Mejor que Bob y Joan

nacho diaz

Nacho Díaz.

Nada, absolutamente nada, me podría hacer pensar de antemano que un concierto de folk iba a resultarme una experiencia  tan positiva, reveladora y enriquecedora, ya que no entiendo nada sobre ese tipo de música  y además me solía traer muy malos recuerdos.

Hace tiempo que deje de intentar escuchar a Dylan porque no se que dice y, del único concierto de Joan Baez al que asistí  hace 12 años, salí disparado  a la mañana siguiente al  psiquiátrico para quedarme de huésped un par de semanas por última vez.

Además, confesando esto de mis más hondos e ignorantes prejuicios, siempre había pensado que la estética del folk estaba unida a un consumo de drogas y alcohol, del tipo perdedor sin redención, que no podría compartir jamás pues todo lo asociaba con un estilo de vida y una cultura deprimentes.

Por todos estos motivos estuve dando largas y poniendo las escusas más raras que me podía inventar durante casi dos años para no asistir a ningún concierto del cantante Steve Dagleish, quien para decirlo lo más claro posible, acabó por abrirme los ojos al mundo del folk inglés, el cual deseo explorar ahora con todos mis amigos que no paran ya de decirme aquello, tan cierto y tan de su tierra, como que  The penny has finally dropped.

Supongo que el poder entender desde la primera palabra de su primera canción hasta la última con la que cerró su actuación me ayudó mucho a comprender lo que de verdad significaba el folk.

Entre ellas, la canción que le dedicaba a su padre por pasarse horas enteras viendo westerns en la TCM, u otra que hablaba de hacerse mayor, me quitaron por siempre la venda de los ojos al no poder encontrar en ellas ni una pizca de la tristeza que me temía pero si, en cambio, muchas historias del día a día, cantadas y contadas de una forma que nos hacía a todos  protagonistas, obligándonos a confesar que eso era así y además no tenía nada de malo.

Steve y Carolyne

Steve y Carolyne

De este modo y sin darme cuenta me vi bien recibido en una comunidad folk de la cual Steve era su bardo.

Durante unos breves instantes sin saber porque la mente se me llenó de manzanos ingleses y llegué a plantearme si de verdad me apetecía una sidra aunque no me gustase esa bebida, recordando la época en que mi abuela Amelia en su casa de Cabañas regalaba las manzanas maduras y a punto de pudrirse a quienes se las pedían atraídos por su reputación.

A lo mejor, el momento que Steve dedicó a un amigo con el que solía robar manzanas en su Yorkshire querido de niños me hizo sentir una pena ingenua porque yo solo tenía que subirme a los arboles para cogerlas sin miedo a que me cazaran.

Pero aun hubo momentos más especiales.

Cuando la escritora y fotógrafa  Carolyne Locher, pareja de Steve en la vida real, subió al escenario para acompañarle aterricé  de nuevo a mi infancia recordando unos amigos pelirrojos que tenía, muy a pesar de que la cantante fuese rubia.

Su voz tan dulce y su manera tan femenina de mover los brazos y las manos como haría cualquier niña de forma natural que estuviese recibiendo sus primeras clases de canto, me devolvieron de lleno a un lugar muy especial para mí donde solíamos buscar fresas salvajes entre las zarzas, a pesar de que fuera el día mas frio del año y el concierto se hubiese casi cancelado por estar haber estado Londres casi incomunicado y en estado de emergencia.

Sin duda, la calurosa puesta en escena con una iluminación rojiza que me trasladó  a los atardeceres únicos de la Ría de Ares donde el cielo arde para evocar lo bello que debe ser el infierno, me hizo apreciar todavía más el espectáculo que estaba viendo de exaltación a una vida de la que todos conservamos su sabor en la ciudad, aunque los frutos no cuelguen ya de sus ramas a pesar de que, algunas veces y en algunos sitios, se puedan encontrar como por arte magia escondidos tras el asfalto.

Sobre esa puesta en escena impecable no debería dejar de contar que no solo me lo pareció a mí, profano en la materia, sino que al escritor y perfomer Jon Lane le recordó también a su primer trabajo cuando todavía era estudiante y su profesor Robert Leach le encargó que se hiciese cargo de dirigir la iluminación, el sonido, y el escenario en la retrospectiva que el Midlands Arts Centre dedicó a Ewan MacColl, figura clave y revolucionara del folk inglés.

Como al profesor y al cantante ganador de un Emmy, creo que por haberle compuesto a Carole King esa obra de arte que es The First Time Ever I Saw Your Face, les unía una gran amistad pienso que no exagero cuando afirmo que Steve Dagleish mantiene el espíritu tradicional del folk desde que allá a principios de los noventas decidiese abandonar su exitosa carrera en la City para dedicarse a cantar.

Algo que hace muy bien a pesar del sonado tropiezo de su primer concierto cuando, literalmente, borracho de alegría y cerveza tibia  por haber conseguido que le pagaran por cantar se cayó del escenario nada más comenzar llevándose por delante a unos cuantos espectadores o, también, cuando en su segunda oportunidad quien le contrató  le dijo, como a mí me pasa con Dylan,  que no había entendido ni una sola palabra.

Con todo esto vengo a decir que cuando se canta claro las cosas se entienden y se pueden por fin empezar a valorar como se deben con o sin un trago de más.