El verdadero pecado original

nacho diaz

Nacho Díaz.

El pasado 8 de Marzo fui por primera vez en mi vida a un restaurante vegano. Al saber que las especias iban a afectar a mi colon irritable, diciendo esto desde mi más sincero respeto, solo pude unirme al júbilo de mis  acompañantes tras el magnífico ritual que habíamos practicado brindando con algo que me sirvieron como “café de cereales”.

La ocasión lo merecía y la velada fue estupenda.

Hacía años que no practicaba ningún ritual antropológico radical con un grupo que frecuentaba en mis años de universidad cuando, a medio camino entre la locura más absoluta y la necesidad de encontrarme a mí mismo, acudía a fundirme con las voces del Amazonas en aquellos lejanos tiempos del Another World is Possible para escaparme del ruido de las manifestaciones en la calle y encontrar la paz.

En esta última ocasión caras nuevas y viejas nos volvimos a juntar para “Rugir por el Matriarcado” (Roar 4 Matriarchy)

Gritos y rugidos hubo unos cuantos y más de una acabó por perder la voz de todo pero no las ganas de vibrar.

Yo rugí lo que pude aunque, para variar, fui incapaz de sincronizar mi voz con el resto, pese a los diez minutos de ensayo previo, por lo que decidí reservar mis energías y esfuerzos para la invocación final a la madre tierra la cual  yo siempre llamé “La Rueda de la Vida”.

Ese es el momento sagrado en el que tras invocar y ser poseídos por las fuerzas de la naturaleza el círculo se abre y empezamos a girar sobre nosotros mismos, apoyándonos en los otros, como peonzas sin rumbo pero con un eje común emanado del centro de la tierra que es el único lugar en verdad posible desde donde llegar al mundo.

Nada más comenzar, cuando tuve que mirar fijamente a un extraño a los ojos y abrazarlo, volví  a sentir la misma sensación que sentí hace 15 años en Connaught Hall cuando una antropóloga me liberó del miedo a cantar como se canta en el Amazonas, por haber sido estúpido y creer que me había metido en una secta sin saberlo.

En aquel preciso instante mi percepción cambió después de que marchando en corro, incapaz de cantar desde mis más profundos adentros, ella sujetó mis manos haciéndome dar una palmada que borró mis miedos y me fundió al unisonó con el resto de los presentes.

Ese fue mi primer trance sin usar sustancias psicotrópicas y, para ser del todo sincero, el más placentero y el que mejor me  sentó en toda mi vida.

El saber que mis amigas antropólogas están repartidas por el mundo triunfando en sus carreras profesionales me hizo entregarme de nuevo en las puertas de la School of Oriental and African Studies (SOAS), como ya lo había hecho en el pasado en diversos lugares.

Esta vez me acompañaban dos brujas que también sintieron lo que sentí yo una vez, haciéndose sus poderes más grandes mientras permanecíamos inmóviles al ritmo de los tambores, sujetando nuestras manos, contagiándonos los unos a los otros de nuestras respectivas fuerzas para ser más poderosos que los padres celestiales que intentan, sin conseguirlo, atormentarnos , a veces con mucho empeño, pero casi nunca sin conseguirlo del todo porque la madre tierra nos ampara, representa y enseña que hacia arriba poco o nada hay que mirar por haber solo mitos y leyendas basadas en la angustia.

En el cielo solo está la idolatría, el miedo y la coacción de obedecer o tener que perecer sufriendo.

En la tierra, en cambio, está el autentico valor infinito de la creación, las puertas que nunca se cierran y los caminos eternos que tan solo pueden alumbrar nuevas vidas con cada paso que damos convirtiéndonos en todo aquello que queramos ser, sin tener que dar las gracias a un Dios que no existe, ni ha existido, ni podrá existir jamás por ser tan solo una fantasía cruel de hombres conquistadores, capaces de matar a sus propios hijos con el único  fin de extender sus dominios toda una eternidad.

La tierra genera y transforma vidas. El cielo, por el contrario, las termina nada más éstas se engendran al hacerlas sus esclavas con las cadenas de su divina providencia.

Ningún dios padre que se imagine en el cielo puede hacer realidad nada de lo que se le atribuye por la sencilla razón de que ni puede gestarse a sí mismo ni tampoco  darse a luz aun cuando toma forma de paloma para recalcar su pureza rozando los limites de algo, que a primera vista, parecería bestialismo pero que sin embargo muchos ven como un misterio casi poético.

Sin querer ofender a nadie, escribo esto simplemente para decir que allí donde el Dios Padre ha ido el matriarcado ha sido aniquilado.

Sé que hay otros dioses que han sido menos malos y, algunos, hasta buenos. Pero el dios católico no lo es ni podrá serlo jamás porque siempre se ha propuesto dominar la tierra donde lo inventaron mediante el control de la fertilidad para así cerciorarse que nadie descubriese que hubo alguien antes que él y ese alguien fue mujer libre.

Lo que sus hijos hicieron, traicionándola al querer buscarse un padre en su afán  de hacerse más poderosos que ella solo fue, en realidad, el matricidio que creó el pecado original.