Olvidándonos de la puta Babilonia

nacho diaz

Nacho Díaz. 

No fue hasta la mitad del  último capítulo de Nana, de Émile Zola, cuando me di cuenta que todos los excesos y frivolidades de una puta, por ponerlo en palabras del propio escritor, y sus  más que degenerados, ociosos, y decadentes clientes podrían describir tan al pelo la vida de una sociedad tan corrupta, hipócrita y decadente como la que gobernaba Napoleón III.

Cualquier detalle de los muchos derroches y orgías conocidos por mi hasta la fecha se quedarían muy cortos al intentar compararlos con el más mínimo detalle de los deseos de esta cortesana/ actriz frustrada/ mujer sin escrúpulos, representada como la madre de todos los vicios y culpas de una clase dirigente, responsable no solo de su propio suicidio colectivo, sino también de la destrucción de su país, por ser simplemente una panda de ineptos que, sin poder dejar de pensar con sus braguetas, se acercaban más al abismo cada vez que hacían cola y méritos  para llegar a la cama de quien era su droga y frenesí.

Considerando que a día de hoy  resulta muy difícil creer que la ambición o delirios de grandeza de una trabajadora sexual puedan llevar a una nación al colapso, por no decir que parece un poco misógino  el pensar que tal aberrante comportamiento pueda ser propio de una mujer sea cual sea su profesión, la Nanamanía que le ha entrado al PP y Ciudadanos viendo una conspiración de trabajadoras sexuales y sus clientes socialistas para dilapidar los cimientos del estado es todavía  más esperpéntica, si cabe, que la que Zola imaginó   al plasmar una sociedad que ansiaba el perdón jesuítico , pasándose por el forro de sus cojones la penitencia impuesta tras la confesión de sus pecados carnales.           

Si bien es cierto que después de haber leído Nana me puedo creer que el pitolibertinaje arruinase y destrozase Francia, me cuesta mucho creer, después de escuchar a los predicadores y monjas alféreces del PP y Ciudadanos, que España se haya convertido en un gran burdel andaluz, al tiempo que me duele que se acuse a una profesión que está  haciendo todo lo posible para librarse de su estigma, entre otras cosas, de robar los fondos dedicados para la educación de los niños, como si de un mero colectivo de ex-Duques de Palma se tratara.

Al fin y al cabo, aunque suene a cliché leyendo la novela, lo único bueno que se podría decir de Nana es que a su hijo nunca le faltó  de nada.

Además, de la misma manera que ciertos médicos, por comodidad, no dejan de recetar valiums  para tratar dolencias inverosímiles, los crupieres no tienen en cuenta si les están  robando el dinero a los ludópata, los carniceros ignoran si venden carne a gente que se está  muriendo de gota o, los pescadores no deberían sentirse culpables al atrapar por error peces que no dan la talla en sus redes, las trabajadoras sexuales, como cualquier otras profesionales, a veces tienen que lidiar con criminales sin que ellas lo sepan y no por eso son cómplices de delito alguno.

De esta forma, acusar hasta la saciedad obsesiva al PSOE de ser la razón  última de la supuesta existencia de la moderna Puta de Babilonia me parece un cruel y grave ataque hacia uno de los grupos mass desfavorecidos de la sociedad, al empeñarse en criminalizarlo y unirlo con la suerte de un grupo de sinvergüenzas, parecidos a los nobles, banqueros y empresarios enloquecidos por Nana.

La sonora diferencia, claro, es que estos modernos sinvergüenzas van a pagar por sus ofensas y no han llevado ni a Andalucía ni a España a la quiebra, construyendo mansiones con habitaciones con camas y cabezales de oro macizo, atendidas por criados dignos de Maria Antonieta, los cuales arrebatados por la opulencia de las sobras de su señora ,  se ahogaban con los manjares exquisitos, servidos por los mejores establecimientos parisinos, permitiendo que la abundancia de los restos de sus restos, aun sin tocar, se pudriesen antes que dárselos a los pobres, para así sentirse tan ricos, diferentes y especiales como su ama.

Si hoy me ha dado por hablar de Nana ha sido porque me parece un poco retrógrado responsabilizar del final de la civilización moderna a las trabajadoras sexuales que no tienen culpa de nada, como tampoco la tenían los dueños de concesionarios que vendían coches de alta cilindrada a los narcos gallegos o, los estanqueros que venden tabaco a la gente que tose o carraspea.

 

Habiendo dicho esto, sin embargo, debo recalcar que si alguna trabajadora sexual, al igual que hizo  Nana, obligase a sus clientes a planear un gran desfalco en el ejército, o se beneficiase de una estafa de proporciones bíblicas, por poner dos ejemplos del libro, entonces no solo deberían ser llevadas a la justicia sino que también deberían  sufrir las consecuencias de saltarse un código ético, que cualquier profesión debe demandar para si misma, y atenerse al correspondiente castigo impuesto por su organismo regulador.

 

Para que esto suceda, sin duda, es necesario que se reconozca su derecho a sindicarse y regularse.