sus réditos producidos con  grandes esfuerzos infrahumanos  en las infames workhouses victorianas, donde eran explotados hasta la saciedad por tediosas labores repetitivas y monótonas que no hacían nada por mejorar su calidad de vida, manteniéndolos encerrados hasta la eternidad.

Tal miseria, que no debe ser muy diferente a la de la precariedad española  actual, me hace también  recordar una época trágica de la historia donde se afirmaba que “El trabajo os hará libres” muy a pesar de que tanto como de las workhouses,  como de las jaulas de hierro de la burocracia actual, como de los campos de concentración, no se podía salir por mucho que alguien buenamente lo intentara al encontrar siempre bloqueadas las vías de escape por los propios sistemas de gestión que necesitaban  la miseria como razón última de su existencia

Por este motivo creo que Theresa May  ha errado de nuevo al no darse cuenta que los “jefes” a quienes criticó están tan enjaulados como el que más en un sistema condenado al fracaso, ya que son los principales responsables de la creación de una gigante y muy lucrativa nada, carente de cualquier tipo de valor humano y por tanto solo capaz de retribuir  falsas quimeras de progreso que ellos, no obstante, disfrutan en sus cada mas áridos oasis en medio de infortunios.