Un capote para Violeta

nacho diaz

Nacho Díaz.

Como a despistado no me gana nadie ayer me llevé  una gran sorpresa al enterarme por casualidad que los famosos Ealing Studios estaban a menos de diez minutos de donde suelo tomar café antes de ir a trabajar.

Tal descubrimiento no hubiera tenido la mayor importancia si no fuese porque durante la semana pasada reviví gracias a La violeta del Prater, de Christopher Isherwood, toda la divertida y, a veces, cruel locura sin remedio de la industria cinematográfica inglesa allá por los años 30 en mis largos viajes en metro hasta el Oeste de Londres.

El libro me hizo reír desde la primera página, en la que Isherwood contesta el teléfono mientras intenta desayunar tranquilo con su madre, y se entera que un temperamental  director judío, austríaco , y exiliado quería que le ayudase a escribir su gran obra maestra la cual, en realidad, según mi entender, resultaba ser un poquitín  más disparatada que las apasionadas aventuras románticas de Sissi Emperatriz.

La relación que se forja entre ambos protagonistas desde un principio está  llena de pequeñas genialidades de humor exquisito y refinado y es todo un claro ejemplo de como los extranjeros vemos e imaginamos a los ingleses cuando llegamos, narrado por un inglés que se marchó de su país porque estaba harto, no dejando de extrañarse por cosas tan elementales que ninguno de sus compatriotas darían la mayor importancia pero que fascinan tanto a la gente que venimos de fuera.

Para ponerlo en términos modernos, por ejemplo, hace no mucho se extendió la moda entre estudiantes asiáticos  de ocupar con apresurada antelación  todas las salas de las residencias universitarias donde había  televisiones, y algunos que otros bares, para ver el Canal del Parlamento  incluso  en las noches que había fútbol europeo con equipos ingleses jugando.

La obsesión en algunos casos llegó a ser tal que en muchos sitios se montaban guardias con tres personas desde muy temprano relevándose cada dos horas.

Algo así le pasaba al bueno del director  Friedrich Bergmann, que sin estar remotamente cansado después de pasarse catorce horas al día escribiendo con Isherwood, salía  por la noche a preguntar a la poca gente que quedaba por la calle la historia de los monumentos con los que se encontraba, sin que nadie pudiera darle explicación alguna.

También, tras conocer al productor de la película Isherwood narra como su inesperado amigo percibe la quintaesencia del carácter patrio a través  del cada vez más olvidado símbolo nacional que fue el paraguas.

Un utensilio que ya no se ve tanto por las calles pero que en aquellas fechas parecía ser, una manera de afrontar y protegerse de las adversidades sujetándolas   firmemente con las manos, como quien controla el destino sin inmutarse por creerse que lo tiene al alcance de un dedo,  sin saber que las bombas pronto empezarían a caer y que para ellas no habría refugio posible.

Isherwood acababa de llegar de Alemania, donde escribió los dos libros en los que más tarde  se inspiraría   Cabaret, huyendo de Hitler, y comprendía muy bien lo que Bergman estaba pasando.

Sin embargo los ejecutivos del estudio no.

A nadie parecía importarle que en plena anexión cuando empezaron los primeros ataques contra los judíos el director pudiese estar preocupado por la suerte de su familia o sus camaradas de partido.

Tampoco a nadie parecía importarle sus claros presagios sobre la guerra inevitable e, incluso, en un delirante monologo sobre la desdichada suerte de los acusados en un juicio contra líderes comunistas  austríacos, con la lucidez que solo se le aparece a quienes están al borde del abismo Bergman, en gloriosas y sabias palabras de Isherwood, continua lamentándose de la inútil parsimonia de quien se siente seguro bajo un chaparrón aunque este en la mismísima  intemperie.

En cuanto a la suerte que los dos corrieron en el estudio solo puedo decir que eso merece otra columna a parte, y que Bergman no pudo dejar de pensar en Austria mientras que Isherwood hacía  todo lo posible para mantenerlo centrado, intentado evitar que la película colapsase, y su amigo se desmoronase recordando un mundo que ya no volvería a ser nunca igual por culpa del exilio forzado y el auge imparable del nazismo.

Un nazismo que sigue recorriendo Europa, prohibiendo atracar en sus muelles a quienes huyen de la miseria, o un nazismo que también es derrotado por la generosidad de los muchos Isherwoods que aun quedan en el mundo que, por hacer referente a otro símbolo nacional muy a pesar que sea taurino, prefieren mojarse y echar un capote, protegiendo, cobijando y ayudando a quien lo necesita,  ofreciendo un lugar mejor donde vivir.