Infierno Absoluto

Nacho Díaz.
Las casi tres horas de Absolute Hell (Infierno Absoluto) que viví hace un par de sábados en el National Theatre solo se podrían definir como la convivencia con una manada de alcohólicos sin remedio ni solución, en un manicomio, por los que nadie podría sentir simpatía ni compasión, si no fuese porque la obra estaba ambientada en un club privado del Soho en la posguerra, donde todo aquello y, más, era normal.
Desde que al principio me di cuenta que los personajes alzaban su mano al final de cada linea para pedirse un triple supe que tocaba tragedia.
Así la tuve volviéndome loco, intentando encontrar sentido a lo que carecía de ello mientras comprendía que todo cuanto personaje veía vivía encerrado en el manicomio de si mismo y que, aquel club, era su último lugar donde caerse muerto podrido de miseria.
Por no sentir no sentí ni un atisbo de compasión por las dos parejas de homosexuales que formaban algunos protagonistas de la historia.
No eran buena gente. Sus nauseabundas personalidades lejos de representar una época donde hombres llegados de todos los frentes del mundo aliado crearon la primera explosión homosexual de la historia moderna, tan solo podrían definirse como el peor ejemplo de los estragos que produce la vanidad, las desgracias que originan la falta de amor propio, y el tormento con el que ahoga la cobardia.
Hubo momentos en que esos cuatro me dieron asco.
Creo que jamás podré olvidar como uno de ellos, despidiéndose de su novio, porque creía que una mujer podía cambiarlo se negó a darle un abrazo tocándole las solapas de la manera más ruin y rastrera para marcar distancias como si, simplemente, casi siete años de relación pudiesen zanjarse con un mero “cuidate y mira por tu futuro”
Tampoco creo que pueda olvidar como otro martirizaba y golpeaba a su pareja en publico constantemente mientras perdía el culo por cualquier hombre en uniforme que se le cruzaba por el camino, borracho hasta decir basta, gastando lo que no tenía, alimentado por la gloria de una pasado muy lejano del que solo parecía quedar ya la tarjeta de miembro de este club de miserables.
Tan miserable era el sitio que la dueña no tenia ni dinero para pagar a los proveedores porque sus miembros estaban tan arruinados que le dejaban todo a deber, mientras el tejado se caía sin que nadie pudiese hacer nada para repararlo.
Agobiada por tanto caos y locura lo único que podía hacer para amarrarse a la vida era invitar a soldados para acostarse con ellos dentro de la barra mientras todo cuanto por allí pasaba robaba botellas y se emborrachaba a su cuenta, casi poniéndose en la cola para sustituir al anterior cuando ese hubiese acabado con ella.
No exagero. La escena final del primer acto en la que la dueña invita a casi treinta soldados con mascaras horrendas de animales a poseerla, dejándose bajar las bragas, fue de los más duros que haya visto en mi vida, cuando ya nada parecía sorprenderme en una obra escrita solo para describir la locura en estado puro.
No se si esta locura se debía a que la mayoría de los personajes de las altas clases después de ver como todo se les había venido abajo se enloquecían aun más al oír a las masas cantando por la calle “The Red Flag”, himno del Partido Laborista, que por esa época conseguía su mayoría absoluta, o si por el contrario plasmaba las consecuencias de; inmensurable y heroico esfuerzo y sacrificio que este país tuvo que hacer para no solo sobrevivir sino, también, ganar la guerra y, después, empezar de cero marcando a aquellas generaciones de por vida en un Londres hecho añicos.
En cualquiera de los casos creo que esa locura generalizada en esta parcela del infierno del Soho, con la excepción de personajes muy puntuales que pasaban por allí, representaba mejor que nada a todas las victimas del alcoholismo incapaces de hacer frente a su destino, exista o no exista una guerra allá fuera donde luchar por una causa justa.
Digo esto porque el final de Absolute Hell es tan patético, triste y desolador como la soledad colectiva que une a los alcohólicos donde nada existe salvo chuparse la sangre mutuamente hasta acabar los unos con los otros.
Por mucho que quisiera poder decir que a veces los alcohólicos son buena gente, el haber visto justo antes de caer el telón a la dueña del club totalmente borracha, después de todo lo que había hecho por esa panda de desgraciados, pidiendo a gritos que no la dejasen sola me hizo pensar que nadie podría caer más bajo y que, tal vez, ese sería el famoso punto de inflexión que todo alcohólico necesita para rehacer su vida.
Pero como hasta con la cortina bajada se le oía decir desesperada “esto es un infierno absoluto”, mientras seguía bebiendo, entendí que ese momento aun no había llegado para ella.
Por lo que a los demás protagonistas se refiere lo menos que puedo decir es que de verdad quise que el mismísimo Satanás se los acabase llevando a todos juntos para abrasarlos con su fuego eterno.