La peste del feminismo radical lésbico

nacho diaz

Nacho Díaz.

Hace ya algún tiempo en otra vida, cuando estudiaba para  un doctorado que no llegué a terminar, tuve la oportunidad de publicar en una revista científica feminista una reseña sobre Gender Hurts, que ahora una acólita wannabe  de su autora Sheila Jeffreys está  intentando traducir al español para continuar la obra apostólica de la autoproclamada madre del feminismo radical lésbico.

Mi reseña tuvo buenas críticas por la sencilla razón de que muy pocas feministas, lesbianas o no, comparten el discurso del odio y el miedo que esparcen a los cuatro vientos todas aquellas devotas de esta fe excluyente que, según ellas, marca el único camino para ser y sentirse mujer.

Sobre Sheila se han hecho tantos chistes y se ha mostrado tanto rechazo que la pobre no debería merecer mayor consideración sino fuese porque la idea de llevar esa momia a España podría empezar a generar un debate capaz de unir, como ya ha hecho en Australia, EEUU y el Reino Unido, a las fracciones más reaccionarias de la extrema derecha y del cristianismo con los vestigios anacoretas del feminismo trasnochado de corte izquierdista que, traicionando a sus más fieles aliados, declaró la guerra a los hombres gay y a la gente trans, cuando el Gay Liberation Front  empezó a escindirse y transformarse allá por mediados de los 70.

Pese a que a Sheila y a sus Nuevas Generaciones de TERFs sufren de cierto narcisismo y les gusta hacerse las victimas para llamar la atención,  denunciando a la “mafia trans” por coartar su libertad de expresión lo cierto es que, como todo el mundo sabe, empezando por ellas mismas,  son pocas y y apenas hacen el ruido de antaño.

Es por este motivo que se me ocurre que la cuasi labor exégeta de Prats solo va a poner, como mucho, la doctrina feminista radical lésbica a la altura, o, bajura, según se mire, de aquellos que comparten que la tierra es plana, que el hombre no puso nunca un pie en la luna, o se sienten fervorosos admiradores del Palmar de Troya, cuando no afirman que Darwin estaba equivocado.

Digo esto con mucho conocimiento de causa porque mi rechazo personal a Gender Hurts me dio no solo el empujón definitivo para asumir que una mujer llamada Verónica vivía en mi sino porque, también, a lo largo de este viaje encontré y conocí a mujeres trans y a mujeres biológicas tanto lesbianas, como bisexuales, o heterosexuales, que a día de hoy me siguen llamando “hermana”.

Además, también puedo decir esto porque ese libro, que está  escrito para desmoralizar y difundir rechazo a todo el colectivo trans, en realidad nos enseñó a mis amigas y a mí a hacernos más  fuertes, reafirmándonos en esa narrativa tan personal del “viaje”, que Sheila tanto parece denostar sin tener la mas mínima idea de lo que el estudio de cualquier auto/biografiá supone para  la gente que, al igual que el maestro de sociólogos  inglés Ken Plummer, creemos que la vida se construye con “ficciones necesarias”, las cuales todo ser humano necesita vivir para seguir adelante y labrarse un futuro mejor o, simplemente, revisar su pasado.

Sobre esto, el criticar, como critica Sheila, el rol que las personas trans asumimos como los héroes o heroínas de nuestras propias historias, es tan absurdo como negar que la eterna lideresa de esta secta ha adoptado el papel de suma salvadora de la causa feminista, que solo ella parece poseer, y otorgar a quien le jure obediencia sumiéndose de este modo en su proselitismo envenenado.

Un proselitismo basado en su legítimo derecho de decir y pensar lo que quieran pero que en la mayoría de las veces solo se rige por los mismos principios stalinistas, hitlerianos, videlianos, pinochetistas, opusdeístas, mahoístas, trumpetistas, ceaușescuianos, y los de cualquier otro bodrio  biológico determinista que aniquile la diversidad, imponiendo el pensamiento único  y autoritario de quien se cree llamad@ a guiar a las masas aunque, como en el caso de quien nos ocupa, solo tenga por misión dirigir a un grupo minúsculo  de ganado ovino, claramente más desinformado de lo que de su propia raza se espera.

Llevo años  acompañando a amigas y viviendo con ellas sus periplos en sus “real female life tests” y puedo afirmar que nada de lo que Sheila cuenta en su libro es verdad.

Entre mis amigas hay de todo, desde quien conduce coches que no me podría permitir trabajando como trabajo en toda mi vida hasta académicas de primera fila pasando por bailarinas, empresarias de éxito, madres de familia, peluqueras y estilistas, profesoras de infantil y también las hay que viven con discapacidades físicas y psíquicas, sin que eso les haga más o menos mujeres que cualquier otra.

Todas ellas aguardan o aguardaban con anhelo sus revisiones periódicas en el hospital de Charing Cross, sintiéndose día a día más  cerca de su sueño, si es que no lo han conseguido ya.

Por supuesto no voy a negar que la duda a algunas, unas cuantas veces, nos absorbe pero es entonces cuando, con ayuda, pensamos que todo lo recorrido tendrá un final bonito, desprendiéndose  entonces de toda esa carga de culpa y vergüenza con la que Sheila tanto gusta martillear, como martillea un párroco asiduo a los burdeles, o una monja pecadora y atormentada que busca en la santidad un antídoto  a su vil naturaleza.

Es precisamente este tormento impuesto muchas veces por Sheila el que más favores hace a la gente trans cuando nos damos cuenta que, en realidad, la autora y sus pupilas  solo son, como en el cuento, los cuerpos y las cabezas de las espantapájaros viejas que ya no asustan a nadie, permitiéndonos embriagarnos del gusto de poder sentirnos mujeres, sin que a nadie le importe un comino, como demuestran en todo el mundo los cientos de miles de lesbianas que se unen no solo para apoyar a las personas trans sino también para condenar el ridículo y la vergüenza que estos anacrónicos seres les hacen sentir y pasar al definirse como algo que no tiene ni pies ni cabeza en esta época actual de interseccionalidad.