La millenial que no lo amó

Nacho Díaz.
La verdad es que a un hombre que cuando tenía 9 años se enamoró loca, perdida, y platónicamente al ver al Comandante James Bond, vestido con su uniforme de la Royal Navy, después de asistir a su propio entierro, presentándose ante su jefe M en un submarino como si nada hubiese ocurrido, cualquier tipo de critica que reciba su héroe le va a hacer sentir, con razón, enojado.
La crítica en este caso era la de siempre y tachaba a 007 de misógino en un artículo de un periódico de domingo, advirtiendo que un grupo de millennials influyentes querían borrarlo de la faz de la tierra.
Sobre tal acusación se han desbordado tantos ríos de tinta que solo me queda decir que, para mí, las chicas Bond fueron los primeros modelos de mujer en los que me fijé.
Esto no lo digo por su belleza sino más bien por el papel que todas jugaron para ayudar a salvar el mundo y sus características personales en una época donde la súper hombría de Bond parecía eclipsar todo lo demás.
Aunque no hubiese nacido cuando las películas de Connery arrasaban en taquilla si recuerdo muy bien a la espectacular Honey Rider (Ursula Andress en Dr NO) defender su carácter de libre autodidacta al hacer hincapié en que había leído casi todos los tomos de una enciclopedia muy prestigiosa de aquella época.
Para mi aquello no sonó a piropo fácil del tipo “chica lista con cara bonita”. Por el contrario me pareció un ejemplo de cómo una mujer que había sido privada de una educación había aprendido a leer y escribir por si misma para abrirse camino en la vida.
Siendo todavía más sinceros debo decir que la gran Pussy Galore (Honor Blackman en Goldfinger) me dio a entender que “mi comandante” era capaz de todo ya que cuando éste la rescató de su “lesbianismo militante”, consiguió no solo salvar las reservas de oro de Fort Knox sino, también, liberar a sus acólitas del odio a los hombres, haciéndolas mujeres de bien.

Pussy Galore y su Flying Circus.
Esto que cuento con una sonrisa en la boca forma parte del James Bond más homoerótico y camp. Ese que, por ejemplo, fue víctima de la Número 5 de SPECTRA, en Operación Trueno, cuya única misión en la vida era destrozar su virilidad, demostrándole que a ella no había hombre que la pudiese hacer gozar, o ese que también tuvo que enfrentarse a la malvada Número 3, quien pretendía que 007 sedujese a una agente rusa para después arrebatársela de sus brazos en Desde Rusia con Amor.
Por lo que a los gais se refiere también debería decir que una pareja de asesinos ruines trataron de asesinar Bond y que tanto sus métodos, como sus maneras eran de los más extravagantes, rozando lo cómico en Diamantes para la eternidad.
Esto tampoco lo cuento como una crítica ya que, aunque quisiese no podría hacerlo, por haber escuchado en más de una ocasión que el magnífico Ian Fleming era uno de los nuestros.
Un escritor atormentado, reprimido, y en el armario que se bajaba una botella de ginebra al día y fumaba más de 60 pitillos de la mañana a la noche
Para ser más concreto incluso en lo que digo también me gustaría señalar que cuando a Fleming le propusieron llevar a su personaje al cine su primera elección fue la de escoger a su mejor, más fiel, e inseparable amigo Noël Coward.
Por desgracia, por no ser Coward heterosexual todo se quedó en aguas de borraja ya que el símbolo de la quintaesencia inglesa no podía ser interpretado por un homosexual.

Ian Fleming.
Perdurando como perdura entre muchos la imagen facha de James Bond, como perdura la misma entre los toreros españoles, no es de extrañar que algunos británicos no quieran saber nada de él.
A pesar de que soy incapaz de defender a ningún torero siempre que puedo defiendo a James Bond por creer que, en realidad, su actitud con las mujeres no fue nada más que la vía de escape utilizada por Fleming para aniquilar sus tormentos de vieja reina encarcelada en si misma a través de la ficción.
Aunque solo sea por solidaridad y haber estado de alguna manera en su situación el esmero puesto en su esfuerzo bien me merece una consideración remarcable.
Hace no mucho en un coffee break en mi trabajo sin saber cómo nos pusimos a hablar de James Bond y una millennial dijo justo lo que yo no quería oír.
Cuando intenté explicarla porque creía que estaba equivocada otro compañero me dio la razón aludiendo los mismos argumentos que acabo de esgrimir y, además, añadiendo algo que yo no sabía.
Una de las portadas de las primeras ediciones de Vive y deja morir tenía un dibujo de lo más sugerente mostrando a un James Bond a punto de ser sodomizado por un afrocaribeño de proporciones inmensas.
En ningún momento por lo que pude entender esta ilustración sugería tormento, pero si mostraba que el héroe tenía el mismo corazón humano que lleva mostrando a todas sus compañeras de aventuras durante décadas, protegiéndolas y queriéndolas de un modo, que tal vez pueda ser considerado egoísta, por tan solo querer buscar la salvación de su autor.
Eso no podría ser un delito en los tiempos que fue escrito sino, por muy crudo que hoy en día parezca, un mero instinto de supervivencia.