Ponga un muerto en su vida y ayude a un torturado

Nacho Díaz.
Desde hace un par de días llevo desayunando café, tabaco, muertes y torturas. Esta mezcla tan extraña y adictiva me ha introducido ya a unos quinientos registros de víctimas del mayor fichero público jamás creado para combatir la impunidad de sucesivos gobiernos colombianos y hacer así justicia a todos los que fueron represaliados desde 1928, con claro consentimiento del estado, impidiendo que sus vidas, cruentas desgracias, y tragedias no queden impunes debido a la manifiesta y casi patológica obsesión oficial que ese país sufre impidiéndole revisar y reconciliarse de verdad con su memoria histórica.
Hoy, sin ir más lejos Vidas Silenciadas proporcionaba los 158 nombres de personas que fueron torturadas, asesinadas, violadas, mutiladas, abrasadas, enterradas vivas o a quienes, simplemente, las hicieron desaparecer en mitad de la noche en un primero de mayo cualquiera, después de irrumpir en sus casas y, en algunos casos también, vejar a sus familias para dar el puntillazo final por la única ofensa de haber nacido campesinos, haberse hecho sindicalistas, conseguir llegar a tener una educación , u ofender un poquito al terrateniente de turno, o cualquiera de sus siete machos pretorianos.
Ayer hubo otros 263 nombres, creo recordar, el día anterior unos cuantos menos y hace dos en torno a los 100.
Esto no me sorprende mucho porque desde que en el 6 de diciembre de 1928 el ejército nacional acribilló a 1000 trabajadores en huelga de la United Fruit Company (la misma que le hacía regalos a Batista y al Don que inspiro el personaje de Michael Corleone) en la masacre de las bananeras, sucedida en Ciénaga, la violencia amparada colombiana se ha cobrado casi 300,000 víctimas.
Por desgracia muchas no gozan aún de un recuerdo que las mantengan vivas, ya que el archivo de Vidas Silenciadas solo contiene 40.000 registros online muy detallados, aunque me imagino que pronto, con la ayuda de quienes se apunten a colaborar esparciendo y gritando su nombre a los cuatro vientos, podrán llegar a celebrar la inmensa totalidad de ellas, impidiendo que acaben a donde habita el olvido.
Los registros por lo general incluyen, además del nombre, género, identidad sexual, nombre de los verdugos, detalles del crimen, lugar y en algunos casos fotos de las víctimas. A todo esto se le añade la afiliación política que pudieran tener, el nombre del sindicato al que perteneciesen, la universidad o escuela donde iban, el cargo público que pudieran ostentar, además de fuentes documentales acreditadas, diferentes enlaces a medios de comunicación y organizaciones, y otros datos de interés que siempre destruyen la verdad oficial.
Esta verdad no es otra que la de la de vengar la memoria de todos aquellos que fueron tildados de “terroristas”, “guerrilleros desalmados de las FARC” o “insumisos del régimen de la paz”, sin importar mucho que estas víctimas en la vida hubiesen pensado en coger las armas, defendieran la justicia con poesía, escribiesen ensayos políticos en sus primeros años de carrera, los cuales solo podrían ser comparados con inocentes leninismos, en el peor de los casos, o inspirados y esperanzadores trotskismos , además de no conocer mayor logro revolucionario que el de luchar por derechos humanos fundamentales, o tuviesen un color más oscuro de piel o, incluso, se pusiesen delante de sus hijos, compañeros y amigos para que estos pudiesen esquivar las balas, sacrificándose como escudos humanos ante la clara amenaza de los paracos al servicio de otro cacique más.
Ni que decir tiene que los verdaderos terroristas son siempre aquellos que acuden a las armas para imponer su ley, sin más razón ni autoridad que la nacida de su propia voluntad de subyugar a los más débiles, con el apoyo de quienes los protegen a cambio de dinero y otros intereses espurios para perpetuarse en cualquier forma de poder.
De otra forma ¿cómo sería posible explicar que los grupos paramilitares que llevan acribillando a la población civil para defender los intereses de los terratenientes y empresarios colombianos no hayan dejado de existir y estén ahora mismo envueltos en un proceso de rebranding, imponiendo sus fines represivos con igual o mayor fuerza?
Este claro ejercicio de marketing bélico ha vuelto a legitimar la violencia encubierta por el estado desde 1928 negando no ya solo la paz a los que siguen siendo oprimidos sino, lo que es peor, aumentando el número de muertos que osaron criticarlos y condenar su legitimidad sostenida por el miedo y la violencia.
Cifras tan recientes como las facilitadas por un organismo de la ONU la semana pasada han alertado que el numero de torturas y asesinatos contra la población civil en Colombia se duplicó con respecto al año pasado, llegando a la siempre preocupante cifra de 120, en un país donde en teoría reina la paz pero donde, sin embargo, se siguen cosechando abusos e injusticias contra todos aquellos que quieren recordar a sus muertos, manteniendo su lucha y dignidad viva, para alcanzar el verdadero progreso social que no es otro más que el de lograr los mejores niveles de reparto de las riquezas.
El saber que estos 120 nombres van, por desgracia, a formar parte del archivo y que otros muchos se les van a unir me hace rogar a todo aquel que me este leyendo que dedique un ratito de su tiempo cada vez que pueda a explorar las historias de quienes ya no están aquí para contarlas, esperando que haga de ello un habito sano que lo mantendrá bien informado sobre la realidad de esa maravillosa Colombia la cual no merece el trato que le están dando ni sus gobernantes, ni sus gorilas armados.
En cuanto a las camisetas que podrán encontrar si visitan el archivo me gustaría también pedirles que no las compraran pues son tan bonitas que las quiero todas para mí.