Suicidio

carolina diaz

Carolina Nve Diaz San Francisco

De camino a Humanes, el pasado mes de enero una persona se tiró a las vías del tren en el que yo iba, y el caso resultó ser un incordio, noticia tardía e invisible, y de lo más común.

Cuando el tren paró en Leganés, se nos pidió a los pasajeros que bajásemos. Se anunció que los servicios de los trenes de Cercanías entre Leganés y Humanes quedaban suspendidos hasta  nuevo aviso.

Los pasajeros se quejaron, yo incluida. Ya era tarde, y cada cual quería llegar a algún sitio. Yo la primera. Yo estaba de visita. Había vuelto a Madrid desde el extranjero para visitar a mi padre y a familiares guineanos. Esa tarde la había pasado en el centro de Madrid, y ahora que regresaba, me encontraba con el caso del suicidio y además perdida en Leganés.

La estación de Leganés era caos. Había policías, ambulancias, guardias de seguridad, incluso bomberos y cientos de personas que dejaban el tren parado. La multitud en la estación se encontraba casi sin movimiento y en grupos. Observaba como aquellos desconocidos pensaban en lo que harían y donde irían. Se comentaban el suceso, y con sus teléfonos móviles hablaban sin parar sobre la sorpresa y el disgusto que tenían encima.

“Por culpa de uno que se arrojó a la vía,” “no vamos a poder llegar a tiempo.” Se escuchaba, “se podía haber colgado de un árbol.”

Y así, envuelta en ese ambiente que clamaba que el suicidio aquel había sido un incordio, conseguí espabilarme y moverme por entre el gentío para encontrar medios y llegar a la casa de mi padre.

El suicidio aquel no llegó a ser la noticia más importante de la tarde. “Hay partido,” me dijo el taxista, “hoy juegan el Leganés y…”. Aquel hombre joven que me llevaba a Humanes, por fin, después de una hora de espera, me aseguró que no se había enterado del caso del suicidio. Aquella tarde era bastante importante para los fans de fútbol porque un partido madrileño jugaba en casa, en Leganés. Me eché para atrás en el asiento trasero del taxi.

En casa tampoco se sabía nada. Yo había llegado nerviosa. Para mí, aquello había sido terrible. Una persona había acabado con su vida ese día. Su muerte se había cruzado en mi camino.

Se encendió el televisor, y también la radio de la cocina. Las noticias se enfocaban en el partido de la tarde.

“Es común que esto suceda, hija”, me dijo mi padre, “los suicidios en las vías de los trenes son comunes. No es la primera vez que pasa.”

Al día siguiente vi la noticia en los medios, no obstante, para mi sorpresa, ya la he perdido. No la localizo. Ahora quizás puedo concluir que el suceso que viví en Leganés es de lo más común, una noticia entre tantas. Me lo creo.

Resulta que leyendo e investigando sobre el caso, descubro que en Madrid ocurren a menudo muchos arrollamientos por convoyes, los llaman, o trenes de Renfe o de Metro. Los medios a mi alcance comentan que a veces se registran en un mismo día en Madrid dos casos de ciudadanos alcanzados por un convoy y que provocan cortes de tráfico en las líneas de Cercanías, suspensiones, y demoras.

Lo más interesante es conocer el hecho de que en la mayoría de los casos de arrollamientos, no se especifica si han sido estos sucesos de suicidio o accidente. Estos accidentes, aprendo, no se cuentan a veces como suicidios. En España, hay más casos de suicidios de lo que se admite.

Asique percibo que los trenes en Madrid sufren a menudo problemas técnicos que conllevan a innumerables retrasos, y a veces a muertes accidentales, pero que también existen muertes de individuos que son en realidad suicidios encubiertos que no se han contabilizado como tales. La mayoría de estos casos involucran a personas que quieren acabar con su vida.

Ahora, me pregunto, ¿cuál es el problema? ¿Por qué existen tantos casos de suicidio? ¿Por qué llegan estos a ser tan comunes que se convierten al final en incordio y noticia tardía e invisible?

El número de los casos de suicidio y su presunta normalidad en los barrios madrileños son tan altos que, como leo, los maquinistas ya los consideran como gajes del oficio. Se comenta que al menos un ochenta por ciento de los conductores de trenes atropella al menos una persona durante su trayectoria como maquinista. Se comenta que no se puede hacer nada para evitarlo.

Los casos de suicidio son tan comunes que incluso ya existe un protocolo establecido al respecto. Ya se sabe qué hacer.  Los bomberos, por ejemplo, son los primeros que tocan el cuerpo. Después de que el maquinista haya activado previamente el estado de emergencia y los haya llamado, estos son los encargados de sacar los cuerpos que se han quedado atrapados debajo de los trenes.

El colectivo implicado en un suicidio como el que viví en Leganés incluye al cuerpo muerto, al maquinista, al equipo de bomberos, policías, forenses, jueces, a la familia y conocidos del fallecido o fallecida, pero también a personas como yo, visitantes que observan el suceso desde una lejanía relativa.

Así pues, como observadora, creo que ante estos hechos y ante nuestras preguntas consecuentes, necesitamos más información y más discusión crítica en los medios sobre el suicidio y estos casos. Mi experiencia como visitante y pasajera sugiere que me olvide del cuerpo muerto atrapado bajo las vías del tren en el que iba hacia Humanes. No importa. Es un incordio, noticia tardía e invisible, y de lo más común.