Un punto y aparte

nacho diaz

Nacho Díaz.

Llevaba una temporada en la que nada remarcable pasaba en mi vida. Extrañas alergias de primavera me tenían consumido en un cansancio constante del que no era capaz de salir por mucho que lo intentase.

Ni los mejores cafés de maquina  camino al trabajo, ni los mejores cafés solubles en la oficina conseguían despertarme de un malestar tan angustioso y letárgico que me impedía leer más de dos páginas seguidas en el metro sin que me estallase la cabeza.

Por mucho que lo intentase hasta el mismísimo Howards End  a veces me parecía una tarea imposible además de un mero panfleto colonialista que, en  muchas ocasiones, me hacía llevarme las manos a la cabeza pensando en las razones que Mr Wilcox, un nauseabundo personaje, esgrimía para justificar la ocupación africana.

Confesándole a una amiga mía profesora de estudios culturales el rechazo que me producía leer tal libro ella me dio la razón añadiendo que, pese a ser británica  y ser tal obra un clásico de la literatura de su país, no podía dejar de sentir la misma mórbida ambigüedad que yo.

Otra amiga mía, profesora de literatura jubilada,  cuando le conté que iba a empezar a leer este libro de E.M Foster me dijo  que nunca había tenido tiempo, ni ganas para sumergirse en ese claro ejemplo de clasismo descarado.

Ahora mismo voy por la mitad del libro, he pasado un fin de semana en cama, bebiendo solo te con leche, y estoy empezando a darme cuenta que necesito un break de la cultura inglesa y, si alguien me apura, diré que  hasta de la del mundo moderno en general.

Sé que Howards End  es un producto de su tiempo y que todas las referencias negativas a Alemania eran el reflejo de los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial, cuando la misma prensa sensacionalista que sigue existiendo hoy en día  publicaba titulares advirtiendo que los alemanes hervían a sus recién nacidos.

Algunas de esas referencias me chocaron mucho pero como un buen amigo, oficial retirado del ejército británico para quien Foster es su autor de cabecera, me explicó todo lo malo que yo veía en ese libro se debía a la magnífica descripción  del preludio al peor y más cruento Armagedón que la historia de la humanidad haya conocido jamás.

Todas estas conversaciones me hicieron darme cuenta que ya estaba harto y que necesitaba una vía de escape para bloquear a Trump, el Brexit, Cataluña, el máster de Cifuentes, la crisis de la izquierda,  las diferencias entre la nueva y vieja política, las cuales veo iguales,  a Corbyn y el debate sobre el presunto antisemitismo en el Partido Laborista, o a Venezuela y Corea, sin dejar a un lado el monotema de la corrupción que acaba siempre poniendo la nota final a la versión 2.1 del tango Cambalache, que ya no me apetece seguir cantando.

Por todo ello he decidido darle un giro a mi vida y matricularme en un curso de griego antiguo, atraído por el enorme reto que supone para alguien como yo que no sabe nada de esta lengua,  ser capaz en un par de años de leer y comprender la propia defensa de un hombre ante un tribunal de Atenas acusado de matar a otro en el mar, sin que existiese ningún testigo a su favor pues solo él y el muerto se hallaban en la embarcación.

Durante esta odisea personal espero descubrir un mundo nuevo del que siempre tuve noticias a través de Heidegger, Nietzsche y Foucault pero que nunca pude comprender en su propio idioma.

De esta forma empiezo un nuevo proyecto que me alejará de las miserias que veo cada día en el mundo, permitiéndome crecer en otra lengua y cultura que ahora comienzo a imaginar como el mismo refugio de paz que  Leni Riefenstahl encontró cuando ya, cansada de todo, se puso a filmar peces al tiempo que, imaginando la suerte de mi pobre acusado, empezaré también de nuevo a reflexionar sobre la naturaleza humana y la de todos  aquellos que la han destrozado aprendiendo sus nombres antiguos para conseguir olvidarme de los actuales.